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Carta literaria

 

 

Querido lector,

¿alguna vez te ha pasado que, navegando por Internet, te has encontrado con un texto interesante (ya fuera una noticia, una entrada de un blog o una poesía) y has pensado «qué interesante, luego lo leo», y ese luego no llegó nunca? A mí me pasa continuamente, por más que intente impedirlo, y así es como mi navegador, tanto el del móvil como el del ordenador, está a rebosar de ventanas con textos que seguramente nunca leeré.

No sé a ti, pero a mí me resulta un poco frustrante, y es un signo de nuestra época: si alguien nos pregunta por el contenido de ese texto, tendremos una ligera noción de lo que trata (habremos leído el título, tal vez los mensajes destacados o «santos», como se llamaban antiguamente), y aun así no conoceremos el tema más que de una forma superficial. Así ocurre normalmente con todos los acontecimientos hoy día, pues tenemos la sensación de que pasan muchas cosas a nuestro alrededor, las modas o tendencias se suceden a un ritmo vertiginoso, pero sentimos que «no tenemos tiempo» para profundizar en nada de ello. De este modo, la famosa lectura en diagonal se ha convertido en la norma, lo que muchas veces favorece la desinformación.

Te haré otra pregunta. ¿Alguna vez has sentido que lo digital tiene «menos valor» que lo físico? ¿Que lo tangible te emociona más? No hablo ya de cosas tan evidentes como la diferencia entre asistir personalmente a un evento o verlo retransmitido en una pantalla, con los posibles fallos de conexión o interrupciones publicitarias. Si alguna vez has hecho un curso digital comprenderás de lo que hablo.

Te pondré otro ejemplo: la moda por los discos de vinilo. Para mucha gente, tener acceso ilimitado a todo tipo de música desde un dispositivo electrónico ha hecho que se pierda la magia de seleccionar un disco concreto, observar su portada y colocarlo en un tocadiscos para escucharlo.

¿Qué decir de la lectura? Por más que podamos descargar miles de libros en formato electrónico y leerlos en el ordenador, el móvil o la tableta, el hecho de estar conectados a Internet dificulta la lectura profunda, ya que en el momento menos pensado puede llegarnos una notificación que nos desconcentre. La cantidad de contenido que encontramos en línea es tan grande, la información que recibimos diariamente nos bombardea de una manera tan intensa, que el valor o las ideas de muchos textos se desvanece por completo.

Por paradójico que nos pueda resultar, lo electrónico ha perdido mucho valor de comunicación. Ya no se siente igual recibir un boletín electrónico o newsletter cuando nuestro buzón está atestado de correos promocionales, laborales o administrativos.

Por todo ello, se me ha ocurrido hacerte llegar mis letras de una nueva forma, o tal vez no tan nueva: una carta postal. ¿Cuándo fue la última vez que recogiste un sobre manuscrito del buzón? ¿Hace cuánto que no abres esa puertecilla con impaciencia, esperando la llegada de una carta especial? ¿Recuerdas la ilusión de tener entre tus manos la carta de un amigo? Al igual que escuchar música en discos de vinilo, no es comparable recibir un mensaje de chat o de correo con abrir la carta que esa persona ha escrito para ti, la ha metido en un sobre, sellado y llevado a un buzón.

¿Qué me dices? ¿Te gustaría recibir una carta mía al mes? Si te animas, te enviaré un resumen con novedades como ferias, presentaciones o ediciones de nuevos libros, así como un relato, un poema o algún texto de mi blog que tal vez no conozcas. Sólo te costará 3 euros, el precio de una jarra de cerveza, para cubrir los gastos de envío y darme un pequeño apoyo para seguir desarrollando mi pasión por la escritura.

Si estás interesado, te invito a rellenar este formulario o, si lo prefieres, mandarme un mensaje con tu dirección, y a principios del mes que viene te haré llegar tu carta literaria.

Enlace al formulario

Y, ahora, me despido de una manera bien epistolar.

Afectuosamente,

Sergio.


Progreso

El progreso hasta hoy ha sido tal que

nos permite una vida

que ya quisieran todos los poderosos antiguos.

Cuando tenemos sed,

no hay más que abrir el grifo y beber.

Cuando tenemos frío,

buenas son mantas, calefactores o calefacciones;

mientras que antaño casi todos dormían con frío.

Si la enfermedad nos aflige,

el conocimiento del cuerpo humano y la medicina,

así como los sistemas sanitarios,

tienen preparado un abanico de soluciones

completamente inimaginables para nuestros antepasados medievales,

quienes tenían prohibida incluso la disección.

La higiene, la vacunación general, los controles médicos...

todos ellos mantienen vidas que antiguamente no tendrían salvación.

En nuestra mesa puede haber

una variedad de comida y bebida que

haría envidiar al más rico sultán.

A nuestro alcance hay

decenas de miles de mundos encriptados

mediante ese gran invento, el alfabeto escrito, y que

los más poderosos reyes, como 

Carlomagno, eran incapaces de comprender;

también la literatura nos permite

formar un pensamiento crítico,

así como viajar

sin movernos de nuestro cuarto.

Mas, si de viajar se trata,

autovías, carreteras, caminos, puentes,

puertos y aeropuertos,

trenes, buses y aviones:

las combinaciones seguras y económicas son enormes;

tenemos documentales, tenemos libros.

¡Y pensar que hace dos siglos la mayoría tenía prohibido

mudarse!

¡Y cuánta gente no conoce aún el mar!

La extensión de las matemáticas es

otro gran logro que celebrar,

pues emperadores hubo que ni sumar supieron.

¿Qué decir de la música?

Tomar asiento y disfrutar

de un gran número de instrumentos coordinados,

como ningún poderoso patricio pudo jamás soñar.

Los museos atesoran obras que

pueden abrirnos la mente

y que sólo los ricos podían poseer.

Cualquier sistema postal imperial

es patético frente a la velocidad en que enviamos

y recibimos

los mensajes más absurdos,

las noticias más relevantes...

Las posibilidades son inmensas.

Jamás tuvimos tantas herramientas tan bien engrasadas,

ni la capacidad que tenemos para multiplicarlas,

expandirlas,

aprender a usarlas.

Mas no cabe únicamente mirar al pasado y

comparar con el presente;

debemos mirar al futuro.

Queda mucho por hacer, sí;

mucho que avanzar y,

sobre todo,

muchas vidas que transformar.

Y eso comienza

valorando lo que hasta hoy hemos conseguido.

Dos noches

La noche está serena e inspiradora.
Bajo su manto estrellado se esconden grillos,
ranas que croan a la luna,
una lechuza que chilla,
gatos y perros sueltos,
caracoles y caballos;
también las siluetas de viejos edificios, algunos ocupados,
casi todos abandonados;
y nosotros que contemplamos, mudos.
Vivir ese ambiente es un placer de pueblo.

Al día siguiente intento dormir de vuelta en la ciudad. Sé que no despertaré con el alboroto de los gorriones. Entre vuelta y vuelta en la cama, recuerdo la noche de ayer y pienso:

Anoche viví una noche normal.
Cómo las siento yo siempre, tras el crepúsculo en la urbe, es lo artificial,
y lo inhumano también.
Un silencio opresivo apenas turbado por
las voces de vecinos de pared.
Calma sonámbula.
¿Cómo pueden ser éstas dos noches tan
diferentes? Ni siquiera la oscuridad es igual.
Pero eso no tiene por qué ser así.
Pronto volveremos a reencontrarnos con la naturaleza,
con nosotros mismos;
acabaremos con la ciudad, las
aglomeraciones, el hacinamiento, la
desnaturalización.
Acabaremos con la alienación.
Romperemos las cadenas de la opresión y la
ideología,
desencadenando también todo nuestro potencial, al igual que
el que la naturaleza nos ofrece.
Y viviremos en paz, por fin, con nosotros mismos,
entre nosotros,
y gracias a nosotros.

Un nuevo mundo

Yo creo en un nuevo mundo;

un mundo distinto.

Creo en un mundo más humano,

sin guerras ni hambrunas,

sin estados ni fronteras.

Creo en un mundo en continuo progreso,

sin explotados ni explotadores;

un mundo menos mecánico pero

con más máquinas.

Creo en un mundo mejor,

un mundo rico y abundante,

donde el trabajo no sea impuesto por la necesidad económica,

sino la vital. Donde todos

se dediquen a cuanto les gusta; donde

toda actividad humana trabaje no por beneficio individual,

sino por el de la sociedad toda.

Creo en un mundo sin dinero y su perfidia,

sin presupuestos, sin despertador;

un mundo consciente, donde

todos seremos de verdad iguales y libres;

un mundo en comunidad, sin individualismo, sin egoísmo ni envidia,

pero con mucho arte.

Yo creo en un mundo en armonía consigo mismo,

entre humanidad y naturaleza.

Este mundo no sólo es posible sino necesario.

Y por él lucho.

Plutocracia

Desde la Revolución Francesa, el mando del poder y la forma de ejercerlo han variado poco para los que lo conservan; ha mejorado. Antes de ésta, el poder lo tenía la nobleza, que despreciaba incluso a la burguesía porque su riqueza provenía del trabajo. Los nobles preferían salir de cacería y disfrutar de las fiestas de la corte; eso los que se lo podían permitir, claro está; los que no sólo podían aparentar riqueza y pregonar su título. Cuando la burguesía triunfó, el poder se repartió más equitativamente (entre todos los ricos, quiero decir).

Lo más evolucionado de nuestra cultura no es la tecnología, la comunicación ni la técnica sino el refinamiento de la urdimbre del poder, los hilos finos y transparentes de quienes nos controlan, que saben jugar con nuestros sueños y aspiraciones para moldear su mensaje.
Todos sabemos que vivimos en una sociedad de consumo, pero muchos creen que puede haber igualdad y capitalismo. ¿Existe igualdad social sin igualdad económica? Poniendo un ejemplo sencillo, cuando alguien quiere comprar un producto debe elegir entre uno más caro y otro más barato (con posibles intermedios) en base a sus posibilidades económicas. ¿Existe igualdad cuando los puntos de partida son tan diversos? Si un corredor nace al lado de la meta y otro mucho más atrás, el último deberá correr mucho para poder alcanzar al primero. Así sucede con las condiciones de vida y la predeterminación social.

Se podría decir que la evolución de las democracias occidentales es la evolución de la conciencia social del pueblo. Cuando éste se sentía débil y desorganizado, los políticos y los empresarios gobernaban en su propio beneficio sin demasiado pudor; conforme creció la presión social, las protestas ciudadanas y los sindicatos, los gobiernos fueron concediendo derechos y libertades (esto último fue más controvertido, no todos veían compatible la libertad del pueblo con sus negocios, como nuestras sociedades demuestran abiertamente en la actualidad). Cuando la demanda social aumentaba, los políticos, que conocían el poder que el hambre daba a los desesperados, y temerosos de una revolución, concedían mayores derechos.
Cuando más aparecía el fantasma de la revolución en las pesadillas de los dirigentes fue cuando se esforzaron en inventar algo que pareciese mejor al pueblo sin perjudicar sus negocios. Así nació en Inglaterra, tras la Segunda Guerra Mundial, el estado del bienestar. Tan preocupados estaban por entonces que tomaron medidas que hoy día serían tachadas de comunistas, bolivarianas, sangrientamente antiguas: se nacionalizó la banca, la minería, la electricidad.

Por lo tanto, podemos decir que el estado del bienestar es un biznieto del despotismo ilustrado, en que el rey regalaba a su hambrienta población fuentes y paseos arbolados para calmar sus ímpetus. Está claro que no lo consiguió, pues el pueblo se levantó en armas junto a la burguesía, así que el modelo hubo de cambiar.

Sin embargo, cuando el pueblo se relaja, también lo hacen las políticas. Y en ese momento es en el que nos encontramos ahora. La gran obra del capitalismo occidental, el estado de bienestar, está en peligro. Muchos reaccionarios aborrecen todo lo que parezca de color rojo, y un estado intervencionista les suena casi soviético (a pesar de que este modelo ha sobrevivido con mucho a la URSS).

Si verdaderamente el estado comunista fuese ese gran opresor que busca la servidumbre del pueblo, hacer a todos iguales para controlarlos, doblegarlos y privarlos de libertad, ya lo habrían implantado todos los poderosos en sus países, pues sería su paraíso. Sin embargo, no lo han hecho. Y no lo han hecho no por convicción, sino porque saben que es falso: el comunismo eliminaría sus privilegios de clase y nos haría a todos iguales, sí, pero en el reparto de la riqueza. De hecho, eso que critican al comunismo es precisamente lo que ellos pretenden hacer en todo el mundo: doblegarnos a sus intereses. La globalización, los medios de comunicación, las multinacionales... Todos ellos nos quieren iguales: los mismos gustos (regidos además por la moda, no por una convicción firme), haciendo las mismas cosas (con los aparatos que nos venden)
¿Por qué surgió el fascismo? Para combatir el comunismo, en auge en los años treinta del siglo pasado tras el triunfo de la revolución en Rusia. ¿Y las libertades? Tenemos libertades, ¿no? Nosotros tal vez, pero si se llaman multinacionales es por algo: sus tentáculos se extienden por el primer, el segundo y el tercer mundo, burlando las leyes del primero y violando los derechos humanos en los demás.

¿Qué lección podemos sacar de la Historia? Esa materia tan desestimada, aburrida para algunos, tan absolutamente necesaria. "Senza memoria non c'è futuro" se dice, y es cierto. Estos días de laxitud democrática y social se deben al desconocimiento de la Historia y de su potencial de futuro. El resurgimiento de la ultraderecha en Europa, del que nadie se preocupaba en España porque no se veía, es evidente estos días en las calles. ¿Por qué "Arriba España" y "Viva Franco"? Porque desconocen la Historia, no tienen ni idea de lo que significó lo que pregonan. ¿Por qué tanto recorte en financiación, educación, sanidad, justicia, libertad? Porque no hemos aprendido, nos hemos relajado. La utopía es pensar que la burguesía va a regalarnos nada.

Somos esclavos de los móviles, del tráfico, de los anuncios, de las modas; somos esclavos de la comida, de los bancos (que nos controlan), del sistema político, de las redes sociales, de los medios de comunicación, del ordenador, la televisión;
somos esclavos del miedo, las farmacéuticas, los supermercados, somos esclavos de la desinformación, la falta de pedagogía, la depredación de los más fuertes;
esclavos de las religiones y su moral, de los prejuicios, esclavos del ministerio de Hacienda;
una frase hermosa: esclavos del capital;
esclavos de nuestra autoestima;
pero sobre todo somos esclavos del miedo que nos infunden desde que nacemos.
Nos infunden miedo contra los criminales, que son precisamente la basura, los residuos de su sistema. Nos infunden miedo contra la movilización (puede suponer un coste, a veces incluso cárcel), miedo contra nosotros mismos, miedo contra la revolución (porque son ellos quienes la temen); nos infunden aburrimiento hacia las humanidades, pasión por los deportes, desinformación constante.


Contra todo ello, pensamiento crítico. Cultura.

Viaje a País Vasco II: Bilbao y Aránzazu

Nos vamos a Bilbao. Al cielo gris ascienden negras chimeneas, salidas de grandes industrias que aparecen entre el verde, a los lados de la carretera. Junto a ésta aparece un desvío en obras, una lengua de asfalto que acaba en el vacío de un viaducto por hacer. No es la primera obra en infraestructuras que observo. Se ve un dinamismo inusitado, tanto económico como industrial como cultural. No puedo dejar de compararlo con Castilla, donde hace décadas esperamos una autovía a León y otra del Duero, a Soria. ¿Será por no tener nacionalismos en nuestro gobierno? Por oportunidades de "amiguismo" no será: un presidente leonés y otro del mismo partido que el presidente de la Junta, de mucho peso en esa formación; pero las autovías no llegan. Como tampoco llegan otras muchas inversiones necesarias, al tiempo que en Cataluña aparece nuestro presidente rodeado de empresarios catalanes asegurando no sé cuántos miles de millones de euros para trenes de cercanías, corredores mediterráneos, etcétera. De este caso me llama la atención que se hable en los medios de voluntad de diálogo con los independentistas cuando más parece soborno. El presidente elude su responsabilidad de dialogar cara a cara con los catalanes, atender su demanda principal de todos conocida, y en lugar de (en una metáfora que le gustará) coger el toro por los cuernos, observa la lidia desde la talanquera.

Una vez en la capital, saludados por los rascacielos, vamos directamente al lugar por el que nos han traído: el Guggenheim. Había visto anunciada la exposición de expresionismo abstracto y no me la quería perder. Además de ésa y otras fascinantes exposiciones, recorrí el edificio todo, con la audioguía de la mano y gran prisa, como durante todo el viaje. Dos horas me dieron de tiempo, y en dos horas conseguí verlo todo, a menudo corriendo; fue el caso de las esculturas de Richard Serra, que me maravillaron sobremanera, recorriendo su ondulada geometría de cobre, dando vueltas y más vueltas mientras a mi lado se retorcían las enormes paredes.
Pasado el plazo impuesto volví con mi madre y los primos. Tras dar un par de vueltas se me permitió pasear por el centro de Bilbao (quien dice pasear dice andar corriendo como personajes ilustres tales como Mariano Rajoy o Luis Bárcenas, que da gusto verlo agotar a periodistas jadeantes). No tuve tiempo de entrar en ningún sitio ni de mirar detalles: media hora de plazo para ir desde el Guggenheim hasta el centro y volver.
Me llama mucho la atención que la mayoría de las ciudades vascas (su centro histórico) tienen un trazado regular y unas plazas y una arquitectura del siglo XVIII. No así en Pamplona, Navarra, donde el trazado es medieval y las calles sucesivas cercas por las que, con según qué niveles de alcohol en sangre, no es difícil perderse.
Poco más hay que contar, pues después de esto comimos y nos volvimos: una mañana para una ciudad tan principal. Está claro que debo volver, pues dejé pendiente una cita con un amigo, varios museos, el teatro Arriaga...

La prima llevaba un disco con música vasca en el coche (aunque he de reconocer que me pareció ruso o algo por el estilo hasta que oí "euskal erria"). De igual modo me sorprendieron las muchas bocas, calientes por la sidra, cantando canciones populares vascas. ¿Alguien ha oído jotas en algún coche por aquí? Cualquiera pensaría de él que es un desgraciado o antiguo, un carca o qué sé yo; pero es lo nuestro, por mucho que le demos la espalda. Debemos saber valorarlo. Aparte de los niños que las bailan como actividad extraescolar, poco más movimiento hay en este sentido (reconozco que he buscado jotas en youtube y ha sido un desastre: grabaciones malísimas, sólo ancianas cantando, pero aun así suena bien; no es ópera, pero...).

El siguiente viaje fue el último antes de volver, y de hecho el primo nos acompañó de camino a Valladolid sólo para indicarnos cómo llegar a Aránzazu. Se trata de un pueblo de montaña con impresionantes vistas sobre un valle y alrededores; pero si fuimos allí fue por el santuario, claro. Me impresionó, las cosas como son. Mientras mi madre y el primo tomaban un café, yo tomaba rápidos bosquejos de la moderna basílica, al tiempo que se oía desde el exterior la característica melodía del campanario. Así, solo como estaba, recorrí el templo por todos los sitios, recorrí el deambulatorio, tomé fotos y dibujos y cuando me hube cansado me fui. Se trató de toda una experiencia arquitectónica, al decir de los entendidos y algo pedantes críticos de la arquitectura.


¿Qué decir de la gastronomía? He tenido que esperar a venir al País Vasco para probar y que me guste el bacalao y las anchoas. Entre las visitas culinarias fuimos a una especial; se trata de una sidrería cercana a San Sebastián. Los primos nos contaron que las sidras son caseras, y que antes la gente llevaba su comida y probaba las sidras recién sacadas de la manzana. Hoy se come allí, bebiendo a libertad de cada una de las barricas enormes, cada una de un sabor. El ambiente era muy bueno, acogedor, y la comida mejor aún: bacalao, tortilla de bacalao y filetes de ternera de dos dedos de ancho. La sidra calentó las gargantas de un grupo de nacionalistas, que alzó la voz con canciones tradicionales en vasco; en este idioma, por cierto, estaban escritos todos los carteles del lugar, con lo cual me sentí en parte desplazado lingüísticamente.


Puestos a hablar de temas controvertidos daré un apunte: por lo general el vasco convivía con tranquilidad con el español, pero el episodio de los baños (komunak) en la sidrería (no era lugar público, menos mal) no fue agradable. A mí me gusta siempre aprender, y con alguna palabra vascuence me he quedado, pero que se use únicamente me parece muy privativo, excluyente y antidemocrático; pues, aunque haya quien hable de "lenguas propias", las lenguas propias del País Vasco son el vasco y el español, las dos.



Ondas.
Ondas gigantes, terribles,
inabarcables, ineluctables,
ondas infinitas, una
tras otra,
una tras
otra;
soldados de un mortífero ejército,
ondas fieras,
rodillos que apisonan la superficie
inmensa,
arcos que tiran espuma,
espuma de animal rabioso,
furibundo,
apabullante.
Cachones burbujeantes,
filos rutilantes de
rocas.
Uno tras
otro, uno tras
otro...






Museo Guggenheim













El teatro Arriaga, así llamado por el gran compositor español que llamaron "el Mozart español". Lástima que muriera tan joven.



La Catedral.











Santuario de Aránzazu.











La sidrería.





































Idiazábal.



Viaje a País Vasco I: Briviesca, San Sebastián

El viaje tanto tiempo esperado llegó al fin. El camino fue variado, salteado de antiguas torres de comunicaciones (el precedente del telégrafo), con una parada en Briviesca, "la bien trazada", por iniciativa mía, pues había leído bastante sobre la villa y su conjunto histórico. La famosa plaza estaba casi toda en obras, y la mitad de los edificios cerrados, pero entramos en la iglesia de la plaza, el claustro del monasterio de santa Clara, vimos el famoso retablo de madera de su iglesia y tomamos algo en una cantina. Cuanto vimos lo aprovechamos.
Tras dejar en lo alto la campana de Pancorbo, nuestro viaje continuó tranquilo y soleado hasta Alsasua, momento en que el cielo se cubrió por ese día y parte del siguiente, con chirimiri incluido.

Idiazábal es un pequeño pueblo rodeado de montes con caseríos y ovejas, y en el interior su iglesia y su frontón. Allí nos esperaban los primos de mi madre, que lo primero que hicieron fue comprarnos un queso (maravilloso, por cierto).
El resto de los días, los primos nos acogieron en su casa, nos llevaron y trajeron con su coche según lo que querían enseñarnos y lo que queríamos nosotros ver, y nos metieron en bares, restaurantes, heladerías y cafés.

     Ese día dimos un paseo nocturno al pie de la bahía. Tal vez el mejor momento fue visitar el peine de los vientos. El mar enfurecido rugía contra las rocas, entrando por la escultura con ruidos de bóvedas. Las olas, nuestras compañeras salinas en medio de la soledad, rompían contra las oscuras rocas. A pesar de esta lucha constante entre el agua y la tierra, se respiraba tranquilidad.

     Una época se ha apolillado sobre el monte Igueldo, petrificada por el volcán de nostalgias e imágenes ilusorias: un parque de atracciones centenario al que ascendimos con un funicular, que era como un tren inclinado. Todo allí parecía (recalco la palabra parecía) no haberse cambiado en cien años; ni siquiera las labores de limpieza parecían haberse practicado. Es un parque que de tan precoz en su ideación es hoy infantil, aunque no fuera la intención primera.
     Aparte de lo curioso del parque, lo más impresionante eran las vistas sobre la bahía donostiarra: el sol, estrangulado por las nubes, no aparecía por ninguna parte; imagino que estaría oculto tras ellas. De sólo mirar el mar se lo oía, bravo, azotando la isla de Santa Clara. Las gaviotas gritaban y los niños volaban.
     La vista me produjo profunda paz, mas los primos querían enseñarnos muchas cosas; con prisa no se disfrutan igual los paisajes, pero no siempre podemos elegir los tiempos.

  Nuestra visita se extendió por toda la ciudad, topándonos junto a la plaza de la Constitución con un grupo de gente cantando en vascuence; según nos contaron los primos, se reúnen cada tiempo para alzar la voz. Esa plaza (cuyos balcones numerados hablan de corridas de toros) debió ser escenario de movilizaciones contra ETA; en lugar de eso, yo vi una plaza parada en el tiempo, con turistas comiendo helado y niños jugando.

     El Real club náutico, el casco viejo, la iglesia de san Vicente... Tras tanta visita, mi madre estaba cansada y los primos la llevaron a casa para descansar, dejándome solo. Así que decidí hacer algo que acompañado hubiera sido más complicado: subir al monte Urgull antes de que atardeciese.


El canto variado de los pájaros se confunde con el continuo rumor de la violencia marina y voces lejanas. Inexpugnable se presentaba el castillo, sobre el monte (sobre todo tras las panzadas de los últimos días, nos hemos hartado a comer).

La pantalla cristalina de agua arremetía continuamente contra la ovalada playa, tras la que se extiende dan Sebastián y, al fondo, montañas verdes escondidas entre la bruma. Al otro lado, el sol que no había aparecido en todo el día se alzaba sobre el monte Igueldo, como un faro resplandeciente que doraba el cielo. Suenan las siete y campanas de todas las iglesias se alternan para anunciarlo.
Tras los feos bloques que miran al mar callejea una ciudad viva y llena de riqueza, cultura y sabor.
Después recorrer muchos rincones del parque, me detengo en uno. Es un mirador apartado, orientado al norte hacia el mar, que queda enmarcado por una barandilla curva como la proa de un barco. El sol ha caído ya, y el frío llega a golpes de viento.
Contemplo el mar. Ese mar al que tantos marineros se enfrentaron con sus veleros y redes, el mismo que llevó a tantos al Nuevo Mundo en busca de oportunidades que aquí no encontraban. Ahora son los americanos los que vienen a nuestro país: conocido es que a la diosa Fortuna siempre le gustó jugar.
Se hizo tarde, por lo que bajé de mi atalaya y aún me dio tiempo a visitar la catedral neogótica del Buen pastor antes de coger el autobús. Estaban en misa nocturna, por lo que me senté en una de las últimas bancas y contemplé las bóvedas nervadas y los retablos, con la voz de fondo del párroco, que me daba tranquilidad. Creo que es conocido mi ateísmo, pero aun así oír hablar al presbítero de historias bíblicas (conocidas por mí o no) y su sermón llevado a su terreno me parece a la vez interesante o curioso y calmante. Lo mismo me pasó en la iglesia templaria de san Marcos en Salamanca, pero no en la catedral de Plasencia, en Semana Santa, con la iglesia llena de gente vestida de domingo; allí me sentí incómodo, pues ni siquiera podíamos entrar si no era a rezar y, claro está, ni sé palabra del credo ni pienso aprenderlo.

En San Sebastián tuve además ocasión de entrar en el museo de San Telmo. Es de los que me gusta a mí, con un convento antiguo y un edificio moderno para acoger exposiciones cronológicas de pintura y escultura, fotos antiguas de la ciudad, arte moderno... de lo más variado. De las exposiciones que más me hicieron reflexionar fueron las de la Guerra Civil y la de la historia del pueblo vasco, desde los aperos tradicionales hasta la actualidad, pasando por la Revolución Industrial. Como en todo el viaje, debí visitar las salas con prisa, pues los primos y mi madre esperaban tomando un café afuera. Gran rehabilitación y bella exposición.

Aquí acaba la primera parte del relato de este viaje a País Vasco, sobre San Sebastián, ciudad abierta y polifacética: tolerante, activa, turística... En la siguiente, hablamos de las visitas a Bilbao y Aránzazu.
Viaje a País Vasco II


Briviesca. Monasterio de santa Clara.



















Iglesia de san Martín.








Excolegiata de santa María la mayor.


Puerto de Pancorbo.


Vagón en Miranda de Ebro.


Peine de los vientos, Eduardo Chillida y Luis Peña Ganchegi.



Subida al monte Igueldo.












Plaza de la Constitución.



Museo de san Telmo.








Real club náutico con el ayuntamiento reflejado.


Plaza de Guipúzcoa.



Iglesia de san Vicente, al fondo.




Subida al monte Urgull.



















Catedral del Buen pastor.