Cuando amamos pensamos que es para siempre, y en efecto lo es; mas no como pensamos. El amor es algo que llevamos dentro, que portamos con nosotros incluso cuando a quien amamos se ha ido. Hoy se ha marchado mi abuela.
Sebas tenía un corazón que no le entraba en el pecho. No he conocido nunca una persona tan buena, desprendida, dulce bajo su sequedad castellana, humilde... en ella no cabía maldad. Si en verdad existe el cielo, cosa que dudo mucho, Sebastiana debe estar ya a la diestra del señor en el que ella sí creía.
Si supieras cuánto he llorado
pensando en este día funesto.
Sin ti
comer es un vacío,
abuela.
Esto escribí cuando la enfermedad de mi abuela fue a peor, hace años; y, sin embargo, hace tiempo que el vacío ya había llegado a su mente. Apenas una tenue sonrisa se podía dibujar en sus ojos, en raras ocasiones. Sebas no era más que una sombra de lo que fue ("Sebastiana, Sebastiana, quién te ha visto y quién te ve"). Esto ha sido el final de una larga decadencia. Hace dos años mi abuela dejó definitivamente de andar, y lo que sentí lo dejé aquí escrito:
https://espejeel.blogspot.com/2017/03/fria-vision.html?m=1
¿Por qué lloro si llevas años ausente?
Cierro los ojos y pienso que
ya no volverás a gritar levántame una y otra vez.
¿Cómo saber qué tarta de cumpleaños sería la última que compartiríamos?
Que esto haya pasado en este momento, en medio del confinamiento, ha tenido para mí algo positivo: me he ahorrado velatorios, misas y funerales. Jamás olvidaré lo mal que lo pasé en la misa de mi abuelo; y, con todos los velatorios a los que he debido asistir, ya tengo claro que es justo lo contrario de lo que se debería hacer. Familiares, amigos y conocidos, todos reunidos en una atmósfera cargada con el féretro en la sala de al lado; momentos incómodos, gente que asiste obligada, conversaciones vanas, fórmulas vacías repetidas mil veces, falsos consuelos...
Esta vez no ha habido nada de eso. La familia junta bajo un mismo techo, hablando de la difunta, cada uno contando una historia o un aspecto de su vida. Compartiendo la carga de su pérdida recordando momentos remarcables de su vida. Claro está, en la conversación tenía que estar también mi abuelo Rufino. ¿Cómo pensar en la una sin el otro? Los dos han vivido los mismos años, y la vida ha querido que muriera primero el que conservaba la cabeza en su sitio, ahorrándole el dolor de la muerte de la otra; mientras que la otra tampoco se enteró prácticamente de la pérdida de su marido, así estaba ella.
Ahora que los dos se han ido, sólo queda de ellos el recuerdo que nos han dejado, así como las enseñanzas y formas de ver y encarar la vida. Así, y no de otra manera, es como nos acompañarán el resto de nuestras vidas.
Te quiero mucho, abuela.
El vino vuelve a su cauce
Como de costumbre, Alberto fue a su pueblo a celebrar la
virgen patronal, a finales de septiembre; y, como de costumbre también, su
abuelo Eligio se lo llevó a la bodega familiar a cuidar de que todo estuviera
en orden. Eligio sabía que los amigos de su nieto eran buenos zagales, pero ya
se sabe que el alcohol trastorna las mentes y, aunque nunca le permitió hacer
allí la peña, sabía que de vez en cuando bajaban a tomar algo, a cenar, a fumar,
o a lo que fuera. Siempre era prudente echar un vistazo. Así lo habían hecho
desde que Alberto tenía uso de razón. Pero ese año iba a ser diferente, aunque eso
su abuelo todavía no lo sabía.
Antes
de ir allí ya habían ido a ver el palomar, que seguía igual que siempre, lleno
de excrementos de pájaro que casi no se podía ni andar; la vega, donde tenían cuatro
almendros abandonados al hambre insaciable de herrerillos y carboneros, según
decía el anciano; y ahora tocaba visitar lo más importante de todo. Eligio
hacía décadas que se había mudado a la ciudad, a Valladolid, a buscar mejor fortuna,
así que sólo iban al pueblo en fechas señaladas; y, aparte de las fiestas de
santa Engracia en julio, la virgen en septiembre y el día de Todos los Santos,
pocas más había a lo largo del año. Alguna comida familiar, entre amigos… no
mucho más. Lo que él ignoraba es que pocos días antes, ese mes de septiembre,
la bodega había sido ocupada para otros fines.
Hacía poco
más de un año que se había muerto su esposa, Catalina, y eso había sido un duro
golpe para él. Había perdido la vitalidad, el brío que siempre lo había caracterizado;
y eso su familia lo sabía muy bien. Así que a Alberto se le había ocurrido algo
para animarlo: darle vida de nuevo al lagar, hacer vino nuevamente, como hacían
con su abuelo antes de que perdiera las fuerzas y las ganas, unos años atrás. De
hecho, todavía quedaba alguna botella llena de polvo con vino muy añejo de
entonces, casi moscatel. Era una idea que tenía en mente hacía tiempo, pero no
se atrevió a plantearla a su familia hasta que se la contó a Cristina, una amiga
suya que estudia enología, que se emocionó por poder hacer su primer vino en una
bodega tradicional. Su padre, Carmelo, estaba igualmente entusiasmado, pues él
mismo había ayudado a Eligio durante muchos años en la elaboración, antes
incluso de que llegara la Denominación de Origen, y recordaba el empleo de todas
las herramientas.
Mientras
subían la cuesta, dejando a cada lado las puertas de entrada y los humeros de
otras tantas bodegas, Alberto iba recordando todo el proceso. El majuelo familiar
lo vendió su abuelo hacía varios años, así que tuvieron que comprar la uva a Fernando,
el viticultor amigo de la familia. Eran unos doscientos cincuenta kilos, no querían
pasarse en la primera prueba. Una vez que se la subieron hasta el pie de la
zarcera, la dejaron caer los ocho o nueve metros que podía haber hasta la sisa;
la sala, que habían lavado a conciencia antes, donde la esperaba el jaraíz para
pisarla. Fue algo bastante divertido; al principio le pareció bastante menos penoso
de lo que se había figurado, pero después de un buen rato dale que te pego todo
se veía con otros ojos. Su padre, Carmelo, su amiga Cristina, la enóloga, y él
se turnaron en el pataleo y, según iba saliendo, el mosto se iba depositando en
el tinillo, que tiene capacidad para dos arrobas (unos quince litros). Luego lo
filtraban para separarlo de la casca, que más tarde prensaban en la prensa
vertical dándole vueltas al huso. De ahí, todo el mosto colado lo metieron con
una manguera al tonel, bien desinfectado con azufre quemado (¡qué divertido
salirse de la bodega para no infectarse con los vapores que salían de ahí, como
una emergencia química, para no asfixiarse!), y a esperar a que fermentara.
Tenía algo de mágico todo aquello. ¡Sólo exprimir el jugo de la uva y dejarlo
en una barrica unos días para sacar vino, ese alcohol maravilloso! Y lo habían
hecho ellos mismos, con sus propios pies. ¿Cómo habría quedado?
Llegaron al fin. Su bodega estaba
en la cima de ese montecillo, desde donde las entradas y chimeneas de las demás
iban cayendo, desparramadas aquí y allá. Parecían madrigueras o incluso refugios
para guarecerse del sol de justicia del verano, que ya había pasado; y, tal vez
por eso, las cuevas se habían dejado abandonadas nuevamente. De ellas ya no salían
humo ni ecos de músicas y voces alegres, como en santa Engracia. Todo estaba tranquilo,
y hasta ellos sólo llegaba el sonido del viento arqueando las espigas bajas que
recién empezaban a erguirse, sin que nadie se hubiera molestado en plantarlas
ni en arrancarlas. Un viento que unos días atrás había estrenado la temporada
de llevar chaquetilla.
Antes
de alcanzar la entrada, Alberto sacó su móvil un momento para enviar un
mensaje. Ya allí, lo primero que sorprendió a Eligio fue el humo que salía de
la chimenea.
- – ¿Quién está ahí adentro?
- – Pues no lo sé, abuelo, ahora lo veremos.
- – ¿No serán ladrones…?
- – ¡Qué van a ser ladrones! ¿Haciéndose la comida?
El viejo quedó pensativo pero alerta.
Bajo el dintel de una sola piedra, la robusta puerta de madera estaba abierta
de par en par, y dentro las luces encendidas. Bajaron las escaleras por el
callejón, un pasillo estrecho cubierto con una tosca bóveda de cañón ejecutada
con mampostería; Alberto iba delante dándole el brazo a su abuelo para que se
apoyara en él y en la cuerda a modo de pasamanos que había en la pared, y poco
a poco fueron notando la humedad creciente en el ambiente. Lo que más extrañaba
a Eligio es que abajo no se oyera nada; y él había perdido oído, es cierto, pero
tanto…
Una vez abajo llegaron a una
pequeña sala a modo de recibidor, donde el observador Eligio vio colgadas
chaquetas en el perchero.
- – No habrán venido aquí tus amigos, ¿no, hijo?
- – Que no, abuelo, estate tranquilo.
La sala principal, el comedor, estaba
oscura; se acercaron, aún Eligio del brazo de su nieto, y encendieron la luz.
- – ¡Sorpresa! – gritaron todos los allí presentes.
- – ¿Pero qué…?
Allí estaban reunidos sus cuatro
hijos con sus maridos y esposas y con sus nietos. A un lado el hogar ardía; al
otro, la mesa larga de madera estaba puesta con mantel de papel, ofreciendo
quesos y embutidos, pan, ensalada y vino tinto para acompañar el asado y
zapatillas para comer con el verdejo recién elaborado.
– Ay, hijo, casi me dais un infarto… ¿cómo no avisáis?
- – Porque hoy es un día especial, padre – respondió
Carmelo, su hijo, que dejó de remover las gavillas de sarmientos que estaba
prendiendo en la hoguera para servirle un poco del vino que tenían en una
botella de vidrio. Luego le dio a probar de otro que seguía reposando, recién
sacado de un carral con la espita. Cuando bebió el culo de la copa de un trago,
una lágrima le cayó por la mejilla y en su cara se dibujó una mueca de
felicidad que no le habían visto desde antes de morir Catalina, su esposa.
- – Muchas gracias a todos, de verdad, gracias…
La cueva estaba hecha toda de
ladrillo, pintado de blanco hasta cierta altura. A un lado, en unos estantes,
había a modo de decoración un cuévano de mimbre, un garrafón, un botijo, platos
de cerámica y un porrón, este último más usado todavía. De la otra pared colgaban
asimismo un imponente yugo, una horca y otros aperos de labranza. Una vez que
estuvo listo el cordero, se sentaron todos en los bancos corridos y comieron,
bebieron y disfrutaron, alegres; y Eligio, animado por el vino, empezó a hablar
de sus tiempos mozos, de cuando su padre le enseñó el viejo arte, e incluso
tuvo palabras para valorar y criticar el resultado, sacando a la luz las
carencias y los excesos con tan solo olerlo y removerlo en su copa, dando valiosos
consejos para la próxima vez.
- – Venga, abuelo, déjate de cuentos y dale al porrón.
La revuelta castellana
Castilla se va a revelar y yo lideraré a los castellanos. Me llamo
Juan de Padilla y dirijo a los rebeldes toledanos. No voy a negar que tengo un
poco de miedo, pero os juro por mi honor que ganaremos esta batalla. Nuestro
rey es indigno de la corona de Castilla, no se merece estar donde está. Nuestra
reina es doña Juana de Castilla, y a ella juraremos lealtad y obediencia.
A lo lejos, veo lo poco que queda
de Medina, recientemente quemada. Únicamente muros calcinados. Y junto a mí,
Juan Bravo, mi valeroso compañero, picando espuelas se precipita hacia allí
diciendo:
–
¡Nunca
olvidará Segovia lo que por ella habéis hecho! Disponed de cuanto tiene, cuanto
atesora, ya es vuestro. ¡Nunca olvidará Segovia lo que por ella habéis hecho!
Nuestra siguiente parada es
Tordesillas, donde la reina Juana está presa. El pueblo nos recibe con gran
contento, tocan campanas, cuelgan pendones bermejos. Por fin ha llegado el
momento que tanto habíamos esperado. Doña Juana nos recibe sorprendida, pues nada
sabía del levantamiento, y la apena que su reino se veía así abocado a la
guerra civil, pero cree que nuestras demandas son justas. Era un gran día,
nuestra reina nos había legitimado.
Mientras, su hijo Carlos, contra
quien combatimos, dio desde Alemania la orden de acabar con la revuelta y
ajusticiar a sus jefes. ¡A nosotros! Sería inocente pensar que eso nos
desanimaba; al contrario, nos daba más fuerzas. Cuando ese extranjero intente
volver a poner un pie en estos reinos para pedirle sus dineros ya será
demasiado tarde para él. Ni un maravedí saldrá de nuestras arcas.
Más tarde me entero de cosas
interesantes: Valladolid se une a la revuelta. Ya somos... Segovia, Zamora,
Ávila, León, Cuenca, Soria, Guadalajara, Toro, Alcalá, Valladolid, Madrid... No
podrán con nosotros.
Pronto sin embargo llegan malas
noticias. Los ejércitos fieles a Carlos han devastado la villa de Mora. Miles
de personas han muerto indefensas. Al enterarme, grito de rabia. Esto no puede continuar
así. En cuanto tenga oportunidad, pienso coger a uno de esos imperiales por el
cuello y hacerle sufrir lo más posible. Me voy a la cama, será lo mejor.
Prefiero no seguir pensando en esto, descansar...
Pero no puedo. Pesadillas
recorren mi mente: matanzas, quemas, la gran batalla... Pero al final
cumplíamos nuestro deber: acabar con todo. Doña Juana reinaba España, y todos
estábamos contentos... Después apareció una imagen que no se me olvidará en
toda mi vida: las cabezas de todos los líderes comuneros clavados en estacas,
la mía y las de mis compañeros, exhibidas como si fueran trofeos. Fuera del
pueblo donde estaban las picas, una mezcla de cadáveres, agonías y campos
devastados.
He despertado angustiado; el
miedo se acumula a lo largo de todo mi cuerpo, como si no se quisiese ir.
Oprimiendo mi pecho, haciéndome daño, desconectándome el cerebro... Por suerte
no duró mucho. En seguida me digo que es imposible. Respiro hondo y consigo
calmarme. Espero que no sea una premonición...
Me encuentro en Torrelobatón. Los
imperiales están a apenas una milla. Nobles de todas partes vienen a su
encuentro para unirse a ellos. No puedo esperar más, no podemos seguir así.
–
Atención,
comuneros y comuneras que aquí con tanto valor os habéis unido a tan noble
causa -empiezo yo-. No es cosa de esperar, debemos partir. Nuestro destino:
Toro comunera. Pronto nos enfrentaremos a las tropas imperiales. Debéis saber
que éste puede ser vuestro último día en este mundo, pero seguro que todos
aquellos que muráis en la próxima batalla iréis al cielo. Dios no se lo pensará
dos veces. San Pedro se enorgullecerá de abriros las puertas. Ahora partid.
Pensad en lo que os acabo de decir, y luchad hasta el último aliento, luchad
por nuestra patria, luchad por Castilla. Matad a todos los enemigos que podáis,
y no olvidéis nuestro lema.
–
¡QUE TODAS
LAS CRUCES BLANCAS ROJAS DE SANGRE SE VUELVAN! -clamó todo el pueblo en un solo
grito.
Después de lo cual continuamos la
marcha. Pero antes, me retiro a meditar, a pensar en todo lo sucedido. Al cabo
de un rato, cojo un pergamino y escribo estas palabras:
Mañana se va a luchar,
aunque quedemos un puño,
hasta el fin se combatirá.
Que nunca nos diga el pueblo
que nos echamos atrás,
si la suerte nos faltara
el valor no ha de faltar.
Al poco rato
nos encontramos bajando por las cárcavas del camino. Al no haber luna en el
cielo, no necesitamos ocultarnos; sin embargo, todo está oscuro, nos azota la
borrasca y avanzamos con esfuerzo, pero con decisión. Por un momento el pánico
vuelve a mí, al igual que en mi última pesadilla; mas no me dejo vencer. Éste
no es el momento, vamos a ganar. Y viene a mi mente el sueño de la victoria,
gracias al cual me siento mucho mejor, y continúo cabalgando por la explanada.
–
Padilla.
–
¿Sí, Juan?
–
La noticia
de que nos hemos ido se ha difundido en el ejército imperial. Más de dos mil
quinientos jinetes, y ocho mil infantes al menos. Nos siguen.
–
¿Sí, eh?
Gracias Juan.
–
No hay de
qué, camarada.
Estoy un rato corto pensando, un
minuto a lo sumo. Después proclamo:
–
¡Que
redoblen los tambores,
los tambores desplegad,
que no piensen los reales
que vamos huyendo ya!
Me gustaría acampar en Vega de
Valdetronco, pero mi vanguardia no oye las órdenes que les doy, así que debo
esperar a Villalar.
Al poco rato
aparece el pueblo. Por fin salimos de ese maldito lodazal. Llegamos hasta las
casas, e instalamos allí las piezas, que empiezan a disparar. Ya vienen los
imperiales, la batalla comienza ya. Todos nuestros hombres luchan con valentía,
pero parte de nuestras piezas de artillería ha quedado en el lodo, y son
demasiados... Al cabo, cogen a Maldonado y a sus hombres. Los siguientes son
los míos, junto con todos los demás. Qué día tan trágico, ¿quién lo hubiera
pensado?
Al
despertar, me doy cuenta de que estoy encerrado. ¡Encerrado! No puedo
aguantarlo más. A mi alrededor, luego de acostumbrarme a la oscuridad, no veo a
nadie, tan solo tinieblas. Intento avanzar hacia la puerta y, ¡oh, desdicha! estoy
encadenado a la pared. Me vuelvo y, siguiendo mis cadenas, llego al muro de
piedra. El techo es alto y únicamente entra una luz tenue por una ventana a la
que es imposible llegar. Siguiendo la gélida pared hasta donde mis ataduras me
lo permiten, compruebo que no hay forma de salir y que estoy, como imaginaba,
solo.
Durante el tiempo que estuve encerrado, tuve ocasión de
reflexionar... ¿Cómo podía haber sucedido? ¿Qué había hecho mal, Dios? Recé.
Tenía la impresión de que Él estaba conmigo, y al mismo tiempo estaba distante.
Empecé a hablar conmigo mismo. A gritar, enfurecerme, intentar deshacerme de
mis cadenas... pero no pude. Pensé entonces en la suerte de mis compañeros, y en
la mía. Estaba claro que Carlos iba a cumplir con su palabra. Todo Villalar
contemplaría nuestras cabezas por mucho tiempo, a no ser que... A mi mente
llegó una esperanza. Es posible que tropas de otros lugares lleguen en nuestra
ayuda. Y con este pensamiento en la cabeza me quedé dormido.
Al poco me despierta un ruido de
puertas abriéndose y cerrándose. Al abrir los ojos contemplo que el sol ha
salido y mi prisión se ha iluminado de luz. La celda es cuadrada; la ventana,
de muy pequeñas dimensiones con un par de barrotes. Frente a mí se encuentra
una puerta cerrada, sin ningún resquicio en ella. El sonido que me despertó se
acerca, y al poco rato se oye el giro de una gran llave. ¿Serán amigos o
enemigos? Enemigos. Al ver al carcelero con una pequeña sonrisa en la boca
entiendo que mis esperanzas no eran más que eso, esperanzas. El hombre enjuto
cierra la puerta tras de sí y me pone unas esposas en las manos, tras lo cual
me desata las cadenas de mis pies. En cuanto tengo las piernas libres le doy
una patada en su entrepierna. Mientras el carcelero retrocede de dolor, yo
aprovecho el momento para quitarle las llaves del cinturón, quitarme las
esposas, abrir la puerta lo más rápido posible y salir de allí.
El pasillo está vacío. Entre las
sombras llego a una celda y la abro: mi amigo Juan Bravo corre a abrazarme al
verme. Tras liberarlo de sus grilletes corremos sin hacer ruido hasta la
siguiente celda, ocupada por Maldonado. Libres los tres, empezamos a buscar la
salida. El tiempo apremia, pues los guardas pronto han de sospechar por la
tardanza del carcelero quejumbroso. Seguimos hacia delante, pero no encontramos
nada. Sólo nos queda escondernos. Entramos en una celda cualquiera, que por
suerte ocupaba un seguidor comunero.
Al poco oímos pasos presurosos
que van y vienen, puertas que se abren y que se cierran. Están registrando las
celdas una a una. Pronto llegarán a la nuestra, así que intentamos escondernos
al lado de la puerta, para que no nos vean al abrirla. El preso nos da su
palabra de no decir palabra, al fin y al cabo está de nuestra parte. No sirvió
de nada. Cuando entran en la estancia, la examinan de punta a punta y pronto
nos descubren. Estamos perdidos. No hay escapatoria ya, así que no oponemos
resistencia.
Ahora puedo ver a los lugareños
de Villalar. Esperan amontonados en la plaza mayor, en silencio desde que
salimos por la puerta de la cárcel del pueblo. Nadie dice nada, todos tienen
miedo. Se oye lejos, muy lejos, un tambor de guerra que va marcando el ritmo de
nuestros apesadumbrados pasos. La mañana es fría y silenciosa; sólo se escucha
el sombrío tambor. Nos suben al patíbulo, donde nos espera el verdugo. Agarran
a mi fiel Juan Bravo de los pelos y lo arrodillan con violencia frente al
tronco. Cuando su mejilla toca la madera, un hombre en medio del público grita.
Al momento un soldado va hacia él, se lo lleva aparte y lo hace callar.
Mientras, el verdugo alza su
hacha y la deja caer con fuerza sobre el cuello de mi amigo. Su cabeza cae a
las tablas con un golpe seco. Debo contenerme para no gritar. Yo era el
siguiente. Antes de caer de rodillas alzo la voz:
-
¡Libertad
para Castilla!
Ni una lágrima rodó por mis
mejillas cuando me vi allí, derrotado y humillado frente a quienes ayer me
apoyaban y hoy me veían ajusticiado; ni cuando sentí el frío acero en mi cuello
para preparar el golpe. Entonces sólo podía pensar en una cosa: ¡LIBERTAD PARA
CASTILLA!
Muy amargamente lloró María
Pacheco, mujer de Juan Padilla, cuando llegaron noticias de la batalla de
Villalar a Toledo, de los pocos bastiones rebeldes que quedaban, donde ella
esperaba. Quiso vengar su muerte y la de tan valerosos guerreros, y resistir
cuanto fuera posible; mas pronto quedó claro que todo estaba perdido. Las
villas fieles a los comuneros empezaron a rendirse, y así lo hizo finalmente
Toledo. María murió años después exiliada en Portugal.
Y así acabó la
revuelta comunera, un movimiento que cambió la historia de España para siempre,
aunque de manera inversa a como sus cabecillas lo había planeado. El rey Carlos
siguió siendo rey y se coronó emperador, la reina Juana la Loca siguió
encerrada en Tordesillas hasta el fin de sus días, y los burgueses y campesinos
quedaron sin fuerzas para volver a poner en jaque seriamente a la monarquía.
Puedes ver este relato recitado en mi canal de Youtube: https://youtu.be/LV8ya_Dg92w
Castillo de Torrelobatón (Valladolid, España), bastión de los comuneros y actual Centro de Interpretación del Movimiento Comunero
Puedes ver este relato recitado en mi canal de Youtube: https://youtu.be/LV8ya_Dg92w
Castillo de Torrelobatón (Valladolid, España), bastión de los comuneros y actual Centro de Interpretación del Movimiento Comunero
La inspiración
La inspiración es dama caprichosa
a quien no bastan llamadas ni ruegos,
voces lisonjeras o recios llamados,
regalos o alhajas.
Antojadiza, jamás entra por la puerta
ni le gusta ser vista acompañando a nadie,
pues no entiende de celos y
a todos nos visita.
Cuando al fin lo hace,
casi siempre robando momentos a mi sueño,
es la amante más ardiente,
pero también la más ardua;
la más difícil de atraer y
la más fácil de alejar.
Y con ella una chispa salta
en mi cabeza y,
como llena de gasolina,
en un instante prende toda mi mente.
Todo mi ser estalla y ya no encuentra reposo
ni calma.
Un torrente de ideas surge y cae
con fuerza sobre una noria,
moviendo frenéticamente mi ánimo,
encauzando la potencia acuática.
Impulsos nerviosos se apoderan de mí,
buscando las letras, las palabras, las teclas;
y al fin brotan
como de una botella rota,
desparramándose por los surcos de tierra,
haciendo crecer las semillas,
los troncos,
las ramas,
las hojas,
el árbol y los frutos.
Acabada la obra llega paz
y gran satisfacción; mas
como haya otra a medias,
pronto saldrá su sed de marinero perdido
en la mar, se
removerá insaciable,
y no quedará satisfecha hasta ver colmados sus anhelos;
crecidos sus hijos, nunca bastardos,
pues con esfuerzo se han parido.
Cuando se marcha, siempre sin avisar,
estoy demasiado cansado;
el sosiego y el sopor,
como después de un orgasmo, me invaden;
me tiendo agotado sobre la cama
y duermo al fin.
Mira el vídeo recitando este poema en https://www.instagram.com/tv/B_E6HuFJu4_/?igshid=12tazg0c47eaj
a quien no bastan llamadas ni ruegos,
voces lisonjeras o recios llamados,
regalos o alhajas.
Antojadiza, jamás entra por la puerta
ni le gusta ser vista acompañando a nadie,
pues no entiende de celos y
a todos nos visita.
Cuando al fin lo hace,
casi siempre robando momentos a mi sueño,
es la amante más ardiente,
pero también la más ardua;
la más difícil de atraer y
la más fácil de alejar.
Y con ella una chispa salta
en mi cabeza y,
como llena de gasolina,
en un instante prende toda mi mente.
Todo mi ser estalla y ya no encuentra reposo
ni calma.
Un torrente de ideas surge y cae
con fuerza sobre una noria,
moviendo frenéticamente mi ánimo,
encauzando la potencia acuática.
Impulsos nerviosos se apoderan de mí,
buscando las letras, las palabras, las teclas;
y al fin brotan
como de una botella rota,
desparramándose por los surcos de tierra,
haciendo crecer las semillas,
los troncos,
las ramas,
las hojas,
el árbol y los frutos.
Acabada la obra llega paz
y gran satisfacción; mas
como haya otra a medias,
pronto saldrá su sed de marinero perdido
en la mar, se
removerá insaciable,
y no quedará satisfecha hasta ver colmados sus anhelos;
crecidos sus hijos, nunca bastardos,
pues con esfuerzo se han parido.
Cuando se marcha, siempre sin avisar,
estoy demasiado cansado;
el sosiego y el sopor,
como después de un orgasmo, me invaden;
me tiendo agotado sobre la cama
y duermo al fin.
Mira el vídeo recitando este poema en https://www.instagram.com/tv/B_E6HuFJu4_/?igshid=12tazg0c47eaj
Salto (al) inconsciente
Cojo carrerilla y salto al vacío. Ante mis ojos se suceden los estratos de color verde y amarillo eléctrico, en cascada, cada vez más distorsionados, y se van alternando con morados y azules que con la caída van haciendo ondulaciones hasta tomar una curva perfecta, senoidal. Pierdo la noción del tiempo y cuando llego abajo recuerdo que estoy en caída libre. Estoy entre árboles espesos con tucanes y monos en sus ramas umbrosas. Al fin caigo en un gran lago de un azul muy claro y puro. Cocodrilos nadan tranquilos a mi alrededor. Voy hasta la orilla y salgo seco del agua. Allí me espera un magnífico festín. Una mesa larga con mantel blanco y repleta de frutos exóticos: papayas, mangos, plátanos, caquis... También hay uvas y arándanos y rajas de melón muy verde. Parece que estuvieran esperándome, como si me miraran ellos con hambre de ser comidos. Como sin apetito, por el placer de sus néctares, y me alejo luego por entre la vegetación. Ando apenas unos minutos hasta encontrarme con un indio en un claro; está fumando una pipa gigante. Me ofrece, me siento junto a él y aspiro. Después trepo hasta la copa de un árbol para otear a todo alrededor: ante mí, cuando el bosque acaba, aparece un valle más deprimido con un hermoso castillo-palacio francés a la vista, con sus inclinados tejados de pizarra y sus grandes fosos rodeados de jardines. Entonces un gran pájaro me agarra y me lleva volando hasta una terraza del palacio. Dentro una doncella me espera en camisón y, en cuanto me ve entrar, desata un cordón y éste cae a sus pies, quedando completamente desnuda y mirándome incitante, como invitándome. Me acerco a ella sin dudar y la beso con pasión mientras toco su cuerpo ardiente y reculamos hasta llegar a la cama. Empezamos a follar ardorosamente pero en medio del acto nos interrumpe un caballero abriendo las puertas de la alcoba con violencia. Me mira furioso y saca de su cinto un enorme trabuco con el que me apunta. Sin perder un instante corro a la terraza y me tiro con seguridad.
Abajo me encuentro unas escaleras que descienden y bajo por ellas hasta el sótano, muy oscuro. Empiezo a andar a tientas sin ninguna noción del espacio por el que me estoy moviendo y al poco tiempo se enciende a mi alrededor una luz potente que por un momento me impide ver qué está pasando. Cuando mis ojos se habitúan a la claridad veo ante mí a un juez subido en su mesa y rodeado de otros letrados. A los lados todo son gradas atestadas de espectadores esperando el veredicto final. Me siento centro de todas las miradas, pero la que más siento es la del juez, dura e inflexible, que al hablar finalmente dice con voz recia: el destierro. Tras dar dos golpes secos con su mazo de madera, una trampilla bajo mis pies se abre.
Una vez más vuelvo a caer, y esta vez los colores frente a mí son cálidos. Primero rojos, luego naranjas y finalmente amarillos, todos en estratos ondeando desordenadamente. Cuando caigo, el cielo está inundado por un amarillo clarísimo. Miro a mi alrededor y no encuentro más que tierra yerma y agrietada, completamente seca. Un desierto inhóspito y caliente se extiende ante mí. Me pongo a andar, pero con cada paso voy perdiendo la esperanza de encontrar algo. Caigo al suelo de rodillas, derrotado; mas veo a pocos pasos un agujero negro en el suelo y no lo pienso dos veces. Cojo carrerilla y salto.
Cuando he empezado a escribir estas palabras me he lanzado hacia mi subconsciente, buscando imágenes que de él brotasen y empezando un viaje de cuyo final sabía lo mismo que tú cuando empezaste a leerlo. He aquí el inesperado final.
Abajo me encuentro unas escaleras que descienden y bajo por ellas hasta el sótano, muy oscuro. Empiezo a andar a tientas sin ninguna noción del espacio por el que me estoy moviendo y al poco tiempo se enciende a mi alrededor una luz potente que por un momento me impide ver qué está pasando. Cuando mis ojos se habitúan a la claridad veo ante mí a un juez subido en su mesa y rodeado de otros letrados. A los lados todo son gradas atestadas de espectadores esperando el veredicto final. Me siento centro de todas las miradas, pero la que más siento es la del juez, dura e inflexible, que al hablar finalmente dice con voz recia: el destierro. Tras dar dos golpes secos con su mazo de madera, una trampilla bajo mis pies se abre.
Una vez más vuelvo a caer, y esta vez los colores frente a mí son cálidos. Primero rojos, luego naranjas y finalmente amarillos, todos en estratos ondeando desordenadamente. Cuando caigo, el cielo está inundado por un amarillo clarísimo. Miro a mi alrededor y no encuentro más que tierra yerma y agrietada, completamente seca. Un desierto inhóspito y caliente se extiende ante mí. Me pongo a andar, pero con cada paso voy perdiendo la esperanza de encontrar algo. Caigo al suelo de rodillas, derrotado; mas veo a pocos pasos un agujero negro en el suelo y no lo pienso dos veces. Cojo carrerilla y salto.
Cuando he empezado a escribir estas palabras me he lanzado hacia mi subconsciente, buscando imágenes que de él brotasen y empezando un viaje de cuyo final sabía lo mismo que tú cuando empezaste a leerlo. He aquí el inesperado final.
Mi afán de escritor
En estos días de encierro
he tenido tiempo demás para reflexionar,
y mucho lo he hecho sobre mi
afán de escritor.
No hace mucho, una fiebre invadía mi mente que
se reflejaba en mis manos; mas
ya la poesía parece salida de mí
y yo ando cojo,
agarro manco,
veo tuerto.
Me falta el arrojo.
¿Qué es lo que me frena?
¿Qué lo que me inquieta?
¿Qué detiene a estos dedos sobre el teclado?
Tal vez la pérdida de costumbre,
tal vez la falta de lecturas inspiradoras,
¡puede incluso que la ausencia de inspiración misma!
O tal vez ninguna idea me agrade,
o no sea capaz de plasmar mis ideas.
Quiero crear algo nuevo y necesario
y olvidar los lenguajes antiguos,
colmados de frutas podridas hace décadas,
tiradas por el suelo como
bodegón barroco.
¿Cómo usar palabras firmes y evocadoras sin caer en el arcaísmo?
Mucho he cambiado, mis ideas, mis aspiraciones...
por ello me tiembla el pulso al
cincelar con palabras la imagen que imagino.
Mucho he cambiado, sí,
pero aún tengo alma de poeta y,
por suerte, las ascuas aún arden y,
cuanto más me lo cuestiono,
más parecen querer salir de mí las letras que me habían dejado,
dejándome mudo,
recobrando la voz.
Por ello ahora grito que
no cejaré en mi empeño;
pues poeta soy,
y así voy a seguir.
Puedes ver recitado este poema en mi canal de Youtube https://youtu.be/DgynN1jf_4g
he tenido tiempo demás para reflexionar,
y mucho lo he hecho sobre mi
afán de escritor.
No hace mucho, una fiebre invadía mi mente que
se reflejaba en mis manos; mas
ya la poesía parece salida de mí
y yo ando cojo,
agarro manco,
veo tuerto.
Me falta el arrojo.
¿Qué es lo que me frena?
¿Qué lo que me inquieta?
¿Qué detiene a estos dedos sobre el teclado?
Tal vez la pérdida de costumbre,
tal vez la falta de lecturas inspiradoras,
¡puede incluso que la ausencia de inspiración misma!
O tal vez ninguna idea me agrade,
o no sea capaz de plasmar mis ideas.
Quiero crear algo nuevo y necesario
y olvidar los lenguajes antiguos,
colmados de frutas podridas hace décadas,
tiradas por el suelo como
bodegón barroco.
¿Cómo usar palabras firmes y evocadoras sin caer en el arcaísmo?
Mucho he cambiado, mis ideas, mis aspiraciones...
por ello me tiembla el pulso al
cincelar con palabras la imagen que imagino.
Mucho he cambiado, sí,
pero aún tengo alma de poeta y,
por suerte, las ascuas aún arden y,
cuanto más me lo cuestiono,
más parecen querer salir de mí las letras que me habían dejado,
dejándome mudo,
recobrando la voz.
Por ello ahora grito que
no cejaré en mi empeño;
pues poeta soy,
y así voy a seguir.
Puedes ver recitado este poema en mi canal de Youtube https://youtu.be/DgynN1jf_4g
Momentos de incertidumbre
Hace una semana que he vuelto tras seis meses repletos de
experiencias y cambios. He vuelto a mi ciudad, que se aparece más pequeña que
nunca ante mis ojos; a mi familia, a mi casa. He vuelto por segunda vez, y si
algo tengo claro es que la anterior no me marcó tanto como ésta. Y no me refiero
al jet lag o al choque cultural que he sufrido al encontrarme una Valladolid
gris, desarbolada, muy fría y muy pequeña, ni a la rutina en la que me he visto
enmarcado una vez más, recordando cada detalle de ella con sorpresa; ni tampoco
observando las cosas que han cambiado en mi ausencia.
He vuelto a
casa, sí, pero ¿puedo llamarla mía? En ella está la gente que quiero y muchas
cosas que son mías, he vivido en ella muchos años, pero ¿es más mi casa que la
que dejé llena de vasos vacíos, botellas tiradas, todo el desmadre de la
despedida de la noche anterior y algo de comida en la nevera antes de cerrar esa
puerta, seguramente para no volverla a abrir? ¿O que aquélla que hace dos años
me vio dar mis primeros pasos emancipados y aprender mil cosas; aquélla que dejé
igualmente tras otra puerta, oscura y solitaria, con mi juego de llaves en la cómoda
junto al telefonillo?
Salir de la escasa
rutina que tenía en mi vida mexicana (levantarme a las cinco y media de la madrugada
para ir a una clase que no me aportaba nada durante seis horas tres días a la
semana; estar tirado en la cama un rato antes de arreglarme y salir más de una
hora antes de la hora en que había quedado, andar siempre (o casi) hacia la
misma estación de metro, esperar sentado (si era posible) mientras distintos
vendedores ambulantes ofrecían a voz en grito sus mercancías…) Salir, como digo,
de esta escasa rutina ha hecho que mi recuerdo de ella se haga muy volátil.
¿Qué decir
de mi vida italiana? A veces me frustro tratando de recordar algunos detalles como
la dirección de mi antigua casa, imaginándome recorriendo de nuevo sus calles
intricadas, más como en un sueño laberíntico que en una realidad tangible.
Mi memoria a
veces salta por los aires como un espejo roto, y me supone gran esfuerzo
recoger una a una las esquirlas que flotan en el aire para volver a
recomponerlo. ¿Y si en mi cabeza han caído en el olvido momentos que para mí
fueron importantes? ¿Momentos en que fui y me sentí pleno, feliz? Progresivamente,
todas mis vidas pasadas se me antojan lejanas, incluso ajenas, imágenes que viven,
o más bien que mueren, en mi memoria, anquilosadas.
Tantos
cambios importantes en mi forma de ver las cosas me desapaciguan, y pensar que
otros tantos me esperan próximamente no me ayuda. ¿Cómo saber cómo era antes,
hace apenas medio año? ¿Cómo intentar recordar mi forma de ser y pensar antes
incluso, cuando nunca había salido de esta ciudad cada vez más pequeña, de
estas cuatro paredes que ahora se me antojan tan estrechas y tan cargadas de
cosas?
Hay algo al
menos que parece evidente, y es que los ritmos de vida de mi ciudad, de mis
conocidos, de mi familia; y los míos hace tiempo que se desacompasaron, y soy
yo el que late con pulso acelerado, como nunca antes había palpitado.
No es
agradable, no es reconfortante todo esto. Pero sí es apasionante, vivificante,
pues mi hoy no se basa únicamente en pensar en el pasado, sino en un futuro que
me espera cargado de posibilidades. Ahí fuera hay un mundo boyante, frenético,
con miles de secretos que pronto serán certezas, centenares de lugares que un
día viviré, decenas de desconocidos que se convertirán en compañeros, colegas, amigos.
Sé que todo
esto está ahí fuera, sin esperarme ni buscarme, pero yo voy a salir a por ello
con todas mis ganas. En toda mi vida había estado mejor preparado, más abierto
a lo que esté por venir.
En cuanto a ese
pasado que cada día parece mucho más pasado, conservo de él recuerdos vivos muy
valiosos como son mis amigos, con los que compartí esos momentos que a veces se
me escapan. Y por eso me encanta reencontrarme con todos los que puedo (incluso
cuando parecen más parte de mi pasado que de mi presente, como piezas de museo,
pues no es más que una apariencia que se difumina apenas vivo nuevas
experiencias con ellos) y recordar juntos días pasados además de vivir otros
nuevos.
Mis amigos
también cambian, y eso puede desorientar tanto como debo desorientarlos yo a
ellos, pero si un día surgió esa amistad y luego se mantuvo no fue simplemente
por coincidir en un momento y un lugar concretos en que fuimos felices, sino
porque nosotros contribuimos a que esto pasara, con esa chispa que salta cada
vez que volvemos a encontrarnos.
Así que, pensándolo
bien, aunque en ocasiones me vengan como ahora momentos de incertidumbre, de
insomnio, de inseguridad, sé que esta vida que estoy persiguiendo es la que yo
quiero, sé que soy feliz y estoy muy contento de poder aprovechar las posibilidades
que me vengan y de tener a mi lado mi familia y amigos para apoyarme.
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