Romancillo

Muerto me han;
Te despertarás.

A la calle salí,
Salí enhoramala,
De haberme quedado
Bien que me quedara.

Muerto me han;
Te despertarás.

Que un despechado,
Con afrenta mala,
Tomome por otro:
Su espada sacaba.

Muerto me han;
Te despertarás.

Su espada sacaba
Dando grandes  gritos,
No había quien calmar
Pudiera al maldito.

Muerto me han;
Te despertarás.

Quise defenderme
Mas ganó el destino;
Clavome hasta el fondo
El hierro bruñido.

Muerto me han;
Te despertarás.

Estación del Norte

      No son los míos recuerdos de otro siglo, pero sí los de otra época. No hablaré de imágenes en blanco y negro de máquinas que llenan de vapor la estación, aunque en el tiempo en que viví estos recuerdos fantasease con ellas. Cada vez que entro en la decimonónica estación de trenes pienso en mi abuelo llevándome de la mano al andén para mirar pasar los convoyes. En mi tierna infancia, mi abuelo me traía de vez en cuando a este lugar, donde podía soñar con viajes lejanos y ver cómo las cajas metálicas se llevaban a la gente a otros lares. Me gustaba mirar hacia abajo y ver los raíles (esas frías lenguas de metal), las piedras negras como el carbón... Recuerdo las filas inacabables de remaches, las columnas que semejan árboles, los dos grandes relojes a cada lado de la estructura de hierro, los pasos inferiores para pasar al otro lado de las vías, el cielo azul al fondo, los bancos algo incómodos de metal donde nos sentábamos mi abuelo y yo, la exposición de maquetas de locomotoras de otros años, los talleres oxidados, el potente ruido de los motores y de los frenos, el repiqueteo de las maletas rodando por el suelo... Nada de eso ha cambiado; pero la estación se ha modernizado. Ha llegado el AVE, y ya no se ven las vías, tapadas por horrendos paneles traslúcidos; ya nadie usa el viejo paso inferior, todos cruzan por la nueva etérea pasarela de vidrio y acero; ya no es posible sentarse en los inflexibles bancos y ver a los trenes pasar con los niños pegados en la ventana; antes era mi abuelo quien me llevaba a mí, ahora que el peso de los años le va cayendo cada vez más sobre los hombros soy yo quien lo lleva. Todo esto ha cambiado, pero la fuerza de mis recuerdos es la misma. No me cuesta ver a un chiquillo enérgico tirando del brazo de un anciano para llegar a ver un tren que se marcha. Seguramente, al anciano le preocupará que el zagal se asome demasiado a las vías, se caiga al bajar a trompicones las escaleras del paso inferior, se pierda en una de tantas carreras hacia ninguna parte... Los recuerdos se mezclan con mi imaginación y me dejan en un estado de feliz nostalgia. Y aunque no es la primera vez que escribo sobre mi abuelo, ni será la última, la remembranza hace que tenga más ganas de verlo y darle un pestorejazo más intenso, disfrutar de su presencia y de sus gracias y demostrarle cuánto lo quiero.

      Y parece mentira que, con lo joven que soy, tenga estos encuentros con el pasado. Aunque, al fin y al cabo, todos vivimos del pasado, somos una imagen de lo que fuimos y de lo que podemos llegar a ser...¿no?


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Nocturno

      Después de la tormenta, siempre vuelve la calma. Y ésta se deja sentir aún más en las noches de verano. Por fin, tras largo invierno, vuelven las románticas noches estivales con su frescor, su negrura mágica, su silencio insondable, tan imposible de día... ¿Quién se atreverá a turbar la calma? Sólo la suave brisa que mece lentamente los árboles, metiéndose entre sus ramas, agitando sus hojas. Noches de murmullos, de canto de grillos y luz de luciérnagas, de aleteos de murciélagos, de lechuzas lejanas y melancólicas que le hablan a la oscuridad inmensa. Noches húmedas con un olor especial. Noches de recuerdos, noches de música, noches de gala. Ya un manto de agua fría, recién caída del cielo, cubre cada hoja, cada rama.
      En medio de este silencio se dejan oír los ecos más profundos de mi interior, los más recónditos pensamientos, mis anhelos, mis sueños salen a flor de piel y buscan unirse con la plenitud de la noche. Y quiero gritar, pero ningún sonido sale de mi garganta. ¿Cómo romper la magia de este momento? Y sin embargo, todo mi ser habla, habla muy quedo, como si esperara este momento para revelar sus inquietudes en medio de tanta calma y estatismo.
      Al mismo tiempo, en noches como ésta es cuando encuentro el reposo tan buscado para cuerpo y alma. Esa quietud cercana a la muerte me llama a salir y fundirme con la hierba húmeda y la luz de las estrellas en un tranquilo abrazo con lo ignoto. Mi pecho se encoge al sentir esta calma profunda que lo invade todo. ¿Quién? ¿Quién se atreverá a romper este silencio semejante al agua fría, estancada en la marmórea fuente? La lluvia llenó la delicada pila de la fuente de la que tiempo hace que no brota agua. Y aún se perciben las últimas pesadas gotas que caen ingrávidas de las verdes hojas. 
      Es ahora cuando despiertan nuestros más profundos pensamientos irracionales, nuestros miedos más profundos que nos emparentan con nuestros antepasados los salvajes. Pero en una noche como ésta, esos miedos no son más que meros cosquilleos.
      El reloj del ayuntamiento da las doce, y cada campanada se pierde inundándolo todo con su vibrar de frío metal. Por un momento he pensado que tenía los ojos cerrados, hasta que los he alzado hacia la esfera celeste y he contemplado los gélidos astros, tan fríos y tan parados. Tan juntos y a la vez tan solos. Y pienso. Siempre me sorprende y me hace sentir lo ridículo que soy el pensar que ese cielo que veo puede no ser el cielo de hoy, que estoy viendo ahora cómo estaban los astros hace miles de años, pues la luz que entonces emitieron me llega ahora tras tantos años de viaje ininterrumpido. ¿Cómo será el cielo ahora mismo? ¿Qué habrá cambiado? Nos hemos acostumbrado a mirar este cielo (cuando lo miramos) y lo hemos tomado por nuestro, cuando no es más que un espejismo, un mero reflejo de lo que fue. ¿No pasa lo mismo día a día? ¿En qué podemos confiar? ¿Es acaso la realidad un sueño como decía el poeta? Nos sentimos tan seguros de lo que hacemos por mera costumbre, pero ¿cómo saber que lo que hacemos es bueno? Muchas respuestas surgen en noches como ésta, y es una muestra más de nuestra pequeñez no encontrar respuesta a algo tan cotidiano, tan cercano. ¿Es posible que no seamos más que un reflejo de lo que fuimos como las estrellas del firmamento? Antes he dicho que a todos nos sorprenden a veces, nos desvelan los pensamientos más irracionales, que debemos a nuestro pasado en la selva, cuando conocíamos tan poco el mundo y dábamos todo por mágico o supersticioso; pero, ¿qué sabemos a día de hoy del mundo? Seguimos siendo ignorantes, pues jamás podremos darnos cuenta de lo grande de nuestra ignorancia; sin embargo, queremos saber, siempre saber más y más... En noches como ésta siento profundamente esas ansias de eternidad de las que hablaba Unamuno. Y no hallando modo, me lanzo a buscar la desaparecida línea del horizonte, la línea que separa lo terreno de lo etéreo. Corro en pos de ése y de otros imposibles impulsado por estos anhelos que afloran por la noche como aquella flor que se esconde durante el día. Lo cierto es que siempre quedan fuerzas para dar con ese imposible, aunque tal vez lo importante no está ya en encontrarlo sino en buscarlo, lo que me hace sentir que vivo. Pero precisamente porque vivo, siento y padezco me agoto en esa búsqueda de lo recóndito. Antes de sumirme en los brazos de Morfeo, pude escuchar el grito de los gallos que rasgaba la calma nocturna para avisar prematuramente de la llegada del día, a modo de preludio del resto de gritos y mundanal ruido que lo seguirán con el despertar de la gente. Cuando empezaron los trinos y gorjeos de los pájaros, caí en un profundo sopor y me dormí.


A ti acudo

A ti acudo ¡oh, mundo intransigente! Tú que me has dado y me das todo cuanto tengo, tú que me apelas irremediablemente a desahogarme en estas letras: ¡socórreme! Me aburre todo lo que me divertía, me cansa lo que antes me alentaba; y esa necesidad de decir que necesito algo cuyo nombre se me escapa. He de confesarte lo inconfesable, lo insondable, lo inabarcable, lo inabordable, lo inaguantable. ¿Por qué me arrancas lo que me concediste antes? Mucho me afecta lo que no comprendo, y tampoco comprendo por qué me afecto tanto. Inalcanzable me parece la solución a esta intriga. De esta desazón culpo a alguien, cuando realmente ese alguien no me importa. ¿Tan irremediable es esta congoja que siento? ¿Tan solo me encuentro como creo? Pero, mirado de otro modo, ¿no vivimos todos en soledad a ratos interrumpida? ¿Por qué nadie nos enseñó a vivir con nosotros mismos? ¿Es pues inalcanzable aquello tras lo que corro a ciegas? ¿Son posibles tantas ganas de vivir? La deleznable felicidad, ¿dónde se encuentra, oh, mundo inaprensible? ¿Es acaso incombustible este sentir insano, indescifrable? ¿Son realmente irresolubles estos desvelos? Mudo e inmóvil, inalterable escuchas esta duda que me corroe, estas ansias de salir de entre estas cuatro paredes que me oprimen y me acorralan, y de las que, cuanto más tiempo pasa, más imposible se me antoja escapar. Este fuego indómito, este deseo irrefrenable, ¿por dónde ha de salir? ¡Responde, responde, oh, mundo insoportable! Si ni yo mismo sé qué siento, ¿lo has de saber tú, mundo incomprensible? Este mar embravecido e irresistible pelea contra las rocas de mis entrañas, y de esa sangrienta liza sólo me queda la espuma de lo inasible. ¿Cuándo, cuándo llegará la calma tras esta tempestad irreconciliable? Aprender a cuestionarme no es suficiente, ¡enséñame a responderme! Necesito respuestas, pero más aún necesito soluciones. ¿Es acaso un reprimido pesar lo que me angustia? Necesito, necesito… Algo (o alguien) me falta, no consigo realizarme. ¡Responde, oh, mundo inmisericorde! La salida de este túnel he buscado, mas cuantos pasos he dado me parecen en vano. Y sigo preso en mí, en este sinsentido, en esta ignorancia de mí, esta falta ilusoria que afanosamente rastreo. ¿A qué se debe esta sensación indescifrable de soledad, estas ansias intransferibles de vivir y ser vivido? En ti busco respuestas, mundo intolerable, pues tú me ocasionas estas preguntas. Tú abres en mi pecho indefenso las grutas inescrutables por las que se filtra y se extiende la duda incesante, indecente, inconclusa. A ti me entrego fervoroso para recibir una respuesta, y una solución. ¿No me respondes…?
            Tras no hallar respuesta, me acosté abatido y meditabundo. Pero en los sopores míos siguió desvelándome la inclemente duda. ¿No te bastó robarme los sueños, ingrata, que por la noche me lo quitas también? La cuestión irresoluta vagaba por mis pensamientos, revolviéndome sueño y entrañas. Sudores polares me inundaban, me ahogaban efluvios de lava ardiente, las sábanas de la cama me zarandeaban preguntando todas “¿Por qué? ¿Por qué?” Me agarré de lo superfluo e injustificado para salir de ese abismo de pesadilla tempestuosa, y me revolví en las ignotas simas inertes de la incertidumbre inexpugnable, hasta que finalmente hallé la inequívoca, la irremplazable mano divina que me sacó del fragoroso vendaval de la intemperie para encararme a solas con el irrespirable mundo; y entonces sonó, sonó el mundo, la vida entera, y pude respirar del inefable perfume de la infinitud inflamable que me estalló en plena ansia por la vida, por la eternidad, por la belleza, por la plenitud, por el amor. Y fue tras palpar el mundo entero en clímax cuando de mi cuerpo todo de carne y hueso y sueños e ilusiones salió la respuesta de lo ineludible, y entonces sí, lo supe, entonces supe que la respuesta a mis anhelos y mis carencias no era otra cuya misma madre, hermana e hija es la muerte, no era otra que la causa de tanto vivir y tanto sinvivir, de tanta dicha y tanta desdicha, la causa de tanto… Y no es otro que el amor, amor carnal, amor espiritual, amor pasional, amor parabólico. Y mi alma desnuda se llenó agitada de color y de olor y de sabor para volar por las inmensidades estelares y me trajo el polvo lunar y la música celestial que me hizo llorar de felicidad y sonreír tanto como jamás pensara que podría, y así me redimió de mi pesar y me invadió la maravilla, sentí el aire fresco del océano calmo, al fin sosegado, llegó la calma tras la tempestad en que me vi sumido por la duda inexcusable y volví a soñar y, con los sueños confundidos con la realidad, caí de nuevo exhausto en mi cama, y pude dormir tranquilo y sonriente como en otro tiempo inmemorial hiciera cada noche por eso que buscaba, por el amor.

O sink hernieder, Nacht der Liebe, gib Vergessen dass ich lebe; nimm mich auf in deinen Schoss lose von der Welt mich los!


¡Oh, desciende, noche de amor, dame el olvido de que vivo! ¡Recíbeme en tu seno, libérame del mundo!


Capítulo final.

Yo amé, amé mucho. (Qué desagradable hablar en pasado). Y por primera vez realmente fui amado. Y por primera vez la poesía invadió mi amor y fue su guía. Y agrandó sus placeres. El amor se acabó, murió desconsolado como se seca una flor encerrada en un arbusto; pero la poesía siguió latente y me acompañó por todos los capítulos que siguieron. Y gracias a ella volví a caminar después de caer tras tan violento golpe contra una fría, lisa, inabarcable, altísima pared. La poesía me dio fuerzas para continuar, me ayudó a pasar la tristeza de aquellos días. A veces miraba por la ventana y veía el aleteo de las verdes hojas recién nacidas e iluminadas por el sol; y, por un momento, olvidaba todas mis cuitas sin sentido (pues sabía que no tenía sentido sufrir, pero no sufría con la razón, sino con el corazón, que no atiende a razones). Y abría la ventana y sentía el calor de los rayos solares y la brisa de la Primavera. Y cerraba los ojos, respiraba hondo y entonces la sentía: sí, había esperanza. Y ahora veo que quedó algo muy bello de esos días, y no sólo el recuerdo. Quedaron mis palabras regadas con lágrimas. Mis días de inspiración se acabaron tras una conversación con ella. Dijo que sólo sufrió en el momento, y mientras yo seguía torturándome a mí mismo. Tras aquello, la indiferencia que antes era con el mundo y cuanto me rodeaba empezó a convertirse en indiferencia y tibieza con ella o con su imagen. Y la poesía siguió fluyendo por otros cursos, tras secarse por completo esa fuente de inspiración. Porque un poeta puede permitirse estar sin amor; pero jamás, jamás sin poesía.

Capítulo 4. Rabia

Quienes más hacen sufrir son los que menos parecen hacerlo. Y es que son golpes como éstos los que hacen ver lo injusto de este mundo. Quiero gritar y no me sale. Quiero llorar,  y cuando parece que agoté todas mis lágrimas brotan otras más cálidas que corren veloces por mis mejillas. Me siento vacío como un abismo inmenso, sin calor, sin valor. Sin sonrisa. Miro sin ver esa foto, busco algo a lo que aferrarme, algo que pueda decir que es mío. Mas nada encuentro. Solo, solo y cansado. A veces busco razones, pero a veces es mejor no razonar. A veces no se puede razonar. Pero ¿qué ha ocurrido? Por más que me lo pregunto, no hallo respuesta. Ni siquiera sé si una respuesta serviría de algo, pues lo que ha ocurrido ya no se puede arreglar. Debo aceptar las cosas como son, pero eso implica dejar de soñar. Me niego a dejar de soñar. Mis ilusiones han sido tiradas, aplastadas, rotas; y yo estoy solo, solo y cansado. Con un escalofrío miro en mi interior y se me encoje el estómago. No tengo fuerzas, o eso creo. Seguiré buscando algo incierto, difuso. No quiero, no quiero volver a empezar otra vez; no tengo fuerzas...Y pensar que he tenido ese algo tan cerca... Pero se ha ido, se ha escapado de mis brazos; y yo estoy solo, solo y cansado. Tú derribaste mis murallas, fuiste tú quien me desarmó, quien me dio fuerzas e ilusiones; y ahora, nada; y de nuevo estoy solo, solo y cansado.

Capítulo 3. Despedida. Lo que pudo ser y no fue

Hace dos días que hablaba de nuestro amor y ya escribo una despedida. Y escribo una despedida y no quiero despedirme. No acababa de creer que estuviéramos juntos cuando nos separamos. No he llegado a rozar tu piel y ya no tengo esperanzas de hacerlo. Quiero nombrarte y me sale amor. Parece que no te conocía tan bien como creía. Sólo sé decir que me has hecho muy feliz como nunca antes lo habían hecho. 5 de febrero: lo que pudo ser y no fue. 1 de abril: se cierra una de las más felices etapas de mi vida.