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El vino vuelve a su cauce


Como de costumbre, Alberto fue a su pueblo a celebrar la virgen patronal, a finales de septiembre; y, como de costumbre también, su abuelo Eligio se lo llevó a la bodega familiar a cuidar de que todo estuviera en orden. Eligio sabía que los amigos de su nieto eran buenos zagales, pero ya se sabe que el alcohol trastorna las mentes y, aunque nunca le permitió hacer allí la peña, sabía que de vez en cuando bajaban a tomar algo, a cenar, a fumar, o a lo que fuera. Siempre era prudente echar un vistazo. Así lo habían hecho desde que Alberto tenía uso de razón. Pero ese año iba a ser diferente, aunque eso su abuelo todavía no lo sabía.
         Antes de ir allí ya habían ido a ver el palomar, que seguía igual que siempre, lleno de excrementos de pájaro que casi no se podía ni andar; la vega, donde tenían cuatro almendros abandonados al hambre insaciable de herrerillos y carboneros, según decía el anciano; y ahora tocaba visitar lo más importante de todo. Eligio hacía décadas que se había mudado a la ciudad, a Valladolid, a buscar mejor fortuna, así que sólo iban al pueblo en fechas señaladas; y, aparte de las fiestas de santa Engracia en julio, la virgen en septiembre y el día de Todos los Santos, pocas más había a lo largo del año. Alguna comida familiar, entre amigos… no mucho más. Lo que él ignoraba es que pocos días antes, ese mes de septiembre, la bodega había sido ocupada para otros fines.
         Hacía poco más de un año que se había muerto su esposa, Catalina, y eso había sido un duro golpe para él. Había perdido la vitalidad, el brío que siempre lo había caracterizado; y eso su familia lo sabía muy bien. Así que a Alberto se le había ocurrido algo para animarlo: darle vida de nuevo al lagar, hacer vino nuevamente, como hacían con su abuelo antes de que perdiera las fuerzas y las ganas, unos años atrás. De hecho, todavía quedaba alguna botella llena de polvo con vino muy añejo de entonces, casi moscatel. Era una idea que tenía en mente hacía tiempo, pero no se atrevió a plantearla a su familia hasta que se la contó a Cristina, una amiga suya que estudia enología, que se emocionó por poder hacer su primer vino en una bodega tradicional. Su padre, Carmelo, estaba igualmente entusiasmado, pues él mismo había ayudado a Eligio durante muchos años en la elaboración, antes incluso de que llegara la Denominación de Origen, y recordaba el empleo de todas las herramientas.
         Mientras subían la cuesta, dejando a cada lado las puertas de entrada y los humeros de otras tantas bodegas, Alberto iba recordando todo el proceso. El majuelo familiar lo vendió su abuelo hacía varios años, así que tuvieron que comprar la uva a Fernando, el viticultor amigo de la familia. Eran unos doscientos cincuenta kilos, no querían pasarse en la primera prueba. Una vez que se la subieron hasta el pie de la zarcera, la dejaron caer los ocho o nueve metros que podía haber hasta la sisa; la sala, que habían lavado a conciencia antes, donde la esperaba el jaraíz para pisarla. Fue algo bastante divertido; al principio le pareció bastante menos penoso de lo que se había figurado, pero después de un buen rato dale que te pego todo se veía con otros ojos. Su padre, Carmelo, su amiga Cristina, la enóloga, y él se turnaron en el pataleo y, según iba saliendo, el mosto se iba depositando en el tinillo, que tiene capacidad para dos arrobas (unos quince litros). Luego lo filtraban para separarlo de la casca, que más tarde prensaban en la prensa vertical dándole vueltas al huso. De ahí, todo el mosto colado lo metieron con una manguera al tonel, bien desinfectado con azufre quemado (¡qué divertido salirse de la bodega para no infectarse con los vapores que salían de ahí, como una emergencia química, para no asfixiarse!), y a esperar a que fermentara. Tenía algo de mágico todo aquello. ¡Sólo exprimir el jugo de la uva y dejarlo en una barrica unos días para sacar vino, ese alcohol maravilloso! Y lo habían hecho ellos mismos, con sus propios pies. ¿Cómo habría quedado?
Llegaron al fin. Su bodega estaba en la cima de ese montecillo, desde donde las entradas y chimeneas de las demás iban cayendo, desparramadas aquí y allá. Parecían madrigueras o incluso refugios para guarecerse del sol de justicia del verano, que ya había pasado; y, tal vez por eso, las cuevas se habían dejado abandonadas nuevamente. De ellas ya no salían humo ni ecos de músicas y voces alegres, como en santa Engracia. Todo estaba tranquilo, y hasta ellos sólo llegaba el sonido del viento arqueando las espigas bajas que recién empezaban a erguirse, sin que nadie se hubiera molestado en plantarlas ni en arrancarlas. Un viento que unos días atrás había estrenado la temporada de llevar chaquetilla.
       Antes de alcanzar la entrada, Alberto sacó su móvil un momento para enviar un mensaje. Ya allí, lo primero que sorprendió a Eligio fue el humo que salía de la chimenea.
-          – ¿Quién está ahí adentro?
-          – Pues no lo sé, abuelo, ahora lo veremos.
-          – ¿No serán ladrones…?
-          – ¡Qué van a ser ladrones! ¿Haciéndose la comida?
El viejo quedó pensativo pero alerta. Bajo el dintel de una sola piedra, la robusta puerta de madera estaba abierta de par en par, y dentro las luces encendidas. Bajaron las escaleras por el callejón, un pasillo estrecho cubierto con una tosca bóveda de cañón ejecutada con mampostería; Alberto iba delante dándole el brazo a su abuelo para que se apoyara en él y en la cuerda a modo de pasamanos que había en la pared, y poco a poco fueron notando la humedad creciente en el ambiente. Lo que más extrañaba a Eligio es que abajo no se oyera nada; y él había perdido oído, es cierto, pero tanto…
Una vez abajo llegaron a una pequeña sala a modo de recibidor, donde el observador Eligio vio colgadas chaquetas en el perchero.
-             – No habrán venido aquí tus amigos, ¿no, hijo?
-             – Que no, abuelo, estate tranquilo.
La sala principal, el comedor, estaba oscura; se acercaron, aún Eligio del brazo de su nieto, y encendieron la luz.
-            ¡Sorpresa! – gritaron todos los allí presentes.
-            – ¿Pero qué…?
Allí estaban reunidos sus cuatro hijos con sus maridos y esposas y con sus nietos. A un lado el hogar ardía; al otro, la mesa larga de madera estaba puesta con mantel de papel, ofreciendo quesos y embutidos, pan, ensalada y vino tinto para acompañar el asado y zapatillas para comer con el verdejo recién elaborado.
– Ay, hijo, casi me dais un infarto… ¿cómo no avisáis?
-               – Porque hoy es un día especial, padre – respondió Carmelo, su hijo, que dejó de remover las gavillas de sarmientos que estaba prendiendo en la hoguera para servirle un poco del vino que tenían en una botella de vidrio. Luego le dio a probar de otro que seguía reposando, recién sacado de un carral con la espita. Cuando bebió el culo de la copa de un trago, una lágrima le cayó por la mejilla y en su cara se dibujó una mueca de felicidad que no le habían visto desde antes de morir Catalina, su esposa.
-             – Muchas gracias a todos, de verdad, gracias…
La cueva estaba hecha toda de ladrillo, pintado de blanco hasta cierta altura. A un lado, en unos estantes, había a modo de decoración un cuévano de mimbre, un garrafón, un botijo, platos de cerámica y un porrón, este último más usado todavía. De la otra pared colgaban asimismo un imponente yugo, una horca y otros aperos de labranza. Una vez que estuvo listo el cordero, se sentaron todos en los bancos corridos y comieron, bebieron y disfrutaron, alegres; y Eligio, animado por el vino, empezó a hablar de sus tiempos mozos, de cuando su padre le enseñó el viejo arte, e incluso tuvo palabras para valorar y criticar el resultado, sacando a la luz las carencias y los excesos con tan solo olerlo y removerlo en su copa, dando valiosos consejos para la próxima vez.
-         – Venga, abuelo, déjate de cuentos y dale al porrón.


Tesoro escondido

       Una mañana de domingo, después de salir y jugar al fútbol con sus amigos hasta el agotamiento el día anterior, Luisito se levantó tarde y bajó a desayunar. Desde las escaleras le llegaron las voces de sus padres.
-    Que no, y si digo que no es que no. No pienso llevar al niño a esa cárcel.
-         -¿Pero te quieres callar, mujer? Que a este paso se va a enterar todo Torrelobatón.
-         -¿Te crees que me importa a mí lo que piensen en este puto pueblo? Estoy harta, harta me tienes.
-         -No grites, que hay vecinos.
-         -¡A la mierda tú y los vecinos!
-         -¡Que te calles te he dicho, imbécil!
-         -¿Imbécil? ¿Tú me llamas imbécil? ¿Te has mirado en el espejo, guapo?
Luisito pasó por el salón, donde la pareja discutía, para llegar a la cocina. A su paso, los gritos pararon un momento. Luego, Papá se fue violentamente a trabajar, dando un portazo, y Mamá se arrastró donde su hijo esperaba para prepararle el desayuno.
-         -¿Por qué discutís, mamá?
-         -Tu padre, que es estúpido.
-         -¿Papá es estúpido? ¿Qué ha hecho?
Mamá se quedó mirando al infinito, de espaldas a Luis pues no quería que la viera llorar. Luisito, sin embargo, no probaba bocado y no dejaba de observar cada movimiento de Mamá.
-         -¿Qué ha hecho Papá?
Consciente al fin de que debía responder a su hijo, se enjugó las lágrimas y se encaró con su inocente mirada.
-         -Verás, Luis… Ya sabes que Papá trabaja todo el día y no vuelve hasta la hora de cenar. Ahora yo también tengo un pequeño trabajo por las mañanas y… termino más tarde que tú las clases. Así que… tu padre quiere llevarte al comedor del colegio -se detuvo un momento esperando una reacción-. ¿Qué te parece?
Luisito se quedó un momento pensativo y al fin preguntó:
-         -Entonces ¿no comeremos juntos, mamá?
-         -No, hijo…
-       -Bueno… -Una fugaz idea resplandeció en las claras pupilas de Luis, que dijo-: Entonces ¡puedo comer con Pedrito y Gabriel!
    Sí, claro que sí, Luis.
        ¡Genial!
-    ¿Seguro que quieres? –Mamá parecía sorprendida de algo tan sencillo como conversar con su hijo, que la escuchaba y daba su opinión sincera.
-         - Sí, seguro.

Ya era de noche cuando Papá volvió a casa. Al abrir la puerta, esta vez con más cuidado que la última vez que la cerró, llegó a su nariz el deseable olor de la cena cocinándose. En cuanto lo oyó llegar, Luisito corrió a darle un beso.
        Papá, mañana voy al comedor del colegio con Pedrito y Gabriel.
    ¿Ah, sí?
        Sí, me lo ha dicho mamá.
        ¿Y tú quieres ir? 
Sí. Siempre los veo irse en el autocar y quiero ir con ellos.
       ¡Éste es mi chico! –Papá alzó a Luisito por los aires, agarrándolo de las axilas y haciéndole subir y bajar, llenándole la cara de besos.
Las palabras de su hijo lo dejaron meditabundo. Se quitó el abrigo, dejó las llaves y la cartera y se acercó tímidamente a la cocina.
-   -Hola, cariño… -Mamá se dio la vuelta y esperó-. Verás, he estado pensando y… siento haberme puesto como me puse. No debimos discutir.
Sin más palabras, Mamá se acercó a Papá y se unieron en un solo abrazo. Ese día su hijo les había enseñado que escuchar al otro, valorarlo y comprender sus razones es un tesoro que vale más que todo el oro del mundo.

Heredarás la Tierra

Tras largo y tortuoso ascenso, su padre y él llegaron a lo alto de un acantilado. Como de costumbre, se asomaron al borde de la roca; mas quedaron espantados nada más hacerlo: ante sus ojos se revolvía violento el tenebroso y viscoso océano, que había tomado el color de las pesadillas nocturnas. El viento movía al impetuoso oleaje, que teñía de oscuro la orilla.

Desde niño le habían inculcado el amor por la naturaleza y el uso racional de los recursos (o sostenible, como gusta decirse ahora). Así que, desde que vio el chapapote, se propuso estudiar para evitar que la contaminación y el cambio climático fueran a más. Trabajó duro para licenciarse e investigar en el campo de la automoción (pues el 20% del CO2 que emitimos se debe a los transportes). Tras años de estudio consiguió la deseada fórmula: un coche completamente eléctrico y económico. El suyo es sólo un pequeño paso, pero una vez más no depende sólo de él poder luchar contra el calentamiento global. Nuestro protagonista ha hecho una parte importante, ahora debemos extender el uso del coche eléctrico, cuidar de que la electricidad que lo mueve venga de fuentes renovables, no malgastar lo que escasea… Por trabajos como el de este investigador anónimo, cuya imaginada vida nos ha servido de pretexto para concienciar una vez más sobre este problema, y los de otros muchos, cambiar esta situación y salvar el planeta es posible; pero la responsabilidad también es nuestra. ¿Vamos a legar a nuestros hijos una tierra enferma y sin curación?

Valladolid

Habían vuelto a discutir. Y, de nuevo, se había ido enfadado con ella. Cerró la puerta de un portazo y salió de su casa. A pesar de ser más de las ocho y de que el sol se había escondido ya entre los edificios, la luz diurna brillaba en las calles, reflejándose en todas las cosas. Los gorriones trinaban al tiempo que se perseguían por parejas: era la primavera. Después de que una furgoneta de cristales tintados casi lo atropellara cruzando el paso de cebra del túnel de Delicias, se sentó en la parada a la espera del bus. Cuando éste llegó, tomó asiento junto a la ventana y dejó vagar sus pensamientos mientras ante la luna grafiada con un anuncio cualquiera veía pasar el tenebroso túnel; el concurrido tráfico de Labradores; la quietud del Caño Argales, donde un par de niños bajaban a beber agua; los comercios del Duque de la Victoria… Cuando llegó al fin a la monumental plaza Mayor, había empezado a oscurecer y el fuego de las luces de sus edificios se encendía, marcando regularmente el rojo de las fachadas. Mucha gente pasaba en variadas direcciones por la antigua plaza del mercado; unos con bolsas de ropa, otros comiendo helado, algunos charlando sentados o en pie, niños pequeños persiguiendo palomas… Bajó del bus y tomó la ancha calle Ferrari por su centro, dejando a los lados las antiguas porticadas llenas de tiendas de todo tipo. Aún tuvo que esquivar a un par de voluntarios que le pedían su firma y colaboración hasta llegar a Fuente Dorada, donde se concentraba una manifestación. El ruido de silbatos y altavoces le chirriaba en los oídos, pero no les prestó atención.  Tampoco reparó en los bancos repletos de gente de toda clase y condición, en su mayoría ancianos. Su mirada no se detuvo en los omnipresentes soportales que rodean la fuente de brillos apagados en cuyo extremo superior gustan posarse las palomas; ni en las múltiples casas de variados colores que mantienen una unidad espacial por su mismo lenguaje en fachada, con sus balcones, huecos verticales, buhardillas… tampoco se fijó en las gafas enormes que en lugar de cristales tienen espejos, a la entrada de una óptica; ni en otros tantos comercios como bancos, tiendas de ropa, bingo… Los vidriosos reflejos de los chorros de agua de la fuente, que salen de la esfera superior (que aún rutilaba bajo la luz) y de los rostros tallados que representan las estaciones y que enmarcan las otras esculturas de un herrero, un botero, una aguadora y un soldado, hacía tiempo que se habían apagado, al igual que su murmullo acuático; únicamente el ruido de coches y autobuses, con sus soplidos de bestia que se levanta, sobresalía de las conversaciones, las risas, el llanto de recién nacidas criaturas, los pasos de algunos tacones… Sólo se sobresaltó cuando ese ruido cesó y ocupó su lugar el silencio asombrado de los transeúntes: el motor del autobús se había parado. Tras la sorpresa inicial, volvió la cabeza y siguió hacia delante, sin atender a los esfuerzos del conductor por reanimar el vehículo ni a los sorprendidos pasajeros.
Aunque, como digo, nuestro protagonista no observaba estos detalles que se pintaban a su alrededor, tampoco tenía en principio un rumbo fijo. Quería pasear hacia donde sus pasos lo guiasen, no pensar y dejar que su ánimo se enfriase, como hacía la temperatura conforme la luz se escondía y las sombras se tendían más.
Acabó al fin en la plaza de Cantarranas, donde la variedad edilicia se multiplicaba, al igual que la variedad de gente que allí acudía. Fachadas de todos los colores, tamaños, estilos. Se dedicó pues a recorrer los distintos bares que por la zona había, bebiendo para olvidar. Sentado en una terraza podía ver cómo los chicos charlaban, bebían de pie, en el suelo, veía cómo ellos iban a mear al callejón sin salida…
Cuando se cansó, se levantó y fue a despejarse y dar otro paseo. El centro estaba animado y por la calle Platerías subían y bajaban risas y pasos apresurados bajo los balcones centenarios. Anduvo por la helada quietud fantasmal de Teresa Gil, completamente muda, ausente del ajetreo diurno de paseantes y clientes de los negocios que suelen animar la calle.
A su llegada a la plaza España dieron las doce en el campanario de San Andrés. Apenas unos segundos después, las doce sonaban en el convento de Porta Coeli. A excepción del plañir de estas campanas y el correr de algún coche de camino al centro, nada rompía el silencio de la plaza. El contraste entre día y noche era mucho más notable en este espacio. El bullicio; el tráfico de viandantes y vehículos; los largos y atronadores autobuses;  el mercado matutino o la limpieza vespertina de los restos de éste con mangueras; la interminable vuelta al mundo de la fuente; las terrazas animadas; el olor a fruta, verdura, flores, vinagre, podredumbre… todo ello se había esfumado con el día. La bola, al igual que el mundo, se había parado. Lo único que entonces existía era un par de personas esperando sentados en sendos bancos y una fila de taxistas aburridos en sus coches blancos con banda horizontal morada y luz verde, anhelante. Igual de calmada estaba Manterías, donde apenas alguien caminaba solitario como él. Después de pararse a descansar en la pequeña fuente de moderna escultura, regresó por Duque de la Victoria, por donde sólo lo acompañó el ruido de un bus búho y algún taxi acelerado.

Siguió refrescándose en vino y cerveza toda la noche, sentado en una terraza de Cantarranas, hasta que creyó ver a su novia frente a él. Al tenerla tan cerca, corrió a abrazarla y a pedirle perdón por sus tonterías; no le gustaba estar enfadados. Ella, que había bajado al centro a buscarlo, le restó importancia al tema y, el brazo de él en sus hombros y el de ella en su cintura, recorrieron el camino de vuelta a casa.

El rufián viudo

                Desde pequeño me vi obligado a robar para vivir. La ciudad no era muy grande, pero permitía cierto anonimato en mis acciones. Todo empezó con pequeños hurtos en la frutería (manzana prohibida, dulce tentación) y con el tiempo se sucedieron los engaños y embustes. Para mí era divertido matar a cantazos a las fieras, reírme de las damas, escupir en el agua bendita, asaltar cuchillo en mano a paseantes en mitad de la noche…        Mi peor atrevimiento de mocedad fue atentar contra Dios, entrar en su templo, usurpar sus bienes, mancillar sus reliquias… Bajo las sonoras bóvedas de la iglesia me creía un diablo, un auténtico esbirro de Satanás expandiendo el mal entre las sombras.
                Pronto escapé de la compañía materna, si es que podía llamarse compañía a escuchar los gritos y gemidos de esa golfa que vendía su cuerpo cada vez que regresaba a casa de mis corredurías. Huí con mi pandilla de canallas a otras tierras donde no fuéramos conocidos. En nómada pillería recorrimos las aldeas y las villas, buscando nuestro sustento y divertimento; lo primero escaseó más que abundó, mas lo segundo lo encontramos, ciertamente. Muchas son las anécdotas que guardo de aquellos años; varias veces estuvieron a punto de molernos a palos, como aquel viejo chiflado que corrió en vano tras nosotros con su inquisidora escopeta entre maizales y melonares saqueados, pisoteados, perdidos; o aquella señora que nos arrojó una lluvia de trastos cuando huíamos de la casa asaltada en que ella reposaba silenciosamente. Unidos forzamos hogares, mujeres, dineros, honras… Con el tiempo nos fuimos separando; unos encarcelados, otros extraviados, algunos muertos… hasta que quedamos yo y un montón de deudas y rencorosos enemigos.
                Volvía a estar solo, lo que trataba de olvidar con el alcohol, divino tesoro. Tal afición le tuve que la mayoría de las tardes no recordaba el día anterior (era la intención). Lobo solitario, seguí delinquiendo para sobrevivir. La única vez que me falló el pulso y me faltó el ánimo fue cuando abordé a un señor y a su hija. Esa tarde había un ambiente enrarecido, un calor sofocante y una calma agobiante, a punto de explotar. Era la canícula. Tan saturada estaba la atmósfera que ni un pelo pendido se movería. Zascandileaba yo por las estrechas calles cuando me topé con la sabida pareja. Inquerí que me diesen cuanto tenían, y ante tal violencia el anciano se puso muy nervioso. Sólo le di un pequeño empujón y él cayó sentado, temblando grandemente. La joven se apresuró en ampararlo, sin conseguir alzarlo del suelo. Entonces me miró. Su mirada era franca, limpia, y traspasó suplicante mis barreras, rozando mis más recónditos sentimientos. No había miedo en sus ojos, sino firmeza, valor. El sudor corría por mis sienes, mas la sangre se había estancado y no podía escuchar lo que ella me decía. Huí; huí sin dirección ni sentido como alma que lleva al diablo, perdiéndome en un laberinto de rúas sinuosas, mirando hacia atrás en cada esquina, agobiado y tremendamente asustado, enloquecido. Las piernas me flaqueaban, las sienes me explotaban, el corazón acelerado me golpeaba intentando salírseme del pecho; pero no paré hasta que no oscureció y me derrumbé en cualquier rincón, rendido. Al día siguiente, me sentí más mareado que de costumbre. La cabeza me daba vueltas y las tripas parecían habérseme puesto del revés. ¿Era cierto aquello que recordaba? ¿No era acaso una fantasía más fruto de mis borracheras? Por más que lo intentaba, no conseguía quitarme estos pensamientos de la cabeza. Cuando al fin me recompuse, erré por esa enorme ciudad de la apatía, sin rumbo, como siempre.
                Si no olvidado, el recuerdo del encuentro se fue adormeciendo, hasta quedar como una mera ilusión. ¡Cuál no sería mi sorpresa al reconocer a esa mujer sentada en una mesa de un bar! Salí rápidamente del lugar; pero, cuanta más tierra ponía de por medio, mayores eran mi pesar y congoja. En mil ocasiones me vi tentado de volver, mas me contuve. A partir de esa segunda visión, creí ver esos ojos penetrantes por todas partes, acosándome con su sinceridad desnuda y cristalina.
                El tercer encuentro fue el definitivo. Sucedió de nuevo en un bar, y ella bebía sola en una mesa. El ambiente era oscuro e invitaba a las confidencias. Al verla esta vez, sin pensar en lo que hacía, tomé asiento frente a su vaso y afronté mis temores e inseguridades. Nuevamente me sorprendió, pues ella no se sobresaltó ante mi presencia. Nada dijo, sólo me oprimió con su mirada, y yo lo solté todo. Le hablé de mi vida, de mi infancia, de mi soledad, de mis delitos y remordimientos. No paraba de observarme mientras me desnudaba ante sus ojos hasta llorar. Lo confesé todo, y eso me reconfortó. Cuando terminé, continuó su silencio. Y al alzar la vista y luchando contra sus ojos felinos, noté en ellos una chispa, un brillo que antes no tenían. Nada más recuerdo, salvo que al día siguiente amanecí en una cama junto a su cuerpo cubierto apenas por las sábanas.
                Cuanto más la conocía, más me sorprendía. Me dijo que había quedado sola cuando su padre murió tiempo después del fortuito atraco, acompañando a su mujer en sepultura. No era mujer de muchas palabras, y nunca la comprendí del todo; pero cada vez que nuestros cuerpos se fusionaban entraba en un mundo desconocido, en un frenesí onírico, en una dicha inaudita. Tampoco sé cómo acabamos unidos en santo lazo a los pocos meses. Yo seguí con mis robos, pero pensar en su bondad generosa me atormentaba. Tras conocerla, los días se sucedían en cascada en espera de volver con ella. Parecía que nada tenía importancia con ella; todo levitaba, todo se estancaba a su lado, y los más horribles crímenes se olvidaban por un instante. Parecen tan cercanos y al tiempo tan remotos nuestros momentos juntos…

                Ahora ella no está. Se ha ido, como mi madre, como mis camaradas, como mi vida entera. Y sólo me queda un sabor amargo en la boca, una catarata de lágrimas y la nada. ¿Para qué he existido? ¿Por qué he nacido? Lo único que he aportado en este mundo es desdichas y tormentos. Y sin embargo, después de tanto mal causado, puedo decir que alguien me amó con locura (¿cómo si no se puede sentir cariño por una persona tan despreciable?) Nada… ¿Existió realmente? ¿O fue simplemente una mera ilusión? Ya no tengo su respaldo incondicional, mi hogar se ha derrumbado por el terremoto de la muerte. Nada… La vida, el destino, Dios (ése al que tanto ofendí toda mi vida) han hecho justicia llevándose primero al único ser realmente importante para mí. Nada tiene sentido ahora. Nada ha tenido nunca sentido. Jamás existió un motivo, y mucho menos ahora. ¿Por qué he de vivir? ¿Por qué vivir sin ella? Nada…  Nada… Pronto estaré contigo.

¿Qué haría hoy don Quijote con los molinos?

Ante sí tiene don Quijote las enormes aspas revolucionadas de aquellos molinos que dominan el monte. Más de cuatrocientos años hace desde que debió enfrentarse por vez primera a estos monstruos eólicos; más de cuatrocientos años desde que salió un día de su anónima aldea a amparar las viudas, desfacer tuertos, socorrer a huérfanos y menesterosos; más de cuatrocientos años desde que, con apenas una espada y una lanza viejas y oxidadas, se decidió a hacer de éste un mundo mejor, más humano, más idealista… A día de hoy, muchas cosas han cambiado, mas se repiten los mismos vicios y crímenes. A día de hoy, las más trascendentales ideas de justicia e igualdad de la flor y la nata de la andante caballería siguen vigentes. Por eso el Caballero de la Triste Figura sigue vivo y dispuesto a no perder el ánimo, a luchar hasta la muerte por sus ideales; por eso, a la vista de los gigantes dominadores del viento, el ingenioso hidalgo se abalanza con valor y gallardía contra ellos, una vez más, presto a salir disparado, derrotado, molido, para levantarse nuevamente con mayor brío. Porque don Quijote no se rendirá jamás ante la injusticia y el crimen.

Escapada de la cárcel

Grave y dura era
aquella prisión.
Apenas unos barrotes
daban al exterior.
Mala era la comida,
peor la iluminación.
Cuando no pudo aguantar
más tal opresión,
Escapó sigiloso por
subterráneo corredor.
Voces de alarma sonaron
entre trompeta y tambor;
mas no lograron cogerlo,
victorioso salió de la evasión.

Lejos quedaba ya la polvorienta prisión.
Tras larga y agotadora huida
parose a descansar sobre un alcor.
Las imponentes torres del castillo
entre retorcidas ramas aparecían en su visión.
Reposaba el asesino cobijado
mas un extraño ruido lo despertó.
Al buscar entre la flora
espesa nada halló.
Cuando se hubo calmado,
ante sí oscura figura apareció.
"Maldito seas, mísero infame;
Tus culpas no tienen perdón.
Tú mataste a mi esposa,
no te dejaré escapar yo.
Que si Dios me ayuda
no volverás a ver el sol."


De Quijotes y Sanchos

Muchas veces recordaba él también tiempos pasados, tiempos felices de inocencia, travesuras, infancia. Entonces era su padre su guardián, su escudero, su acompañante realista de las aventuras que él imaginaba en sus juegos. Recordaba los buenos ratos que pasaron juntos en el corral de su casa del pueblo, en que se subía a la parra con su espada de madera para combatir monstruos mientras su padre vigilaba atento, cuidando de que no se cayera, diciéndole que tuviera cuidado de no rasparse con el rugoso tronco…
Aun cuando mozo, siguió soñando con un mundo mejor mientras su padre se mostraba escéptico con sus esperanzas. Pero el tiempo pone a veces las cosas del revés y, mientras uno maduró y se casó, el otro sucumbió al peso de los años. El mismo que le enseñó a caminar necesitaba su ayuda para no caer. El mismo que lo limpiaba y lo bañaba cuando apenas contaba un año necesitaba de su hijo después de casi una centuria de vida. El mismo que lo ayudó a pensar y razonar era incapaz de recordar en qué día vivía.
Antes, la sabiduría de los años del uno se complementaba con la vitalidad del otro; entonces a aquél sólo le quedaban unas canas de testigos de  aquella sabiduría que fue y una mezcla atropellada de melancolía y recuerdos confusos, desordenados. La ya de por sí difusa línea divisoria entre pasado y presente se revolvía en tremendo remolino, y el anciano confundía el ayer con el hace veinte años. Entonces era el hijo el que llevaba a su progenitor, cuando hacía tan poco era éste quien tenía que sacar a aquél a rastras del parque para volver al calor de su casa, para resguardarse del oscuro manto con que el cielo se iba cubriendo lentamente, en claro contraste con el dinamismo del chiquillo. Entonces, ese quietismo etéreo se reflejaba en el anciano, por dentro y por fuera. La nieve cayó sobre sus sienes y la niebla densa penetró en su cráneo, en su lugar pensante, paralizando de manera gradual su voluntad, su espíritu. En ese momento era él el idealista, el que soñaba cada día con mil fantasmas, con personas que murieron hace mucho, mientras se preguntaba qué día era, qué había de comida… Al mismo tiempo que iba olvidando caras, recordaba nombres e historias ajenas o propias de hace años. Su hijo, un adulto, lo acompañaba día a día respondiendo a sus cuestiones y guardando de él, cuidando de que tomase sus pastillas… Cada vez que decía algo fuera de lugar, su hijo se reía; pero por dentro lloraba. Cada frase sin sentido era una daga hiriente que se clavaba en su estómago. La sonrisa amarga del uno era inocente e infantil en el otro.
          Uno de sus fantasmas era el de su mujer, muerta y enterrada hacía pocos años, con quien le gustaba tomar café y ver pasar a la gente del pueblo sentados en sillas blancas de metal a la puerta de su casa, como siempre habían hecho. En ocasiones se le metía cualquier trivialidad en la cabeza que lo atormentaba, y su hijo pensaba que las voces que daba y su pérdida de la orientación debían semejar una terrible e inacabable pesadilla. Incluso se cabreaba por cualquier motivo, llegando a llorar, enfadado con el mundo y la vida, la que, decía, le gustaría acabar de una vez. Finalmente, su paradójico deseo se cumplió, y una mañana se despertó diciendo que se iba a morir. Su hijo, que se negaba a creerlo, observaba a su padre y le proponía escaparse de allí a pasear como todos los días, a lo que su padre negaba con la cabeza, templado. Miraba por la ventana el día gris claro, luminoso; la plaza del pueblo con las casas de adobe; la piedra rugosa de la iglesia; la cal suave de otras casas…el pueblo donde pasó la mitad de su vida y del que tuvo que mudarse para mantener a su familia. Veía las escasas sombras que cruzaban lentamente la calle hacia el bar y las moreras, cuyas hojas se cayeron una a una de las oscuras ramas, igual que sus propios recuerdos volaron de su cabeza. Lloraba su hijo junto a la cama de matrimonio en que reposaba el decumbente, cuya mano apretaba con fuerza la suya, hasta que desapareció poco a poco la presión y su cabeza cayó a un lado. El que fuera su sabio escudero murió loco, atormentado, pero sereno.