Non ne posso più

Una guinda me espera incitante
tra due labbra bermellón,
paciente, provocadora; no me aparta la vista
dei tuoi capelli corti,
dei tuoi occhi chiari dove si infiamma il sole,
del tuo sorriso anelante,
di tutto il tuo corpo tanto tempo
desiderato.
No ne posso più;
ho cercato di rimanere fermo, zitto, cieco a
questa immagine che mi impazza,
e non ne posso più.
Così inizio a correre e correre finché arrivo
da te,
e continuo ancora a correre,
finché non ti vedo urlare, abbracciarmi,
graffiarmi con le tue unghie rosse;
finché non finiamo nel pavimento,
ávidos el uno del otro,
i cuori accelerati allo stesso compasso, scivolando su e giù;
finché non cada la notte senza rendercene conto,
senza averne cura,
l'uno sopra l'altro, l'uno
accanto all'altro,
respirando lo stesso alito caldo.
E ancora più, finché i nostri corpi bagnati non dicano "basta", finché non
vincano la stanchezza ed il sonno,
per finire insieme nel buio accogliente
della magica notte
genovese.

Missing you

Aún me atormenta la
llama de tu recuerdo.
Como una rama chamuscada que
propaga el fuego y
acaba por incendiar el bosque de mi pecho.
Recuerdo tu tímida voz pidiéndome
agarrarte;
tu mano impaciente
apretándome;
tu boca inquieta
enloqueciéndome.
Pronto,
antes de lo que imaginas,
volveremos a encontrarnos,
afogados, ciegos de pasión;
y mi español no será la única lengua que
recorra tu piel, ora
vibrando, ora
mordiendo.
Apenas te dés cuenta
estaré sobre ti, hambriento,
más hambriento
de ti
de lo que he estado nunca.
Estaré ansioso, voraz, sediento
de ti,
de tu cuerpo,
de cómo acaricias mi cabeza cuando
te recorro.
Y pronto también,
pasados por el agua del
torrente embravecido, caeremos,
exhaustos,
el uno junto al otro; cerraremos
los ojos, aún temblando, y en cálido abrazo nos
quedaremos dormidos de nuevo.

Adiós, Erasmus. Adiós, Génova

No hace mucho me he dado cuenta de que me gusta sentarme mirando en el sentido contrario a la marcha. Ya sea en trenes o autobuses, me siento automáticamente en los asientos que a otras personas marean. Tal vez esté relacionado con que quiero conservar en mi memoria el recuerdo de tantas cosas vividas en tan corto tiempo. Sí, mi erasmus se acaba.
Hace tiempo que miro todo con mucha atención. Hace tiempo que me fijo en cada momento, en cada esquina, en cada sonrisa. Hace tiempo que apunto cada canción, que disfruto cada encuentro. Y todo porque hace tiempo que sé que serán los últimos de estos diez meses. Conforme los días se acaban voy recordando cosas que aún me quedan por hacer (y seguramente ya no haga) pero también aquéllas de cuando empecé. Melancolía lo llaman. Cada rincón, cada palabra, cada objeto en mi cuarto es como un frasco que sugiere aromas con olor melancólico pero dulce. Recuerdo los viajes por Italia y Europa, los planazos improvisados para ir a la playa, a cenar, a viajar a algún pueblo de la costa; recuerdo las noches con otros estudiantes donde hasta el último día podías conocer nuevas personas maravillosas, por tarde que pareciera; recuerdo cómo la primera semana ya me había organizado la habitación, los papeleos, los lugares dónde comprar... Por supuesto no todos los recuerdos son alegres, ni mucho menos. No recordaré con igual cariño la focaccia a las cuatro de la mañana después de esperar a que abran la Superba que los modos de trabajo en grupo de los italianos, por ejemplo. ¡Qué exasperación!

Pero si todo el erasmus ha sido un no parar, con miles de vivencias y experiencias, este mes y medio me han faltado las horas cada día. Lo he pasado durmiendo poco y riendo y disfrutando mucho. Tanto es así que me llego a ver a mí mismo como recién llegado, timbrando un billete de autobús (que por otra parte no había pagado yo). ¡Quién lo iba a decir! Y no estoy para nada triste sino contento y agradecido por todo lo que he vivido, cómo he crecido como persona, cómo he aprendido a desenvolverme solo, a cocinar, un idioma nuevo y practicar los conocidos... y sobre todo por la gente tan maravillosa con la que he compartido todo ello.

Bueno, o eso pensaba antes de salir por la puerta dejando mi habitación completamente desnuda y la casa muda y oscura.


He ido a demasiadas despedidas de gente apreciada, con sus comprometedoras firmas de banderas italianas, como para valorar la mía propia. ¿De verdad esta noche se acaba? Bien parece que no tenga fin, se alarga con bailes y natación en la fuente de De Ferrari y recogida de comida sobrante en la nevera. Las conversaciones siguen su curso como de costumbre, las situaciones divertidas e impensables en otro lugar y momento se producen igualmente. Hasta que la luz asoma en el cielo; siempre muy pronto, siempre muy ambigua.
Los últimos abrazos me estremecen por completo. No, no es un adiós. Tan solo es un hasta luego. ¿Verdad que sí? ¿Verdad que volveremos a vernos?
Pero en el fondo muchas veces son palabras de autoconsuelo, en el fondo es casi seguro que jamás volverás a disfrutar de la compañía de los que han sido por unos meses tan grandes amigos. He ganado muchas cosas este año, pero nada más valioso que esos atarderces en la playa, esas risas en Matteotti, esos perreos susios en el puerto, esos planazos improvisados... con ellos. Jamás habría pensado que debería tragar tanta saliva para escribir sobre esto (y no es por la resaca).
Al ir al aeropuerto quemaba el sol; al despegar, Génova está al borde de las lágrimas.

  1. El Sergio que llegó cargado de maletas y balbuceando italiano nada tiene que ver con el que ahora observa la ciudad atomizarse desde el avión. De hecho, puedo decir que esto ha sido como el verdadero comienzo de mi vida, ahora que soy más consciente de mis capacidades y mis límites. Ahora me conozco mucho mejor.
A ben presto, Genova! Ciao a tutti, è stato un vero piacere. Vi voglio bene.


Ni las personas que salen en este pequeño recopilatorio son todas las que debieran, ni todas las fotos que deberían aparecer están permitidas para todos los públicos.










Desperté desazonado

Desperté desazonado,
en mis pulmones viciado el aire,
en mis paredes las huellas de la noche,
y salí apresurado a la calle, donde
rutilaba el sol. Anduve perdido,
callejeé,
zascandileé,
sin tener un motivo; tampoco un destino.
He llegado al fin a las rocas en la memoria
donde el ocaso se confundió con la bruma y las olas,
el rumor de la música, las risas y abrazos.
Y ahora, bajo este
paraguas sin tela,
sigo buscando en los bolsillos
los objetos perdidos del ayer,
haciéndome nuevamente preguntas sin respuesta,
saboreando el agridulce humo
de los recuerdos.
Y mientras pensativo permanezco sentado
entre añoranzas y viejas ilusiones,
se borran lentamente los lazos con el pasado,
las voces se apagan,
las risas se congelan
y cae sobre mí la noche.

Vacío

A veces,
la resaca oscila entre
estómago
y cabeza,
dejando sus lejanos ecos en las cuencas,
con rumores de brisa y viento.
Empieza la primavera, y con ella
el deshielo de los estamentos más
elevados, desmoronando las más firmes rocas,
desgarrando las raíces de los más robustos
árboles, rompiendo con todo.
El agua dulce se funde con la salada y la espuma en
lo más profundo del mar,
se despegan las caracolas muertas,
migran miles de animales.
Todo es movimiento desperezado,
proveniente de un grito brutal.
Ese grito mudo,
vivaz,
enloquecedor,
capaz de derrumbar ciudades enteras,
embravecer océanos,
prender fuego a cualquier bosque,
extinguir cualquier especie animal;
ese grito maldito
ha llegado a mis oídos.
Y la luz son ya tinieblas.
Y el bullicio silencio.
Y el todo vacío es ya.

Gijón entre la bruma

Gijón parece haberse levantado con nostalgia de domingo.
Los pocos paseantes no
quitan esa sensación de ciudad
fantasma.
Junto a nosotros la
arena se besa con la sal y la espuma.
El rumor es continuo,
el silencio también,
y flotamos en la paz armoniosa, rodeados
de niebla.
¿Cuánto llevamos
andando? ¿Cuánto
nos falta?
En ningún momento nos lo planteamos.
Junto a la bruma,
las dudas y temores se
disipan
y la inspiración vuelve.
Parece que hasta las ruedas hendiendo
la calzada mojada se
pierdan.
Pintinea a veces
y no se sabe si las gotas vienen de cielo
o mar.
En ocasiones pienso que
lo único que me vincula a este
mundo, a

esta ciudad,
no son mis pasos que se hunden en la arena,
mas tu mano sobre la mía; y veo que,
si el mar es el leitmotiv, nuestros besos
y risas
son los acordes de
esta mágica sinfonía, sin principio
ni...







Plutocracia

Desde la Revolución Francesa, el mando del poder y la forma de ejercerlo han variado poco para los que lo conservan; ha mejorado. Antes de ésta, el poder lo tenía la nobleza, que despreciaba incluso a la burguesía porque su riqueza provenía del trabajo. Los nobles preferían salir de cacería y disfrutar de las fiestas de la corte; eso los que se lo podían permitir, claro está; los que no sólo podían aparentar riqueza y pregonar su título. Cuando la burguesía triunfó, el poder se repartió más equitativamente (entre todos los ricos, quiero decir).

Lo más evolucionado de nuestra cultura no es la tecnología, la comunicación ni la técnica sino el refinamiento de la urdimbre del poder, los hilos finos y transparentes de quienes nos controlan, que saben jugar con nuestros sueños y aspiraciones para moldear su mensaje.
Todos sabemos que vivimos en una sociedad de consumo, pero muchos creen que puede haber igualdad y capitalismo. ¿Existe igualdad social sin igualdad económica? Poniendo un ejemplo sencillo, cuando alguien quiere comprar un producto debe elegir entre uno más caro y otro más barato (con posibles intermedios) en base a sus posibilidades económicas. ¿Existe igualdad cuando los puntos de partida son tan diversos? Si un corredor nace al lado de la meta y otro mucho más atrás, el último deberá correr mucho para poder alcanzar al primero. Así sucede con las condiciones de vida y la predeterminación social.

Se podría decir que la evolución de las democracias occidentales es la evolución de la conciencia social del pueblo. Cuando éste se sentía débil y desorganizado, los políticos y los empresarios gobernaban en su propio beneficio sin demasiado pudor; conforme creció la presión social, las protestas ciudadanas y los sindicatos, los gobiernos fueron concediendo derechos y libertades (esto último fue más controvertido, no todos veían compatible la libertad del pueblo con sus negocios, como nuestras sociedades demuestran abiertamente en la actualidad). Cuando la demanda social aumentaba, los políticos, que conocían el poder que el hambre daba a los desesperados, y temerosos de una revolución, concedían mayores derechos.
Cuando más aparecía el fantasma de la revolución en las pesadillas de los dirigentes fue cuando se esforzaron en inventar algo que pareciese mejor al pueblo sin perjudicar sus negocios. Así nació en Inglaterra, tras la Segunda Guerra Mundial, el estado del bienestar. Tan preocupados estaban por entonces que tomaron medidas que hoy día serían tachadas de comunistas, bolivarianas, sangrientamente antiguas: se nacionalizó la banca, la minería, la electricidad.

Por lo tanto, podemos decir que el estado del bienestar es un biznieto del despotismo ilustrado, en que el rey regalaba a su hambrienta población fuentes y paseos arbolados para calmar sus ímpetus. Está claro que no lo consiguió, pues el pueblo se levantó en armas junto a la burguesía, así que el modelo hubo de cambiar.

Sin embargo, cuando el pueblo se relaja, también lo hacen las políticas. Y en ese momento es en el que nos encontramos ahora. La gran obra del capitalismo occidental, el estado de bienestar, está en peligro. Muchos reaccionarios aborrecen todo lo que parezca de color rojo, y un estado intervencionista les suena casi soviético (a pesar de que este modelo ha sobrevivido con mucho a la URSS).

Si verdaderamente el estado comunista fuese ese gran opresor que busca la servidumbre del pueblo, hacer a todos iguales para controlarlos, doblegarlos y privarlos de libertad, ya lo habrían implantado todos los poderosos en sus países, pues sería su paraíso. Sin embargo, no lo han hecho. Y no lo han hecho no por convicción, sino porque saben que es falso: el comunismo eliminaría sus privilegios de clase y nos haría a todos iguales, sí, pero en el reparto de la riqueza. De hecho, eso que critican al comunismo es precisamente lo que ellos pretenden hacer en todo el mundo: doblegarnos a sus intereses. La globalización, los medios de comunicación, las multinacionales... Todos ellos nos quieren iguales: los mismos gustos (regidos además por la moda, no por una convicción firme), haciendo las mismas cosas (con los aparatos que nos venden)
¿Por qué surgió el fascismo? Para combatir el comunismo, en auge en los años treinta del siglo pasado tras el triunfo de la revolución en Rusia. ¿Y las libertades? Tenemos libertades, ¿no? Nosotros tal vez, pero si se llaman multinacionales es por algo: sus tentáculos se extienden por el primer, el segundo y el tercer mundo, burlando las leyes del primero y violando los derechos humanos en los demás.

¿Qué lección podemos sacar de la Historia? Esa materia tan desestimada, aburrida para algunos, tan absolutamente necesaria. "Senza memoria non c'è futuro" se dice, y es cierto. Estos días de laxitud democrática y social se deben al desconocimiento de la Historia y de su potencial de futuro. El resurgimiento de la ultraderecha en Europa, del que nadie se preocupaba en España porque no se veía, es evidente estos días en las calles. ¿Por qué "Arriba España" y "Viva Franco"? Porque desconocen la Historia, no tienen ni idea de lo que significó lo que pregonan. ¿Por qué tanto recorte en financiación, educación, sanidad, justicia, libertad? Porque no hemos aprendido, nos hemos relajado. La utopía es pensar que la burguesía va a regalarnos nada.

Somos esclavos de los móviles, del tráfico, de los anuncios, de las modas; somos esclavos de la comida, de los bancos (que nos controlan), del sistema político, de las redes sociales, de los medios de comunicación, del ordenador, la televisión;
somos esclavos del miedo, las farmacéuticas, los supermercados, somos esclavos de la desinformación, la falta de pedagogía, la depredación de los más fuertes;
esclavos de las religiones y su moral, de los prejuicios, esclavos del ministerio de Hacienda;
una frase hermosa: esclavos del capital;
esclavos de nuestra autoestima;
pero sobre todo somos esclavos del miedo que nos infunden desde que nacemos.
Nos infunden miedo contra los criminales, que son precisamente la basura, los residuos de su sistema. Nos infunden miedo contra la movilización (puede suponer un coste, a veces incluso cárcel), miedo contra nosotros mismos, miedo contra la revolución (porque son ellos quienes la temen); nos infunden aburrimiento hacia las humanidades, pasión por los deportes, desinformación constante.


Contra todo ello, pensamiento crítico. Cultura.