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Te quiero, Rufino

El tiempo transcurre tranquilo,
los días pasan, los meses, los años,
la vida sigue su camino cargada de experiencias,
hasta que, de pronto,
paro un instante y me doy cuenta de que
llevamos cuatro largos años sin ti.

Y todo este tiempo no he dejado de echarte de menos.

Y todo este tiempo no has dejado de inspirarme.

Me inspira tu vitalidad, hasta el punto que
seguías con vigor hasta casi el fin
de tus días.
Eras pura energía, puro nervio.

Me inspiran tus ansias de vivir y de conocer,
leyendo y queriendo aprender cosas nuevas cada día,
incluso cuando la edad te lo empezaba a impedir;
daba igual, tu voluntad no se achicaba por eso.
Eras vida, eras luz,
eras alegría, jovialidad.

Me inspira tu originalidad,
el hacer las cosas por tu cuenta,
con esa personalidad tan fuerte,
arrolladora incluso.

Me inspira la pasión que ponías en tus aficiones;
cada cosa que hacías la hacías
con amor y con cariño.
Cuando te subías a la escalera para cambiar las bombillas;
cuando pintabas las ventanas;
cuando te subías al sobrado de la casa vieja, casi en ruinas;
incluso cuando discutías con tus hijos;
todo era porque estabas convencido de que,
haciéndolo,
ayudabas a los demás;
estabas convencido de que tus ideas, algo estrafalarias a veces,
eran lo mejor.
Eras, como Sebastiana, una persona de todo dar,
a manos llenas.
Cómo aguantabas noche tras noche de insomnio con la abuela,
pero jamás te cambiabas de cama,
es una gran demostración de amor y ternura.

Sé que estabas orgulloso de mí y,
sobre todo,
de que lo seguirías estando.
Y yo sin duda lo estoy mucho de ti.
Tanto tiempo desde que te fuiste,
tantas cosas que han pasado,
y la luz que dejaste no se apaga y
me sigue inspirando con fuerza.
Y aún me vienen lágrimas a los ojos cuando
pienso en ti y
en que ya no estás.
No pido más que ser tan buen padre y
tan buen abuelo
que como tú lo fuiste.
Te quiero, Rufino.

El vino vuelve a su cauce


Como de costumbre, Alberto fue a su pueblo a celebrar la virgen patronal, a finales de septiembre; y, como de costumbre también, su abuelo Eligio se lo llevó a la bodega familiar a cuidar de que todo estuviera en orden. Eligio sabía que los amigos de su nieto eran buenos zagales, pero ya se sabe que el alcohol trastorna las mentes y, aunque nunca le permitió hacer allí la peña, sabía que de vez en cuando bajaban a tomar algo, a cenar, a fumar, o a lo que fuera. Siempre era prudente echar un vistazo. Así lo habían hecho desde que Alberto tenía uso de razón. Pero ese año iba a ser diferente, aunque eso su abuelo todavía no lo sabía.
         Antes de ir allí ya habían ido a ver el palomar, que seguía igual que siempre, lleno de excrementos de pájaro que casi no se podía ni andar; la vega, donde tenían cuatro almendros abandonados al hambre insaciable de herrerillos y carboneros, según decía el anciano; y ahora tocaba visitar lo más importante de todo. Eligio hacía décadas que se había mudado a la ciudad, a Valladolid, a buscar mejor fortuna, así que sólo iban al pueblo en fechas señaladas; y, aparte de las fiestas de santa Engracia en julio, la virgen en septiembre y el día de Todos los Santos, pocas más había a lo largo del año. Alguna comida familiar, entre amigos… no mucho más. Lo que él ignoraba es que pocos días antes, ese mes de septiembre, la bodega había sido ocupada para otros fines.
         Hacía poco más de un año que se había muerto su esposa, Catalina, y eso había sido un duro golpe para él. Había perdido la vitalidad, el brío que siempre lo había caracterizado; y eso su familia lo sabía muy bien. Así que a Alberto se le había ocurrido algo para animarlo: darle vida de nuevo al lagar, hacer vino nuevamente, como hacían con su abuelo antes de que perdiera las fuerzas y las ganas, unos años atrás. De hecho, todavía quedaba alguna botella llena de polvo con vino muy añejo de entonces, casi moscatel. Era una idea que tenía en mente hacía tiempo, pero no se atrevió a plantearla a su familia hasta que se la contó a Cristina, una amiga suya que estudia enología, que se emocionó por poder hacer su primer vino en una bodega tradicional. Su padre, Carmelo, estaba igualmente entusiasmado, pues él mismo había ayudado a Eligio durante muchos años en la elaboración, antes incluso de que llegara la Denominación de Origen, y recordaba el empleo de todas las herramientas.
         Mientras subían la cuesta, dejando a cada lado las puertas de entrada y los humeros de otras tantas bodegas, Alberto iba recordando todo el proceso. El majuelo familiar lo vendió su abuelo hacía varios años, así que tuvieron que comprar la uva a Fernando, el viticultor amigo de la familia. Eran unos doscientos cincuenta kilos, no querían pasarse en la primera prueba. Una vez que se la subieron hasta el pie de la zarcera, la dejaron caer los ocho o nueve metros que podía haber hasta la sisa; la sala, que habían lavado a conciencia antes, donde la esperaba el jaraíz para pisarla. Fue algo bastante divertido; al principio le pareció bastante menos penoso de lo que se había figurado, pero después de un buen rato dale que te pego todo se veía con otros ojos. Su padre, Carmelo, su amiga Cristina, la enóloga, y él se turnaron en el pataleo y, según iba saliendo, el mosto se iba depositando en el tinillo, que tiene capacidad para dos arrobas (unos quince litros). Luego lo filtraban para separarlo de la casca, que más tarde prensaban en la prensa vertical dándole vueltas al huso. De ahí, todo el mosto colado lo metieron con una manguera al tonel, bien desinfectado con azufre quemado (¡qué divertido salirse de la bodega para no infectarse con los vapores que salían de ahí, como una emergencia química, para no asfixiarse!), y a esperar a que fermentara. Tenía algo de mágico todo aquello. ¡Sólo exprimir el jugo de la uva y dejarlo en una barrica unos días para sacar vino, ese alcohol maravilloso! Y lo habían hecho ellos mismos, con sus propios pies. ¿Cómo habría quedado?
Llegaron al fin. Su bodega estaba en la cima de ese montecillo, desde donde las entradas y chimeneas de las demás iban cayendo, desparramadas aquí y allá. Parecían madrigueras o incluso refugios para guarecerse del sol de justicia del verano, que ya había pasado; y, tal vez por eso, las cuevas se habían dejado abandonadas nuevamente. De ellas ya no salían humo ni ecos de músicas y voces alegres, como en santa Engracia. Todo estaba tranquilo, y hasta ellos sólo llegaba el sonido del viento arqueando las espigas bajas que recién empezaban a erguirse, sin que nadie se hubiera molestado en plantarlas ni en arrancarlas. Un viento que unos días atrás había estrenado la temporada de llevar chaquetilla.
       Antes de alcanzar la entrada, Alberto sacó su móvil un momento para enviar un mensaje. Ya allí, lo primero que sorprendió a Eligio fue el humo que salía de la chimenea.
-          – ¿Quién está ahí adentro?
-          – Pues no lo sé, abuelo, ahora lo veremos.
-          – ¿No serán ladrones…?
-          – ¡Qué van a ser ladrones! ¿Haciéndose la comida?
El viejo quedó pensativo pero alerta. Bajo el dintel de una sola piedra, la robusta puerta de madera estaba abierta de par en par, y dentro las luces encendidas. Bajaron las escaleras por el callejón, un pasillo estrecho cubierto con una tosca bóveda de cañón ejecutada con mampostería; Alberto iba delante dándole el brazo a su abuelo para que se apoyara en él y en la cuerda a modo de pasamanos que había en la pared, y poco a poco fueron notando la humedad creciente en el ambiente. Lo que más extrañaba a Eligio es que abajo no se oyera nada; y él había perdido oído, es cierto, pero tanto…
Una vez abajo llegaron a una pequeña sala a modo de recibidor, donde el observador Eligio vio colgadas chaquetas en el perchero.
-             – No habrán venido aquí tus amigos, ¿no, hijo?
-             – Que no, abuelo, estate tranquilo.
La sala principal, el comedor, estaba oscura; se acercaron, aún Eligio del brazo de su nieto, y encendieron la luz.
-            ¡Sorpresa! – gritaron todos los allí presentes.
-            – ¿Pero qué…?
Allí estaban reunidos sus cuatro hijos con sus maridos y esposas y con sus nietos. A un lado el hogar ardía; al otro, la mesa larga de madera estaba puesta con mantel de papel, ofreciendo quesos y embutidos, pan, ensalada y vino tinto para acompañar el asado y zapatillas para comer con el verdejo recién elaborado.
– Ay, hijo, casi me dais un infarto… ¿cómo no avisáis?
-               – Porque hoy es un día especial, padre – respondió Carmelo, su hijo, que dejó de remover las gavillas de sarmientos que estaba prendiendo en la hoguera para servirle un poco del vino que tenían en una botella de vidrio. Luego le dio a probar de otro que seguía reposando, recién sacado de un carral con la espita. Cuando bebió el culo de la copa de un trago, una lágrima le cayó por la mejilla y en su cara se dibujó una mueca de felicidad que no le habían visto desde antes de morir Catalina, su esposa.
-             – Muchas gracias a todos, de verdad, gracias…
La cueva estaba hecha toda de ladrillo, pintado de blanco hasta cierta altura. A un lado, en unos estantes, había a modo de decoración un cuévano de mimbre, un garrafón, un botijo, platos de cerámica y un porrón, este último más usado todavía. De la otra pared colgaban asimismo un imponente yugo, una horca y otros aperos de labranza. Una vez que estuvo listo el cordero, se sentaron todos en los bancos corridos y comieron, bebieron y disfrutaron, alegres; y Eligio, animado por el vino, empezó a hablar de sus tiempos mozos, de cuando su padre le enseñó el viejo arte, e incluso tuvo palabras para valorar y criticar el resultado, sacando a la luz las carencias y los excesos con tan solo olerlo y removerlo en su copa, dando valiosos consejos para la próxima vez.
-         – Venga, abuelo, déjate de cuentos y dale al porrón.


La revuelta castellana


Castilla se va a revelar y yo lideraré a los castellanos. Me llamo Juan de Padilla y dirijo a los rebeldes toledanos. No voy a negar que tengo un poco de miedo, pero os juro por mi honor que ganaremos esta batalla. Nuestro rey es indigno de la corona de Castilla, no se merece estar donde está. Nuestra reina es doña Juana de Castilla, y a ella juraremos lealtad y obediencia.
A lo lejos, veo lo poco que queda de Medina, recientemente quemada. Únicamente muros calcinados. Y junto a mí, Juan Bravo, mi valeroso compañero, picando espuelas se precipita hacia allí diciendo:
         ¡Nunca olvidará Segovia lo que por ella habéis hecho! Disponed de cuanto tiene, cuanto atesora, ya es vuestro. ¡Nunca olvidará Segovia lo que por ella habéis hecho!

Nuestra siguiente parada es Tordesillas, donde la reina Juana está presa. El pueblo nos recibe con gran contento, tocan campanas, cuelgan pendones bermejos. Por fin ha llegado el momento que tanto habíamos esperado. Doña Juana nos recibe sorprendida, pues nada sabía del levantamiento, y la apena que su reino se veía así abocado a la guerra civil, pero cree que nuestras demandas son justas. Era un gran día, nuestra reina nos había legitimado.
Mientras, su hijo Carlos, contra quien combatimos, dio desde Alemania la orden de acabar con la revuelta y ajusticiar a sus jefes. ¡A nosotros! Sería inocente pensar que eso nos desanimaba; al contrario, nos daba más fuerzas. Cuando ese extranjero intente volver a poner un pie en estos reinos para pedirle sus dineros ya será demasiado tarde para él. Ni un maravedí saldrá de nuestras arcas.
Más tarde me entero de cosas interesantes: Valladolid se une a la revuelta. Ya somos... Segovia, Zamora, Ávila, León, Cuenca, Soria, Guadalajara, Toro, Alcalá, Valladolid, Madrid... No podrán con nosotros.

Pronto sin embargo llegan malas noticias. Los ejércitos fieles a Carlos han devastado la villa de Mora. Miles de personas han muerto indefensas. Al enterarme, grito de rabia. Esto no puede continuar así. En cuanto tenga oportunidad, pienso coger a uno de esos imperiales por el cuello y hacerle sufrir lo más posible. Me voy a la cama, será lo mejor. Prefiero no seguir pensando en esto, descansar...
Pero no puedo. Pesadillas recorren mi mente: matanzas, quemas, la gran batalla... Pero al final cumplíamos nuestro deber: acabar con todo. Doña Juana reinaba España, y todos estábamos contentos... Después apareció una imagen que no se me olvidará en toda mi vida: las cabezas de todos los líderes comuneros clavados en estacas, la mía y las de mis compañeros, exhibidas como si fueran trofeos. Fuera del pueblo donde estaban las picas, una mezcla de cadáveres, agonías y campos devastados.
He despertado angustiado; el miedo se acumula a lo largo de todo mi cuerpo, como si no se quisiese ir. Oprimiendo mi pecho, haciéndome daño, desconectándome el cerebro... Por suerte no duró mucho. En seguida me digo que es imposible. Respiro hondo y consigo calmarme. Espero que no sea una premonición...

Me encuentro en Torrelobatón. Los imperiales están a apenas una milla. Nobles de todas partes vienen a su encuentro para unirse a ellos. No puedo esperar más, no podemos seguir así.
         Atención, comuneros y comuneras que aquí con tanto valor os habéis unido a tan noble causa -empiezo yo-. No es cosa de esperar, debemos partir. Nuestro destino: Toro comunera. Pronto nos enfrentaremos a las tropas imperiales. Debéis saber que éste puede ser vuestro último día en este mundo, pero seguro que todos aquellos que muráis en la próxima batalla iréis al cielo. Dios no se lo pensará dos veces. San Pedro se enorgullecerá de abriros las puertas. Ahora partid. Pensad en lo que os acabo de decir, y luchad hasta el último aliento, luchad por nuestra patria, luchad por Castilla. Matad a todos los enemigos que podáis, y no olvidéis nuestro lema.
         ¡QUE TODAS LAS CRUCES BLANCAS ROJAS DE SANGRE SE VUELVAN! -clamó todo el pueblo en un solo grito.
Después de lo cual continuamos la marcha. Pero antes, me retiro a meditar, a pensar en todo lo sucedido. Al cabo de un rato, cojo un pergamino y escribo estas palabras:
Mañana se va a luchar,
aunque quedemos un puño,
hasta el fin se combatirá.
Que nunca nos diga el pueblo
que nos echamos atrás,
si la suerte nos faltara
el valor no ha de faltar.

Al poco rato nos encontramos bajando por las cárcavas del camino. Al no haber luna en el cielo, no necesitamos ocultarnos; sin embargo, todo está oscuro, nos azota la borrasca y avanzamos con esfuerzo, pero con decisión. Por un momento el pánico vuelve a mí, al igual que en mi última pesadilla; mas no me dejo vencer. Éste no es el momento, vamos a ganar. Y viene a mi mente el sueño de la victoria, gracias al cual me siento mucho mejor, y continúo cabalgando por la explanada.
         Padilla.
         ¿Sí, Juan?
         La noticia de que nos hemos ido se ha difundido en el ejército imperial. Más de dos mil quinientos jinetes, y ocho mil infantes al menos. Nos siguen.
         ¿Sí, eh? Gracias Juan.
         No hay de qué, camarada.
Estoy un rato corto pensando, un minuto a lo sumo. Después proclamo:
         ¡Que redoblen los tambores,
los tambores desplegad,
que no piensen los reales
que vamos huyendo ya!


Me gustaría acampar en Vega de Valdetronco, pero mi vanguardia no oye las órdenes que les doy, así que debo esperar a Villalar.
Al poco rato aparece el pueblo. Por fin salimos de ese maldito lodazal. Llegamos hasta las casas, e instalamos allí las piezas, que empiezan a disparar. Ya vienen los imperiales, la batalla comienza ya. Todos nuestros hombres luchan con valentía, pero parte de nuestras piezas de artillería ha quedado en el lodo, y son demasiados... Al cabo, cogen a Maldonado y a sus hombres. Los siguientes son los míos, junto con todos los demás. Qué día tan trágico, ¿quién lo hubiera pensado?


Al despertar, me doy cuenta de que estoy encerrado. ¡Encerrado! No puedo aguantarlo más. A mi alrededor, luego de acostumbrarme a la oscuridad, no veo a nadie, tan solo tinieblas. Intento avanzar hacia la puerta y, ¡oh, desdicha! estoy encadenado a la pared. Me vuelvo y, siguiendo mis cadenas, llego al muro de piedra. El techo es alto y únicamente entra una luz tenue por una ventana a la que es imposible llegar. Siguiendo la gélida pared hasta donde mis ataduras me lo permiten, compruebo que no hay forma de salir y que estoy, como imaginaba, solo.

Durante el tiempo que estuve encerrado, tuve ocasión de reflexionar... ¿Cómo podía haber sucedido? ¿Qué había hecho mal, Dios? Recé. Tenía la impresión de que Él estaba conmigo, y al mismo tiempo estaba distante. Empecé a hablar conmigo mismo. A gritar, enfurecerme, intentar deshacerme de mis cadenas... pero no pude. Pensé entonces en la suerte de mis compañeros, y en la mía. Estaba claro que Carlos iba a cumplir con su palabra. Todo Villalar contemplaría nuestras cabezas por mucho tiempo, a no ser que... A mi mente llegó una esperanza. Es posible que tropas de otros lugares lleguen en nuestra ayuda. Y con este pensamiento en la cabeza me quedé dormido.


Al poco me despierta un ruido de puertas abriéndose y cerrándose. Al abrir los ojos contemplo que el sol ha salido y mi prisión se ha iluminado de luz. La celda es cuadrada; la ventana, de muy pequeñas dimensiones con un par de barrotes. Frente a mí se encuentra una puerta cerrada, sin ningún resquicio en ella. El sonido que me despertó se acerca, y al poco rato se oye el giro de una gran llave. ¿Serán amigos o enemigos? Enemigos. Al ver al carcelero con una pequeña sonrisa en la boca entiendo que mis esperanzas no eran más que eso, esperanzas. El hombre enjuto cierra la puerta tras de sí y me pone unas esposas en las manos, tras lo cual me desata las cadenas de mis pies. En cuanto tengo las piernas libres le doy una patada en su entrepierna. Mientras el carcelero retrocede de dolor, yo aprovecho el momento para quitarle las llaves del cinturón, quitarme las esposas, abrir la puerta lo más rápido posible y salir de allí.
El pasillo está vacío. Entre las sombras llego a una celda y la abro: mi amigo Juan Bravo corre a abrazarme al verme. Tras liberarlo de sus grilletes corremos sin hacer ruido hasta la siguiente celda, ocupada por Maldonado. Libres los tres, empezamos a buscar la salida. El tiempo apremia, pues los guardas pronto han de sospechar por la tardanza del carcelero quejumbroso. Seguimos hacia delante, pero no encontramos nada. Sólo nos queda escondernos. Entramos en una celda cualquiera, que por suerte ocupaba un seguidor comunero.
Al poco oímos pasos presurosos que van y vienen, puertas que se abren y que se cierran. Están registrando las celdas una a una. Pronto llegarán a la nuestra, así que intentamos escondernos al lado de la puerta, para que no nos vean al abrirla. El preso nos da su palabra de no decir palabra, al fin y al cabo está de nuestra parte. No sirvió de nada. Cuando entran en la estancia, la examinan de punta a punta y pronto nos descubren. Estamos perdidos. No hay escapatoria ya, así que no oponemos resistencia.

Ahora puedo ver a los lugareños de Villalar. Esperan amontonados en la plaza mayor, en silencio desde que salimos por la puerta de la cárcel del pueblo. Nadie dice nada, todos tienen miedo. Se oye lejos, muy lejos, un tambor de guerra que va marcando el ritmo de nuestros apesadumbrados pasos. La mañana es fría y silenciosa; sólo se escucha el sombrío tambor. Nos suben al patíbulo, donde nos espera el verdugo. Agarran a mi fiel Juan Bravo de los pelos y lo arrodillan con violencia frente al tronco. Cuando su mejilla toca la madera, un hombre en medio del público grita. Al momento un soldado va hacia él, se lo lleva aparte y lo hace callar.
Mientras, el verdugo alza su hacha y la deja caer con fuerza sobre el cuello de mi amigo. Su cabeza cae a las tablas con un golpe seco. Debo contenerme para no gritar. Yo era el siguiente. Antes de caer de rodillas alzo la voz:
-          ¡Libertad para Castilla!
Ni una lágrima rodó por mis mejillas cuando me vi allí, derrotado y humillado frente a quienes ayer me apoyaban y hoy me veían ajusticiado; ni cuando sentí el frío acero en mi cuello para preparar el golpe. Entonces sólo podía pensar en una cosa: ¡LIBERTAD PARA CASTILLA!

Muy amargamente lloró María Pacheco, mujer de Juan Padilla, cuando llegaron noticias de la batalla de Villalar a Toledo, de los pocos bastiones rebeldes que quedaban, donde ella esperaba. Quiso vengar su muerte y la de tan valerosos guerreros, y resistir cuanto fuera posible; mas pronto quedó claro que todo estaba perdido. Las villas fieles a los comuneros empezaron a rendirse, y así lo hizo finalmente Toledo. María murió años después exiliada en Portugal.
Y así acabó la revuelta comunera, un movimiento que cambió la historia de España para siempre, aunque de manera inversa a como sus cabecillas lo había planeado. El rey Carlos siguió siendo rey y se coronó emperador, la reina Juana la Loca siguió encerrada en Tordesillas hasta el fin de sus días, y los burgueses y campesinos quedaron sin fuerzas para volver a poner en jaque seriamente a la monarquía.

Puedes ver este relato recitado en mi canal de Youtube: https://youtu.be/LV8ya_Dg92w 






Castillo de Torrelobatón (Valladolid, España), bastión de los comuneros y actual Centro de Interpretación del Movimiento Comunero

La droga de Castelletto

Corso Italia, el paseo marítimo, estaba muy animado esa mañana. Ancianos paseantes, parejas de la mano, niños tirando de la manga de sus padres para que les compren un helado, corredores que no gustan de madrugar esquivando torpemente a los viandantes... El sol ya se había elevado, empequeñeciendo las sombras de los edificios coloreados de Boccadasse, donde locales y foráneos inmortalizaban la belleza de su pequeña playa. Más hacia allá, hacia esa línea de lejano horizonte, los más valientes y decididos se daban el primer baño diciendo a sus amigos en la orilla que se metieran con ellos para no sufrir ellos solos en el agua helada; otros, más deportistas, practicaban pádelsurf, alejándose tanto casi como los cruceros que empezaban a confundirse con las olas y el cielo. Bajo ellos, simpáticos delfines buceaban conteniendo la respiración.
    Ajeno a todo esto conducía Francesco, medio encogido en su Fiat Cinquecento rojo, canturreando la canción ganadora del festival de san Remo de ese año mientras sus rizos negros bailaban anárquicamente movidos por el viento. Colgando su zurda por la ventanilla, en la diestra que asía el volante sujetaba medio cigarrillo encendido. Iba distraído cuando se le plantó delante un señor que cruzaba por el paso de cebra.
- ¡Vaya con más cuidado, belin! - Le gritó después de dar un frenazo y tocar el claxon.
    Algo malhumorado siguió, más atento a la calzada, cuando un Mercedes negro con las lunas tintadas, que circulaba en sentido contrario, le dio las largas. Francesco, un poco mosqueado, se sorprendió cuando vio que el coche, dos veces más grande que el suyo, empezaba a aminorar la marcha. Él lo imitó y, cuando casi estaban puerta con puerta, el conductor del otro bajó su ventanilla. Era un anciano de pelo cano que le sonrió tras las gafas de sol.
- ¿Tienes un minuto? Quería hacerte una oferta.
   La curiosidad de Francesco, que se había quedado obnubilado por el brillo de la carrocería del Mercedes GLS y el de la dentadura del otro, como recién pulida por el mejor dentista de Génova, balbució una respuesta afirmativa mientras lo seguía apartándose a un lado. Aparcó tras él y salió al gesto de mano del extraño personaje. Al acercarse vio en su interior una elegante señora, que no había visto antes, vestida de domingo, y no pudo impedir que sus ojos bajaran hasta la esmeralda redonda que pendía en cadena dorada de su cuello.
- Si te interesa ganar 10.000 euros antes de la comida, sube. -No necesitó de más palabras para que el indeciso Francesco montara en el coche. Se acomodó en la parte trasera y atendió.
-Necesitamos tu ayuda -empezó el señor mientras retomaba la marcha-. Es una tarea sencilla pero peligrosa. Verás, nuestro hijo pequeño nunca ha trabajado nada. Siempre se aburrió mucho en las reuniones de administración de mis empresas, salía hasta el amanecer... Así que empezó a meterse donde no debía-. Tomaron la sopraelevata, una carretera elevada sobre las fábricas y los almacenes del puerto genovés, a la altura de las muchas gaviotas que esperaban la brisa que las alzara sobre el mar en busca de alimento-. Hace tiempo que tiene contactos con los narcos que abastecen a toda Italia. La mafia de Sicilia, la camorra de Campania... El último al que ha conocido es un excelente químico, ¿lo adivinas? - Calló por un momento, como esperando una respuesta de Francesco, tan absorto en el relato que al sentirse interpelado se le secó toda la boca y sus neuronas pasaron de circular velozmente por su cerebro a golpearse como si fueran coches de choque.- Sí, a mi mujer y a mí nos tiene agotados... Nos preocupa, sobre todo a ella, pero él se divierte ganando dinero así. Ahora su amigo le ha preparado una droga muy fuerte. Está disuelta en agua, y Filippo la tiene escondida en nuestra casa en una garrafa de seis litros. ¿Sabes cuándo baja hasta Roma? Mañana de madrugada. Pero, como podrás comprender, es incómodo cargar con un peso así por el centro de Génova.
    Francesco, cuya cabeza daba vueltas a la imagen de un viejo calvo con camisa de cuadros verdes y amarillos bajo una bata blanca llena de bolis y agujas que introducía una enorme jeringa en el líquido transparente de la garrafa, no acababa de comprender qué pintaba él en esta historia novelesca. Su mirada se perdía entre las contraventanas verdes de los edificios que pasaban a su lado, a una altura de diez metros sobre el suelo. Entre ellos nacían los vicoli, estrechos callejones donde el aire oprimido y la luz se estancaban.
- Y aquí es donde entras tú. Necesitamos que transportes la garrafa de un sitio a otro. Se llama hacer de mulero, ¿entiendes? Los detalles te los contará Filippo ahora en casa.
    Tras dejar atrás la gran fuente de la piazza Ferrari y el palazzo Ducale, subieron hacia la piazza Corvetto, atravesaron el túnel que sale de ésta y siguieron ascendiendo hasta la serpenteante corso Firenze. Frente a los señoriales portones verdes de los edificios, flanqueados por sólidas columnas dóricas de mármol, se veían las cubiertas grises de idénticos edificios, como enterrados o deprimidos a quince metros, y tras ellos se extendía la ciudad, con el puerto abrazando el mar de Liguria. Llegaron al fin a uno de los palazzi y entraron por su garaje.



    Filippo era un tipo joven, sobre los treinta años. Vestía una camisa veraniega y unas ojeras que caían como cascadas. En el momento en que sus padres entraron al salón seguidos de un sorprendido Francesco, estaba preparándose una raya de cocaína sobre el vidrio de la mesa.
- ¡Oh, ciao! Si me disculpas un momento...-cuando la hubo terminado, cogió un canuto, se lo metió en la nariz y se inclinó sobre ella. Tras aspirarla toda se recostó relajado en el sofá, tomó su negroni y dio un sorbo-. ¿Quieres un poco?
    Francesco no podía estar más desubicado. Tanto es así que, de haber insistido el otro, es probable que hubiera aceptado probar por vez primera esa droga en polvo. ¿Qué otra cosa se podía esperar de un hombre que había aceptado un tan extraño encargo, había subido al coche de dos perfectos desconocidos y había acabado en el salón de una casa ajena viendo cómo otro desconocido se drogaba con naturalidad delante de él? Por fortuna no fue así. Filippo dio otro sorbo a su cóctel y, con gran esfuerzo, se puso en pie.
- Mi nombre es Filippo, piacere -tras extenderle su mano y que el otro se la estrechara, espero un tiempo aún hasta decir:- ¿el tuyo...?
- Ah, sí, me llamo Francesco, encantado.
- Oh, Francesco, igual que un conocido mío -sacó un cigarro de una pitillera plateada que tenía sobre la mesa, lo encendió y tras dar una calada, añadió-: es un hijo de puta egoísta y traidor. Tú no serás así, ¿verdad?
- Yo... no, no, claro que no.
- Así me gusta. - Dio otro tiro al cigarro y se acercó a la ventana.- Hace un día perfecto, ¿verdad? Perfecto para hacer negocios. Supongo que mis padres te habrán contado tu papel en todo esto.
- Le hemos contado las líneas generales -respondió al fin el padre ante el silencio del otro.
- Bien... Mira. Mi colega Andrea es un buen químico, con la mente abierta. Siempre está en busca de sustancias nuevas y, sobre todo, que te hagan flipar como nunca. Ahora tiene una acojonante. ¿Sabes qué es lo mejor? -No esperaba ninguna respuesta, pero hizo una pequeña pausa para fumar el último tiro y apagar el cigarrillo.- Es líquida y transparente, o sea, se puede llevar disuelta en agua.- Lo observó un momento de arriba a abajo con una pizca de condescendencia-. Para distribuirla por toda Italia tenemos que colocarla en uno de los cruceros que recorren la costa italiana. No necesitas más información.- Se giró nuevamente hacia la ventana y consultó su reloj-. A las doce y media te estará esperando un coche negro con las lunas tintadas en la piazza delle Fontane Marose. Te montarás con la garrafa y bajarás más adelante para no levantar sospechas, en la estación Brignole.
Francesco, que había escuchado todo en pie sin saber dónde posar la mirada, temeroso, aceptó el vaso de agua que le ofreció la señora.
-Ah, y no hagas tonterías, ¿quieres? -terminó de un trago su copa, chasqueó la lengua y lo miró fríamente-. No te conviene.



    Cuando estaba a punto de salir por la puerta de la casa, una idea se alumbró en su cabeza, hasta entonces completamente en tinieblas, recordando las películas de acción que había visto en la tele.
- Pero ¿qué seguridad tengo de que me van a pagar?
- Oh, sí, el dinero, claro -Filippo se llevó el cigarro a la boca y cogió la billetera del bolsillo de su camisa hawaiana-. Toma, aquí tienes cien euros. El resto te lo darán en el coche. Que vaya bien, amigo -le dijo bajo el umbral mientras le tendía la mano.
    Bajó por las escaleras por no esperar el viejo ascensor recubierto de madera y salió. Junto al portón había un hombre corpulento con traje negro y gafas de sol discretas que se lo quedó mirando. ¿Eso que tenía en la oreja era un pinganillo?
   Siguió adelante caminando sobre los ladrillos del pavimento, la garrafa de la mano. Bajaba inmerso en sus pensamientos por esa calle no muy ancha pero con los edificios muy cercanos, las tapias llenas de vegetación y las piedras en el suelo. Hasta ese momento no había hecho más que dejarse llevar por los acontecimientos. Siempre turbado, ése era el primer momento que tenía para reflexionar, y su mente parecía un torbellino de preguntas que en lugar de a respuestas llevaban a más preguntas. ¿Cómo había acabado ahí? ¿De verdad necesitaba el dinero? Llegar a fin de mes era cada vez más complicado pero no vivía mal. De todas formas, ¿quién podía negarse a una oferta así?
    Llegó al fin a la Spianata di Castelletto. Los frondosos pinos cubrían con sus púas todos los rayos del sol cegador que rielaba en la superficie del mar, que se veía brillar a lo lejos, estrechado por la ciudad. Junto a él, algunas parejas comían los famosos helados de la zona, unos niños jugaban a la pelota, ancianos inmóviles escrutaban los tejados sobre los que volaban las gaviotas. Nada de todo esto vio un Francesco tenso, con la mirada fija en la caseta del ascensor que lo debía bajar al túnel peatonal. Había cola: una señora con bolsas de la compra, un padre y su hija... en los vidrios de colores, unos jóvenes se hacían fotos. Francesco empezaba a impacientarse. Ese ascensor siempre tardaba mucho en subir y bajar, y tal vez aquella vez no se estaba demorando más de lo normal, pero a él la espera se le hacía eterna. Cuando al fin se abrieron las puertas, entró rápidamente. Poco a poco la cabina empezó a llenarse de gente que parecía haber aparecido de la nada, que antes no estaba. Uno a uno se iban apelotonando, los bancos corridos se ocuparon todos y Francesco, que no se atrevía a soltar la garrafa en ningún momento, se vio rápidamente rodeado como una sardina en lata. Ya no entraba nadie más y las puertas seguían sin cerrarse. Respiró hondo, miró hacia arriba y cerró los ojos un instante. Cuando los volvió a abrir ya estaban bajando. El sudor corría por su frente. Podía sentir los alientos ajenos, calientes, a su alrededor. “¿Es que no vamos a llegar nunca?”
    Al abrirse las puertas, los primeros en salir tuvieron que esquivar a los que esperaban para subir. Libre al fin, Francesco enfiló la larga galería mirando el fondo luminoso. Allá al fondo estaba su destino. La temperatura era bastante más baja que en la cabina. Una sensación de agobio empezó a caer sobre él como una sombra. Tenía la impresión de no avanzar, de que la garrafa se hacía cada vez más pesada, de que la gente lo miraba extrañada. Esto último era posible, ya que en Italia no se comercializan las garrafas de agua. ¿Cómo podía ser tan estúpido? No había caído en eso. ¿Quién carga por la calle con una garrafa de seis litros de agua? Era sospechoso, muy sospechoso. ¿Y si le llamaban la atención? Francesco se llevó un susto enorme cuando vio a una mujer en uniforme azul, pero se calmó al rato al comprobar que era una vigilante de seguridad. De todas formas no se había repuesto de su nerviosismo. A cada paso que daba le latía más fuerte el corazón.
Por un momento pensó en huir. En dejar tirada la dichosa garrafa y salir corriendo. Sus ojos se movían frenéticamente de un sitio a otro, hasta que se cruzaron con una cámara de seguridad. No, no podía librarse. Seguro que lo estaban espiando y, si hacía cualquier movimiento en falso, aparecería cualquier esbirro del tal Filippo y le pegaría un tiro ahí mismo. ¿O tal vez exageraba? ¿Y si nadie lo estaba vigilando? Lo cierto es que era un riesgo muy grande como para comprobarlo.
    ¿Y si lo estaban engañando? ¿Cómo podían darle 10.000 euros por una simple garrafa? Era una cifra desorbitada para seis litros de líquido contenido en un plástico con asa. Tal vez era una broma de mal gusto que alguien le estaba gastando. Pero no, todo parecía demasiado serio, demasiado real. La boca del túnel se hacía más y más grande, una luz cegadora que se expandía frente a él, como una boca dispuesta a engullirlo.
    Cuando quiso darse cuenta estaba en medio de la acera resplandeciente, cegado por un fulgor blanco y aturdido por el ruido del tráfico frente a él. Un autobús naranja pasó ruidosamente dejando una nube negra. Se repuso y cruzó la calle.
  Llegó al fin a la plaza de recogida. La piazza delle Fontane Marose tiene forma ageométrica, alargada y con recovecos. Bajando de donde él venía, a su derecha estaba la parada del bus y el inicio de la famosa via Garibaldi, monumento de la Humanidad por la belleza de sus palacios. De frente, un complicado encuentro de calles, una de subida, otra de bajada y otra plana que lleva a la piazza De Ferrari. Por fin, a su izquierda, el aparcamiento en batería repleto de furgonetas y motos de espaldas a un palacio de frescos descoloridos y maltratados por el tiempo. Sus ojos buscaron nerviosamente un coche negro de lunas tintadas y, al no encontrarlo, la respiración empezó a acelerársele. ¿Dónde estaban? ¿Lo habían dejado solo en pleno centro de Génova con una garrafa llena de droga líquida? No era posible, lo que le pesaba colgado de sus dedos era demasiado valioso. ¿Sería una trampa? Miró a su alrededor en busca de policías, afortunadamente en vano. ¿Y si no había llegado a la hora? Consultó su reloj: las 12:32. No podían haberse ido por dos minutos de retraso. ¿Entonces por qué no estaban? ¿Sería una prueba? No podían haberse olvidado de él. Una sombra pasó por su cabeza en ese momento. ¿Y si la policía se había enterado y había detenido a los esbirros?
   Mientras su cabeza se llenaba de interrogantes, Francesco continuó andando por la plaza, mirando por todas partes. Pasado un pequeño camión que estaba descargando su mercancía se quedó paralizado frente al vehículo que estaba a su lado. A un gesto de los que lo ocupaban, trajeados igual que el hombre que lo observó a la salida del portal de Castelleto, montó en el coche.


   Nadie respondía al timbre. Llevaba cinco minutos llamando en vano. Por supuesto era ése el portal, lo recordaba perfectamente. Si miraba a un lado podía todavía imaginar la sombra del supuesto esbirro mirándolo a través de sus gafas de sol. En su bolsillo llevaba el cheque arrugado que le habían denegado en el banco, así como el billete falso que le dio Filippo. Un señor mayor se acercó al portón con un mazo de llaves en la mano.
- Disculpe, señor -empezó Francesco-, ¿sabe usted si hay alguien en la casa número cinco?
- ¿La cinco...? No, joven, allí no vive nadie.
- ¿Cómo que no vive nadie? Yo he estado allí la semana pasada, vivía un chico joven, Filippo se llamaba, debía ser hombre de dinero.
- Mmm...
- Era alto y delgado, muy blanco...
- Lo siento, amigo, pero en la cinco no vive nadie. Hace tiempo que es una casa de alquiler, vienen muchos turistas...
    La respiración de Francesco se cortó bruscamente.
- ¿Conoce usted al dueño de la casa?
- No, es de una inmobiliaria si no me equivoco. Lo siento - añadió mientras empujaba la puerta para entrar y dejaba al otro con la boca abierta tras de sí. El portazo resonó fuertemente en sus oídos y un grupo de pájaros alzó el vuelo desde un árbol, haciendo caer algunas de sus hojas. Se quedó mirando sin ver el portón verde frente a él, muy quieto, con la respiración contenida. En su vida se había sentido tan vacío.



Sintra bajo la noche

Bajaba trabajosamente de la cúspide del castillo moro cuando el sol se escondía en el océano Atlántico. Se había quedado sola contemplando la inmensidad desde la Torre Real. Lisboa no era visible, pero entre los altos árboles de Sintra se le aparecían pequeños palacios, castillos en miniatura, joyas arquitectónicas dispuestas en apariencia aleatoriamente, como caídas del cielo o traídas por el mar. Éste estaba mucho más lejos de lo que parecía, pero se intuía entre brumas saladas perfilado en el horizonte. Buscaba, mapa en mano, los extraños conos del Palacio Nacional que sobresalían del pueblo, el chalé Biester, la finca de la Regaleira… Pasó largo rato oteando, tratando de encontrar cuanto salía en la imagen de su plano, pero unas nieblas cubrían las vistas más lejanas. También se podía contemplar el Palacio da Pena (en español de la Peña, pues no se construyó con pena ninguna), con sus coloridas y fantásticas torres coronando el bosque.
            A medida que descendía por entre los pétreos escalones, la oscuridad se adueñaba rápidamente de su alrededor. Al principio bajaba tranquila, observando la puesta de sol a su izquierda, enmarcada por las almenas; mas cuando no quedó rastro del sol buscó en vano otros turistas. Entonces, a pesar de estar sobre el espeso bosque a pleno cielo abierto, le entró la claustrofobia, y empezó a trotar de escalón a escalón, impaciente, esperando encontrar abajo algún alma; y en efecto le pareció encontrarla, pero eso sucedió más adelante. Antes, mientras se lamentaba de su estupidez por no haber bajado antes, a punto estuvo de resbalar con las arenillas de la atalaya y tuvo que sujetarse a las almenas para no caer escaleras abajo. Cuanto más cerca estaba del centro del largo castillo, mayor era su nerviosismo. Temblaba, tenía frío y la noche volaba imparable hacia el océano.
            Cuando al fin llegó abajo, a la Plaza de Armas, le esperaba un largo camino frenético hasta encontrar una salida. Se hallaba perdida corriendo entre muralla y muralla, buscando desesperadamente la puerta, así que decidió parar y relajarse. Se sentó en una piedra que le dejó las posaderas heladas y pensó que sería mejor permanecer de pie. Puso los brazos en jarra, cerró los ojos y respiró profundamente. La fragancia de las flores provenientes de los jardines del rey portugués la serenó un poco, junto al canto sosegado de los grillos, y cuando se hubo calmado echó mano a su mapa del lugar. Se encontraba entre frondosos y enormes robles y castaños oscuros, rocas, lirios y grandes hortensias, cuyos vivos colores estaban teñidos de gris negrura. Buscaba en vano en el mapa, pues nunca tuvo buena orientación y no tenía referencia alguna de dónde estaba, cuando el grito de un cárabo le heló la sangre. Si hubiera visto al animal, atento con los ojos muy abiertos posado en una rama cercana, hubiera sentido una gran ternura y admiración; pero sólo le llegaba su estridente voz, que la inquietó de nuevo. Tiró el mapa al suelo y se echó las manos a la cara, maldiciendo en voz baja. Había callado la lechuza cuando su son llegó desde más cerca, y entonces gritó ella también. Tras su alarido, toda la vegetación en torno a ella pareció revolverse inquieta, y los árboles murmuraron entre sí con sus grandes ramas. Tenía los nervios a flor de piel. Empezó a dar patadas a la tierra y a las omnipresentes piedras bhasta hacerse daño y se tiró al suelo.
Tenía la cabeza metida entre las rodillas hasta que se calmó y miró hacia arriba. En lo alto de una atalaya creyó ver la tétrica figura de don Fernando II, el rey chiflado que construyó el Palacio de la Pena y del que había leído en la guía que gustaba sentarse a pintar en el borde del acantilado. Gritó aún más fuerte que antes y se refugió de nuevo entre sus piernas, apretándolas fuertemente con los brazos. Al cabo de un rato, temerosa, alzó la vista al lugar donde antes estaba el fantasma, que debía haber decidido darse un paseo pues ya no estaba allí. Por fin tomó una decisión: seguiría buscando hasta encontrar la salida. Ésta estaba, claro, bien protegida y separada del resto del castillo para mejorar su defensa.
            Las mismas tinieblas que le taparon antes la vista de cabos e islas lo llenaban todo, y ella pasaba una y otra vez por los mismos lugares por los que se paró curiosa de día, pero que ahora era incapaz de reconocer. Caminos serpenteantes, grupos rocosos, subidas y bajadas, almenas perfiladas en la noche…
            La tercera vez que pasó junto a las caballerizas, donde se encontraban los aseos, la tienda, la cafetería y las taquillas, siempre sin reparar en ellos, una música extraña la detuvo en el sitio. Aguzó el oído, pero ya no escuchó nada. Iba a retomar su incierta búsqueda cuando la música volvió a sonar, esta vez más clara. Era una música extraña, que llegaba en ecos lejanos y sugerentes. La turista quedó como hipnotizada por los acordes que la llevaban hacia unas escaleras. Ascendió por ellas hasta quedar frente a una puerta de madera, de la que no parecía salir la música, sino de más arriba. Ésta, que llegaba ya más nítidamente, era una especie de danza oriental antigua que, cuanto más escuchaba, más la embelesaba.
No se podría decir que decidiera abrir la puerta, simplemente lo hizo, y al hacerlo se encendieron apenas unas lámparas que no alcanzaban a iluminar toda la estancia. Era ésta un espacio oblongo cubierto con bóveda pétrea de cañón, con dos lucernarios en su centro. De la puerta nacían unos escalones, que no dudó en bajar. La tenue luz sólo mostraba una pasarela que salía hacia el centro, pero que no llegaba a ninguna parte. Imbuida como estaba por la danza, que sonaba ahora mucho más misteriosa y atrayente que nunca dentro de su cabeza, avanzó firmemente hacia lo desconocido, por esa pasarela cuyos soportes no se veían, que no tenía nada a su alrededor y que se situaba bajo los lucernarios, de los que por supuesto no entraba ni el más mínimo fulgor. Anduvo paso a paso, con calma y parsimonia, mirando siempre hacia adelante, hacia esa barandilla que iba y venía por ambos lados; mirando la sórdida pared frente a ella, si es que había pared tras la densa oscuridad. El final del pasadizo, que alcanzó tras interminable camino que para ella transcurrió como los caminos de un sueño, lo alcanzó al fin y paró ante el frío vidrio de la baranda. Allí miró hacia uno y otro lados, ambos igual de tenebrosos, y se volvió para ver los listones de madera que había pisado que llevaban hasta las escaleras por las que no recordaba haber bajado. Luego miró al techo, distinguiendo con dificultad las aberturas cónicas, y por último echó la vista hacia abajo. Lo que allí había eran argénteos reflejos en continuo movimiento, monedas lanzadas al agua cristalina que allí se guardaba. Seguir con los ojos estos oníricos movimientos, similares al rielar de la luna en el mar, la llenó de paz, hasta que descubrió un oscuro agujero. Fue entonces cuando la voz habló. Habló como salida de ese negro círculo, desde una profundidad que no se intuía. La voz masculina sonaba lejana, pero amplificada por los ecos de la bóveda.
Oía estas implorantes palabras en árabe cuando sintió algo en la espalda; algo frío, como una mano que se posaba en su hombro. Entonces despertó como de un profundo sueño, dio un brinco y salió corriendo a paso tan rápido como latidos daba su corazón. Jamás había sentido tanto pánico. Se creyó atrapada en ese subterráneo lugar, frío, sombrío, atraída como un insecto en las fauces de una flor carnívora. Siguió corriendo sin mirar por dónde iba hasta chocar con la puerta que con tanta ansiedad había buscado. Estaba cerrada, y no había rastro alguno de vigilantes ni personas. Echó un vistazo a su alrededor y se fijó en la luna de la cafetería. Luego se volvió hacia unas rocas y tuvo una idea.

Media hora tardaron en llegar al apartado castillo desde el pueblo a los pies del bosque los jefes de vigilancia. Media hora chillando irritante la alarma de seguridad. Media hora en que a punto estuvo nuestra protagonista de enloquecer. El mismo tiempo que tardaron en sacarla de allí y bajarla a Sintra. Al principio hablaron poco; mirando por los vidrios del coche, unos se avergonzaban de haber dejado encerrada a una visitante y la otra de haberse dejado encerrar. Pero con el tiempo se animó la conversación y salió el tema del rey moro.
-          ¿Han dicho rey moro?

-          Sí, ¿no le hablaron de él en la visita? Es un viejo conocido… Parece que vivió en el siglo XII. Murió violentamente en una revuelta. Sus hombres se amotinaron contra él y lo lanzaron al fondo de la Cisterna, el aljibe cuyas aguas nunca se secan. Allí debe seguir el buen hombre, pues dicen que de vez en cuando su alma en pena se lamenta amargamente, pidiendo sacra sepultura… - la mujer cayó desmayada - ¿Oiga? ¿Me oye?




Tesoro escondido

       Una mañana de domingo, después de salir y jugar al fútbol con sus amigos hasta el agotamiento el día anterior, Luisito se levantó tarde y bajó a desayunar. Desde las escaleras le llegaron las voces de sus padres.
-    Que no, y si digo que no es que no. No pienso llevar al niño a esa cárcel.
-         -¿Pero te quieres callar, mujer? Que a este paso se va a enterar todo Torrelobatón.
-         -¿Te crees que me importa a mí lo que piensen en este puto pueblo? Estoy harta, harta me tienes.
-         -No grites, que hay vecinos.
-         -¡A la mierda tú y los vecinos!
-         -¡Que te calles te he dicho, imbécil!
-         -¿Imbécil? ¿Tú me llamas imbécil? ¿Te has mirado en el espejo, guapo?
Luisito pasó por el salón, donde la pareja discutía, para llegar a la cocina. A su paso, los gritos pararon un momento. Luego, Papá se fue violentamente a trabajar, dando un portazo, y Mamá se arrastró donde su hijo esperaba para prepararle el desayuno.
-         -¿Por qué discutís, mamá?
-         -Tu padre, que es estúpido.
-         -¿Papá es estúpido? ¿Qué ha hecho?
Mamá se quedó mirando al infinito, de espaldas a Luis pues no quería que la viera llorar. Luisito, sin embargo, no probaba bocado y no dejaba de observar cada movimiento de Mamá.
-         -¿Qué ha hecho Papá?
Consciente al fin de que debía responder a su hijo, se enjugó las lágrimas y se encaró con su inocente mirada.
-         -Verás, Luis… Ya sabes que Papá trabaja todo el día y no vuelve hasta la hora de cenar. Ahora yo también tengo un pequeño trabajo por las mañanas y… termino más tarde que tú las clases. Así que… tu padre quiere llevarte al comedor del colegio -se detuvo un momento esperando una reacción-. ¿Qué te parece?
Luisito se quedó un momento pensativo y al fin preguntó:
-         -Entonces ¿no comeremos juntos, mamá?
-         -No, hijo…
-       -Bueno… -Una fugaz idea resplandeció en las claras pupilas de Luis, que dijo-: Entonces ¡puedo comer con Pedrito y Gabriel!
    Sí, claro que sí, Luis.
        ¡Genial!
-    ¿Seguro que quieres? –Mamá parecía sorprendida de algo tan sencillo como conversar con su hijo, que la escuchaba y daba su opinión sincera.
-         - Sí, seguro.

Ya era de noche cuando Papá volvió a casa. Al abrir la puerta, esta vez con más cuidado que la última vez que la cerró, llegó a su nariz el deseable olor de la cena cocinándose. En cuanto lo oyó llegar, Luisito corrió a darle un beso.
        Papá, mañana voy al comedor del colegio con Pedrito y Gabriel.
    ¿Ah, sí?
        Sí, me lo ha dicho mamá.
        ¿Y tú quieres ir? 
Sí. Siempre los veo irse en el autocar y quiero ir con ellos.
       ¡Éste es mi chico! –Papá alzó a Luisito por los aires, agarrándolo de las axilas y haciéndole subir y bajar, llenándole la cara de besos.
Las palabras de su hijo lo dejaron meditabundo. Se quitó el abrigo, dejó las llaves y la cartera y se acercó tímidamente a la cocina.
-   -Hola, cariño… -Mamá se dio la vuelta y esperó-. Verás, he estado pensando y… siento haberme puesto como me puse. No debimos discutir.
Sin más palabras, Mamá se acercó a Papá y se unieron en un solo abrazo. Ese día su hijo les había enseñado que escuchar al otro, valorarlo y comprender sus razones es un tesoro que vale más que todo el oro del mundo.