El corazón de los Picos de Europa: entre Covadonga y Caín

Bajo el resguardo por fin de la tienda de campaña, puedo coger el móvil para lo poco que sirve en estas circunstancias: escribir.
Largo e incómodo viaje nocturno en tres autobuses y parada en Oviedo nos llevó al fin a Covadonga. Visitamos el pueblo, la cueva y la basílica. Todo estaba lleno de bruma cuando salimos del templo neogótico, hasta que tocaron las nueve y, aún sonando las campanas por toda la cuenca, de entre las agujas de las torres apareció, magnífico, el sol, iluminando con áureos rayos todo a nuestro alrededor. Con esta bienvenida empezamos nuestra propia ruta por los Picos de Europa, pues no habíamos de terminar la iniciada.

Camino equivocado número uno:
-¿Es ésta la ruta de la Reconquista?
-Pues no sé, digo yo.
Y no era. Subimos por un empinado camino hasta que éste acabó y dimos la vuelta. Si éste parecía duro, el que vino fue horrible. Sudando la gota gorda, ascendimos hasta llegar al río Mestas, que bajaba presuroso por una cueva alta y estrecha, la cueva de Orandi. Nos detuvimos para bañarnos y llegar al principio de la gruta, almorzamos y seguimos.

Camino equivocado número dos:
La mala señalización nos llevó a perdernos duramente, con muy mal sendero, hasta que quedó claro, horas después, cuando éste salía del bosque, que por allí no podía ser. Retrocedimos hasta la cueva para volver a empezar, buscando en vano señales. Al fin Piti dio una vuelta de reconocimiento sin mochila y encontró algo. Seguimos sin problemas junto a un río, del que debimos beber, y paramos para comer.


En una majada tranquila
encontramos descanso
momentáneo.
Los rayos solares traspasaban las
hojas de los árboles, la
brisa corría, ligera,
entre nuestras húmedas ropas y,
de fondo,
cientos de cencerros de
vacas y ovejas locas
llenaban el valle.
Por un momento cerré los ojos, me apoyé
en mi palo y respiré.

Así que esto es lo que sienten los pastores.

Camino equivocado número tres:
De nuevo la mala señalización nos hizo desviarnos, aunque por poco tiempo pues ya estábamos recelosos. Desanduvimos lo andado y seguimos. Siguió a esto una cuesta terrible, inacabable, como nunca habíamos subido. Jadeantes, llegamos a la cima tras pequeña parada y continuamos.
El día acabó al lado de una carretera, junto a un abrevadero y algunas vacas que nos hicieron compañía y guarda nocturna. Acampamos guarecidos bajo un árbol, mirando al este; cenamos y poco nos costó conciliar el sueño. Había terminado el primer día y faltaba mucho para acabar la primera etapa de nuestra ruta.

Camino equivocado número cuatro:
El día se levantó precioso con el sol despuntando tras los picos. Recogimos, rellenamos la cantimplora y seguimos. Bajamos por el cauce de un río, sólo piedras, matorrales y barro en nuestros pies. Las vagas indicaciones nos llevaron a perdernos por el valle, inundado en muchos puntos, hasta comprobar que nuestro camino era otro.

Negras chovas que se ríen de nosotros,
arroyos, ríos,
abrevaderos en los que refrescarnos,
fuentes obligadas.
Árboles de formas grotescas.
Mariposas azules, blancas, naranjas.
El esfuerzo del camino resta belleza
a la naturaleza.
Cardos azules, arbustos, flores, árboles...
¿Por qué todo pica tanto? No
pararán mi camino por eso.

Camino equivocado número cinco:
El más grave e indignante de todos. Atentos siempre a las señales y las indicaciones de internet, giramos en un valle a la izquierda. Ese simple cambio de dirección conllevó perder toda la mañana. Después de hundirme hasta la cadera en un lodazal del que costó mucho esfuerzo salir y descender hasta una carretera, preguntamos cómo ir a los lagos a unos ciclistas (comprobando si lo que nos decían coincidía con la orientación que nuestro camino llevaba). Duramente subimos por la carretera, varios coches y autobuses pasando junto a nosotros, el lago dichoso siempre parecía estar en la siguiente cima, hasta que la sombra del temor invadió nuestra mente. Al fin, nuestra sospecha se vio confirmada: acabábamos de llegar al sitio donde habíamos acampado. Bonito rodeo.
Rehicimos la caminata de por la mañana sensiblemente enfadados tras descansar y rellenar nuestras cantimploras con esa agua que sabía a vaca e hicimos caso omiso de la señal anterior. Había señales de vez en cuando, lo cual era un alivio, pero éste duró poco realmente.

Camino equivocado número seis:
En efecto, seguimos las señales hasta que dejó de haberlas. Mosqueados, seguimos por donde entendíamos que debía seguir el camino, mas pronto supimos que estábamos perdidos de nuevo. Nos sentamos a descansar junto a un rebaño de ovejas, eficazmente ahuyentadas por un perro que no dejaba de ladrar. Después seguimos. Más adelante, con la ayuda de los prismáticos, alcanzamos a ver, al otro lado del valle, un abrevadero y lo que parecía un coche. Descendimos hasta donde corría un pequeño arroyo para volver a subir duramente por un camino lleno de lodo. Sólo el caño y un tanque de agua encontramos. Poco después de haber cruzado la sima bajó una niebla espesa que nos impidió ver de dónde veníamos. Continuamos por ese mal camino hasta una senda señalizada con amarillo (dificultad media, la nuestra era roja o alta). Ya era algo. Poco después vimos señales que indicaban la dirección hacia los lagos y seguimos por allí. Nos encontramos con un hombre y su burro que debía estar cargando algo, como si hubiese allí un chiringuito. Más adelante, un señor sentado en la falda de una loma nos saludó y bajó corriendo a nuestro lado. Quería llevarnos por el buen camino, pues decía que era normal perderse por allí. Conversamos con él, le transmitimos nuestras quejas y, al final, vimos bordada en su polo una insignia del Ministerio. Debía ser un guarda. Dijo que en media hora estaríamos en los lagos. Seguimos sus indicaciones y...

Camino equivocado número siete:
La niebla era cada vez más espesa. A tres metros las cosas empezaban a difuminarse. Atravesamos un valle lleno del sonido de cencerros, que junto a las entrañas de las nubes daba un ambiente mágico y misterioso, casi asceta. Seguimos el camino más o menos definido, mi amigo Piti resoplando del esfuerzo, subiendo una colina tras la que esperaba ver ya el agua, nuestra salvación y aseo. Lo que me encontré tras la cima, sin embargo, era un valle de tinieblas, una caída muy empinada y nada. Piti, exhausto, tiró la mochila al suelo y comimos. Durante mucho tiempo esperamos que la neblina subiera; pero no lo hizo. En éstas estábamos cuando de entre la bruma apareció el hombre del burro, que casi nos arrolla, y que dejó ir solo, sin camino a la vista por el otro lado del cordal, mientras nos explicaba en un español difícil, como si fuera rumano (bable, le dije a mi amigo, en broma), por dónde se iba a los lagos. "En menos de una hora habréis llegado."
Nos pusimos pies a la obra. Las indicaciones del guarda no eran correctas, evidentemente, y bajamos de nuevo al valle para seguir las del asnero, que mejor nos fueron. Antes, nada más bajar de la colina donde reposábamos, cruzamos la majada llena de ovejas locas y vacas e hicimos un amigo: un perro del que habíamos sospechado que nos iba a morder pero que sólo quería caricias y compañía. Fue una lástima dejarlo atrás, con su rebaño.

¿Cómo miden estos hombres las distancias?
¿Sus relojes andan más rápido?
¿Calculan a la baja?
Ni las aproximaciones de la gente ni
las de las señales
alcanzamos nunca. ¡Ojalá!
Quince minutos por aquí,
media hora por allá;
más parece que indican la distancia para la
próxima señal que
para el lugar que pregonan.

Tres cuartos de hora con la constante esperanza de que el lago Ercina estuviera a la vuelta del cerro hasta verdaderamente llegar, bajando cuestas imposibles, andando bajo rocas enormes. A las seis de la tarde del segundo día terminamos la primera etapa. No nos pudimos bañar, pero descansamos con tan bella estampa. El lago era precioso, y a veces se cubría de niebla blanquecina y sólo quedaba, de nuevo, el sonido de los cencerros. Descansamos tanto, que cuando quisimos rellenar las cantimploras, el bar había cerrado a las siete y nos quedamos con ellas vacías.

Camino equivocado número ocho:
Cuando continuamos, con la mosca detrás de la oreja, preguntamos a dos personas que nos indicaron caminos diversos.
Tomamos uno al fin, pero un plano que hablaba de las minas de Buferrera y la brújula nos hicieron ver que por ahí no podía ser. Volvimos al punto de partida, y la neblina seguía tan espesa que prácticamente fuimos a ciegas.

Camino equivocado número nueve:
Conscientes de que ése no era nuestro camino y de que jamás terminaríamos la ruta de la Reconquista, anduvimos casi a ciegas por el medio de un prado, sin más referencias que el borde del lago que apareció sin avisar a un lado y los cencerros por todas partes. Con cautela, viendo que nos perdíamos incluso del equivocado, llegamos al fin a un camino señalizado, de nuevo amarillo, y anduvimos en busca de un lugar para acampar y agua que beber. Lo primero costó más, pero lo segundo lo resolvimos en un arroyo que bajaba al lago. Retomamos la marcha hasta encontrar un valle más o menos apartado y acogedor donde hincar las piquetas y pensamos antes de acostarnos si llegaríamos a algún pueblo al día siguiente.

El mínimo ruido
produce un eco en las entrañas de
los picos. Un simple
fuego, saliente del humero de una
humilde casa de un pastor
se huele en todo el valle.
Pisar mal un montón de piedras
precipita a otras decenas de ellas.
El más minúsculo cambio tiene
su repercusión.
La fragilidad de un ecosistema es
como la de una persona,
como la de la felicidad,
como la de la vida.

Renació el sol por entre las peñas rocosas y con él nosotros. A saludarnos vinieron unas vacas y un burro. Tras saludarlos y recoger, retomamos nuestra ruta. Caminábamos contentos por la abundancia de señales (se notaba que habíamos cambiado de senda). Nos cruzamos con un grupo que nos dijo que en menos de una hora llegaríamos al refugio de montaña y, a partir de ese momento, desaparecieron las señales.

Camino equivocado número diez (y último):
Pronto empezamos a preocuparnos. El camino serpenteaba y empezaba a accidentarse, debiendo sortear grandes piedras. Al fin paramos, apercibidos de nuestro error, y miré en derredor con los prismáticos. Encontré el camino y lo tomamos, encontrando luego una señal: quince minutos. Al igual que la casi hora del otro, tardamos más.
Esperábamos un lugar donde secar nuestra ropa, comer, proveernos de agua, una carretera que llevase a un pueblo... Nada de eso. Un edificio en medio de ninguna parte. Una vez allí pedí una cerveza y mi amigo un aquarius y un sándwich de tortilla. Él nueve y yo tres euros. Se conoce que lo llevan a cuestas, en helicóptero o en caballeriza (el burro del rumano, que allí estaba, está claro). Al menos situamos el pueblo más cercano y cómo llegar. Cuatro horas según el asnero por ruta difícil, "porque cuesta, no que sea difícil", dijo. La madre que lo parió.

Al principio anduvimos bien, yo estaba animado; hasta que llegamos al borde de un acantilado. Estábamos en lo alto de un pico y todo apuntaba a que teníamos que bajarlo entero. De nuevo dejamos de ver señales ni pintadas, y por donde debíamos ir parecía imposible de bajar, de empinado y peligroso, bajando por piedras a montones. Descendimos penosamente hasta encontrar la primera sombra y, apoyados en nuestras mochilas, nos quedamos los dos dormidos bajo el árbol.
Al despertar, seguimos en busca de la famosa fuente, que llamaban, y tan dura era la bajada que nos caímos varias veces; en una casi me mato. Llegamos a una cueva llena de chivos encabritados, luego a otra, pero ni rastro del manantial. Como de costumbre, nos habíamos cruzado con unos que dijeron que estaba ahí mismo, cinco minutos como mucho. Yo pienso que buscan ya reírse de uno. Seguimos bajando hasta alcanzar la dichosa "fuente": un arroyo pequeño. Bebimos sedientos, a cuatro patas cual fieras salvajes, y me aseé por fin, echándome encima el agua fresca con la cantimplora. Descansamos largamente, comimos y volvimos a la carga.
La senda era mucho más amable, bajo los árboles, y avanzamos rápidamente hasta encontrarnos frente a frente con una cuesta llena de las mismas piedras de antes, tan empinada que parecía un tobogán, y más rápido bajaríamos así. Fue casi inmediato volver al camino correcto, sin bajadas precipitadas, hasta llegar a la ruta del Cares, civilización, gente y, sobre todo, el canal oculto que vimos bajando. En cuanto hubo lugar apropiado, subimos, nos desnudamos y nos bañamos por fin. El agua helada nos llegaba por las rodillas, así que hubo que tirarse. Después nos secamos, bajamos y continuamos hasta Caín. Por fin un pueblo. Habíamos llegado a la provincia de León.
Cuanto allí aconteció no merece siquiera ser contado, pues no quisiera enervarme en exceso. Tal vez en otra ocasión.

Aquí el vídeo de Piti que ilustra las aventuras:

DOLOR, ESFUERZO, BELLEZA | PICOS DE EUROPA

La cueva de Covadonga.






La Basílica de Covadonga.


 



Empezamos.














Aquí me hundí.














Tiempo y espacio

¡Qué largas pasan las horas de insomnio!
¡Qué largas!
Al menos tanto como
las horas de espera para verte,
los minutos de enfado,
los segundos de placer; como
una bengala que asciende
ardiente,
chillando.
Si cada vez que te encuentro
en la inmensidad de la noche, tú
me quitas los grilletes de la rutina,
me liberas de la adversidad;
no tires las llaves de mis esposas al
río salado.
Cómetelas, si quieres hacerme preso
de las alturas,
de la luz de tu vida,
del calor de tu alma;
cómetelas si quieres
hacerme esclavo de la felicidad,
esclavo de la noche,
esclavo de la sangre que aprieta mis sienes y
mi corazón
al verte.
Seré el amor-dazado que sube al
patíbulo (tu boca); el castigo,
Nuestros valses en la cama.
tú serás mi verdugo.
Tú serás mi pena.
Tú serás mi rendición y
mi indulto.
Tu boca es fuente, manantial en el camino;
tu cuerpo es oasis en el desierto.
tu piel representa La rendición de Breda
cuando mis dedos la tocan.
Y súbitamente
me convierto en un alfarero en
torno a tu cuerpo.
Déjame siquiera un hilo de tu
pelo
para saber que no son sueños mis
recuerdos.
Déjame siquiera
un beso
para no perder el aliento.
Déjame siquiera susurrarte al oído
mis versos desordenados por la dicha,
mi grito en el vacío de tu
ausencia.
Déjame, déjame...
déjame, por lo que más quieras,
amarte a mi manera, pues no conozco
otra.

Salamanca: Alba de Tormes, la Alberca, San Martín del Castañar, Batuecas

A la Semana Santa le faltaría algo de no contar con algún día de viaje fuera de la abarrotada ciudad; este año ha sido el turno de la zona de la Alberca y Alba de Tormes y Cáceres por otro lado (de este último hablaremos más adelante). Allá que fuimos, perdiéndonos luego de salir de la autovía por carreteras comarcales donde los paisanos pasaban zumbando a nuestro lado pisando la raya de en medio.
El coche de mi padre tomaba raudo las curvas (no sé cómo lo hubiéramos hecho con el mío) hasta alcanzar nuestro primer destino: Alba de Tormes. Allí paramos un rato para visitarlo y comer los bocadillos que previamente habíamos comprado (costó encontrar el dichoso supermercado, calle arriba, calle abajo).
La mañana fue un no parar: la iglesia de san Juan de la Cruz, el convento de las carmelitas (sin visita a las dependencias de la santa, tanto por tiempo como por el precio), el castillo... En la iglesia de san Juan había una interesante exposición de arte sacro, pero el edificio no era menos interesante, con dos arcos rebajados en sentido longitudinal formando las tres naves y una planta casi central; iglesia mudéjar. El calor, la caminata y las puertas cerradas (la basílica inacabada, por ejemplo) nos agotaron, y acabamos en un bar frente al río bebiendo la que ha sido la mejor Coca-Cola de nuestras vidas.
El castillo de la ciudad es impresionante, aunque más debió serlo cuando estaba completo, antes de que vinieran los franceses a incordiar. Sólo se conserva la torre del homenaje, cilíndrica; la traza del castillo y algunos muros. La oficina de atención al cliente es respetuosa con el monumento, al igual que el resto de la intervención; únicamente lo hecho con el antiguo patio me parece desacertado: un ajedrez con flores y piedras alternas en cada escaque, que junto con la excavación del pozo hacen difícil la lectura del patio a pie de calle. Subimos por una estrecha escalera a la sala superior, donde había una interesante exposición de castillos de Castilla y León (alguno anotamos) y volvimos a bajar. La guía acudió al instante para enseñarnos la joya del palacio: los frescos renacentistas de una sala, tanto en la cúpula como en las paredes.
Ha sido divertido enterarnos en la visita guiada de que el nombre de "duques de Alba" viene de este pueblo. El castillo fue de su propiedad hasta que lo cedieron al ayuntamiento.
La comida, si bien eran unos bocadillos y unos refrescos, no pudo haber sido mejor; y no sólo por lo económico. Cruzamos el puente medieval y bajamos a la ribera del Tormes, en completa soledad, con vistas al pueblo, al puente y al río. Después bajamos a un pequeño embarcadero y reposamos la comida al sol.

Tras unas horas por carretera, donde del llano pasamos a la montaña, llegamos a San Martín del Castañar. Es éste un pueblo rico en callejuelas estrechas, encorsetadas entre edificios de varias plantas con voladizos. Por ellas corrimos sin prisa, rápido por la ley del embudo y de la emoción. Las vistas eran inmejorables, las rúas sinuosas e intrincadas, el castillo cerrado, la plaza de la iglesia preciosa, el aire fresco y la experiencia muy grata.
El sol de invierno nunca fue nuestro amigo, ocultándose continuamente entre las nubes, saliendo tarde y poniéndose pronto; el de primavera, en cambio, mejora día tras día, pero en abril aún le queda por avanzar; aun así, exprimimos las horas que nos concedió como si de un limón se tratase. Después de re-correr este pueblo encantador nos fuimos a la habitación que alquilamos, en Cabaco. Tras cenar en el hotel (no había otro sitio para elegir tampoco) salimos casi a oscuras a dar un fresco paseo.
Aunque no hay nada excepcional que visitar, la quietud del pueblo, que parecía fantasma, nos sosegó. El puente de piedra sobre el riachuelo, las calles vacías e irregulares... Volvimos dando la vuelta por un camino de tierra sin apenas farolas, andando a ciegas, lo que lo hizo más emocionante (por suerte no nos dimos golpe alguno).

Al día siguiente nos levantamos con el sol y subimos a la peña de Francia. El primer ser viviente que nos encontramos fue una cabra montesa que no tuvo reparos en cruzarse en medio de la carretera. Cuando el animalito se fue dando brincos montaña arriba y nos dejó pasar seguimos hasta el monasterio. Las vistas son sobrecogedoras. Como anticipando la caminata que nos esperaba en las Batuecas, ascendimos por los granitos hasta una cruz y volvimos a bajar. En el suelo había cagarrutas de cabras, que no tardaron en aparecer en grupo, ocupando la carretera como la primera que vimos.

Fue en la Alberca cuando nos encontramos con más gente; y no poca, pues se animaba el pueblo con la luz y la apertura de tiendas y mercados. La famosa plaza estaba tal y como la dejé cuando vine con mi padre hace años: blanca y roja de geranios en los balcones. Entramos en la oscura iglesia, nos llevamos un panfleto que en teoría valía dos euros de donativo y fuimos a desayunar. Comimos acorde al día que nos esperaba: tortilla de patata y chorizo frito. Fuerte, pero muy rico. Así, con buen sabor de boca y las compras de la mano, volvimos al coche para ir al parque natural de las Batuecas.

Manso fondo,
desesperada fuente,
junto al cristalino torrente
anduvimos duras horas.
La umbrosa espesura apenas
de los incidentes rayos nos
protegía.
Incentivamos vista e imaginación
buscando pinturas rupestres que
no parecían.
Avanzábamos nosotros y
el día también, sin rastro
del final. Agotados,
la idea de desistir y
regresar siempre en mente,
hubimos de parar.
Cuantas más veces parábamos,
más tiempo lo hacíamos: no
nos imaginábamos qué era aquello.
Pero seguimos, decididos;
caímos una y
mil veces, mas
seguimos hacia adelante;
así fue
como llegamos al chorro.

Allí me sentí como un hombre primitivo, perdido (y no es metáfora, que varias veces perdimos de vista los hitos de piedras amontonadas por anteriores senderistas; de hecho, buscábamos el camino cuando una familia se juntó a nosotros, igual de desorientados). Un hombre que sólo cuenta con sus medios para sobrevivir, aislado del mundo, sin agua ni comida y con la amenaza constante del sol, tanto por sus hirientes rayos como por su ocaso. Pero con un destino. De hecho, lo que iban a ser dos horas de paseo se convirtieron en cinco de escalada. Penaban además sobre mí los precedentes de mi infancia: lluvia un día y granizo otro nos impidieron llegar siquiera a las pinturas rupestres, mucho más cercanas que el salto del agua. Por eso, tras tanto esfuerzo físico y psicológico, la necesidad de llegar al final o la prudencia de volver, cuando alcanzamos el final sentí un gozo indescriptible. Junto a la cascada nos sentamos, comimos las almendras garrapiñadas compradas en la Alberca, bebimos toda el agua fresca que pudimos y descansamos largamente.
A la vuelta nos detuvimos más a contemplar el paisaje y a tomar fotos, pues sabíamos dónde estaba el coche y cuánto tardaríamos en llegar. Aún nos hubo de sorprender otro grupo de cabras antes de llegar al camino más sencillo. Cuando por fin llegamos al coche, comimos el hornazo que también habíamos comprado en el pueblo y volvimos a Valladolid, poniendo fin a uno de tantos viajes maravillosos juntos.

Alba de Tormes.




Vistas desde el castillo.




Iglesia del convento de las Carmelitas.


Subiendo por el castillo.






San Martín del Castañar.














































La peña de Francia.



















La Alberca.








Parque natural de las Batuecas.





La cascado o "chorro".