Levitación

   A sus oídos llegaba el fresco romper de las olas. El suave viento se colaba inquieto en la habitación por entre las cortinas. Un extraño fulgor helado iluminaba la estancia, una luminosidad azul... Se oían tristes las notas de un piano, lejanas. No podían dejar de mirarse el uno al otro, con sorpresa, con familiaridad, con frialdad. Había perdido la noción del tiempo, pero daba igual. Aunque todo estaba oscuras, podía verla perfectamente, tal y como la había imaginado desde que se fue para no volver. La luna oteaba desde lo alto, no quería perderse ni un movimiento, ni una mirada. Olor a jazmín. Se observaban desde la distancia, con una extraña sensación de incertidumbre, y a la vez levitando, como si entre las nubes se encontrasen. Las luces y las sombras jugaban en ellos, caprichosas, cual ninfas bañándose en las frondosas profundidades de un bosque.
   No encontraba palabras para explicar sus sentimientos, que eran muchos y a la vez muy intensos. Inesperado llegó el sol, también interesado en lo que ocurría en la antigua y solitaria habitación de mármol en las paredes y óleos en los suelos. Con sus alargados dedos dorados nacieron sentimientos nuevos. El calor invadió su corazón. Ahora podía verla mejor. Entonces, tras hundirse desesperado en su mirada de catarata como un suicida en una azotea, comprendió.

- Te he echado de menos.-Consiguió decir al fin. Ella no dijo nada, sólo le tendió una mano. Y él no vaciló en juntarse con ella para no soltarla... jamás.


Lluvia

La violenta tormenta nos
 sorprendió riendo.
Corríamos juntos,
tú por delante,
yo persiguiendo tu falda.
Al fin te alcancé y
atraje tu cintura hacia mí.
Besos calientes,
caricias húmedas.
Parecía que el tiempo
no pasara
y ya había anochecido.
Era septiembre pero
nos parecía primavera.
Quizá no importa
la época
Quizá no importa
el lugar
Quizá contigo
siempre sea primavera
siempre esté en flor
en mi interior.
Quizá tú
y sólo tú
sacas de mí
lo mejor.
Quizá tú
seas lo mejor
para mí.

La fiesta

                Los vapores del alcohol que antes tenía su cabeza se habían disipado. No sabía cómo había sido capaz de hacerlo. ¿En qué se había convertido? Pero lo había hecho y ya era imposible cambiarlo. Sólo quería correr, correr y no volver nunca más. Hacía frío esa madrugada en que las sombras parecían ocultar lo más oscuro de su alma. No pensaba en nada, pero ¿cómo había sido capaz de hacerlo...?

                Al mostrarse la Aurora temprana de dedos de rosa, el criminal paseaba por las desérticas calles, un torbellino de locura en su cabeza. De vez en cuando se preguntaba qué lo llevó a hacerlo, en el peligro que corría, en su suerte... Pensaba en su padre, allá en el cielo. ¿Qué pensaría de él después de esto? En tan sórdidos pensamientos se hallaba cuando una visión vino a ponerlo alerta: un coche de policía pasaba por allí. El vil tuvo el tiempo suficiente para esconderse en una esquina y pasar inadvertido. Cuando su corazón se hubo calmado un poco, retomó su camino hacia ninguna parte. Zascandileó por la ciudad que poco a poco iba despertándose y llenándose de vida, aún perezosa, ante su mirada perdida.
                Todavía no sabía por qué hizo aquello... Pero ¿qué era aquello? Tenía lagunas, las imágenes que recordaba eran difusas... Recordó la fiesta; recordó a los invitados; recordó el tabaco, la mezcla de bebidas... la cara horrorizada de su mejor amigo...los gritos... Un disparo, dos... sangre... Recordó la ventana abierta y la inmensidad de la noche... los pasos que bajaban presurosos las escaleras, la caída...
                Entró en un bar y pidió un café solo mientras ojeaba la prensa. Nada. Estaba intranquilo, nervioso. Se sentó en la parte más oscura del bar mientras reorganizaba sus pensamientos. Entonces lo recordó todo. Su mujer, su mejor amigo, los celos que comían sus entrañas... y la pistola en aquel cajón. Dejó unas monedas en la mesa y se precipitó fuera de aquel antro, alejándose de todo. Buscó un taxi y ordenó al conductor que lo llevase a un pueblo cualquiera. Reflexionó sobre la velada anterior mientras contemplaba pasar las formas del paisaje. Cuando llegó a su destino, pagó y se apeó del coche. ¿Qué diablos hacía allí? Fue a dar un paseo mientras recuperaba el control sobre sí mismo. Después entró en la iglesia del pueblo y contempló el dorado retablo. Mecánicamente se santiguó y entró en el confesionario guiado por su conciencia. Estaba vacío.

                Al día siguiente volvió a la ciudad. Su rostro aparecía en todas las portadas. Aún no sabía bien lo que estaba haciendo mientras paseaba cuando fue a la comisaría.

Otoño

Ya las sacudidas
del viento
hacen caer de lo alto
las doradas hojas.

Ya las filas
de niños
corren impacientes
por entrar en clase.

Ya el camino
del sol
se acorta
y el frío empieza.

Ya la ciudad
de vida
se vuelve a llenar
tras el estío.

Y mientras las sombras
ganan las calles
contemplo las hojas caer
los niños correr
el sol se poner
y la vida volver.

Entre lobos (2011)

            Todo iba sobre ruedas. Mi abuelo, nacido en Casasola de Arión, Valladolid, viajaba por la carretera que unía Pinito de… con Alcañices para dormir allí, como solía hacer.
            En el primer pueblo, el cliente del día le había hecho esperar mucho tiempo hasta que pudo verlo, y venderle unas máquinas aventadoras. Por aquel entonces, mi abuelo se ganaba la vida vendiendo maquinaria agrícola por toda España.
De esto hace unos cuarenta o cuarenta y cinco años. Alcañices es un pueblo que hace frontera con Portugal, y que en aquella época, en palabras del protagonista, era un pueblo importante pero bastante atrasado.
Hacía mucho calor ese día de verano. El sol había caído ya, y la oscuridad era absoluta, excepto por una reluciente luna llena que brillaba en el firmamento acompañada de varias estrellas que poco a poco iban apareciendo.
No había ni una sola nube.
El coche de mi abuelo era entonces un  Renault f4, con matrícula VA- 15…
No había ningún problema. El día siguiente volvería a casa, donde lo esperaban su esposa y sus hijos.
La carretera era estrecha, muy empinada, y llena de baches, y al coche le costaba lo indecible subir.
La carretera iba a dar a la general que unía varios pueblos. Estaba asfaltada y bien señalizada, todo un lujo.
Era medianoche. Hacía calor, muchísimo calor. Varios árboles al fondo y por todas las montañas cubrían el paisaje, y la maleza rodeaba la carretera.
Era un viaje incómodo, la carretera era muy mala.
La mala fortuna quiso que en uno de los numerosos baches, una rueda reventara.
Quedaban alrededor de ciento cincuenta metros para llegar a la carretera general.
Un abrumador silencio lo acompañaba. Cuando prestó atención, escuchó el sonido de la naturaleza: los grillos, las lechuzas, los lobos…
Era ésta una zona llena de lobos y jabalíes.
Mi abuelo tenía miedo, mucho miedo.
Lo primero que hizo fue maldecir su suerte. Estaba allí tirado, solo.
Cuando se hubo calmado y puso en orden sus pensamientos, salió del coche con una linterna, y vio en qué estado se encontraba la rueda trasera derecha.
No podía irse de allí y abandonar el coche. Además, Alcañices estaba aún a unos siete kilómetros.
Mientras tanto, podía oír cómo los lobos cruzaban la carretera de un lado a otro, algunas veces muy cerca de él. Tal vez demasiado cerca.
No había luz suficiente como para verlos. Para no llamar la atención había apagado las luces, pero él sabía que estaban ahí, escondiéndose entre la maleza, rodeando su coche para cruzar la carretera, e incluso observándolo, como queriendo entender qué hacía él allí.
Viendo la situación, mi abuelo se metió de nuevo en el coche, con la intención de pasar allí el resto de la noche. Reflexionó. En ese momento, no estaba muy seguro de lo que iba a hacer. Pensó en su familia, en sus hijos, en su esposa.
En esos momentos de soledad absoluta con uno mismo (sin contar con los lobos, que seguían cruzando por la carretera), el tiempo transcurre demasiado lentamente.
Mi abuelo intentó pensar en otra cosa. El ruido que hacían los lobos podría volverle loco. Y él no quería eso, claro.
Pero por mucho que lo intentase, no podía apartar de su mente ese pensamiento…, ese presentimiento de que algo malo, macabro, se cernía sobre él.
Y mientras tanto, los lobos seguían pasando a su lado.
Una vez creyó ver varios ojos brillantes mirándolo. Luego, cerró los suyos; y al volver a abrirlos, lo comprobó. Le observaban atenta y fijamente.
En estas, mi abuelo oyó claramente el aullido de un lobo en las inmensidades de la insondable oscuridad, como llamando a quién sabe qué, que le heló la sangre.
Al final, se decidió a intentarlo. Salió del coche, y alumbró la rueda mientras trataba de quitar las tuercas para cambiarla y poner la de repuesto.
Pero por más que insistió, no lo consiguió.
Finalmente desistió, y se metió de nuevo en el coche. Cerró las puertas, pensando que allí dentro estaría seguro. Ningún lobo lo podría comer.
Y así transcurrió alrededor de una hora, hora y media.
Mi abuelo no solía fumar, no era lo suyo. Pero en este caso hizo una excepción, y vació su tabaquera.
Cuando se hubo acabado todos los cigarros, alumbró con la linterna la rueda.
Hacía calor, mucho calor. Y mi abuelo podía sentirlos. Sí, estaban ahí, y tal vez con hambre.
Y entonces lo supo. Se acercaban. Podía sentir su presencia, oír sus acompasadas respiraciones.
Lo único que en ese momento se le ocurrió hacer fue hablar en voz alta. No se había vuelto loco, no tenía que recordar o memorizar nada, no rezaba sus oraciones.
Lo que él hacía era imitar el sonido de varias voces, para engañar a los lobos, y hacerles pensar que no estaba solo.
Al principio, pareció que la idea funcionaba. Los lobos retrocedieron unos pasos. Pero conforme iba pasando el tiempo, iban acercándose poco a poco, sin que sus patas hicieran ruido.
Ya casi estaban encima de él y del coche. Mi abuelo pasó de pensar lo más rápidamente que podía, a dejar la mente en blanco en un segundo.
Uno había empezado a olisquear el maletero, y otro había puesto las patas en la puerta trasera.
En ese mismo momento, se alejaron corriendo. Mi abuelo no se dio cuenta inmediatamente; tenía los ojos cerrados, los puños apretados con los nudillos blancos, y un sudor muy frío corría por su frente.
Cuando recuperó el control sobre sí mismo y sobre su miedo, abrió los ojos, y miró hacia la carretera.
Una luz había aparecido al final del camino. En un principio, no supo distinguir lo que era; pero, cuando discernió la figura de un coche que se acercaba rápidamente hacia él, por poco grita de alegría.
El conductor paró a su lado. Bajó del coche; y, cuando se hubo acercado a él, le preguntó qué le había pasado.
Mi abuelo le contó resumidamente su situación. Cuando terminó, su salvador se presentó. Era el médico del pueblo, que, aun teniendo prisa, se ofrecía a ayudarlo.
Mi abuelo cambió la rueda, iluminado por aquel buen hombre. Hecho esto, le agradeció las molestias. Le debía la vida.
Se despidieron, y tomaron caminos diferentes.
Ya en la carretera general, la atmósfera cambió. La luna que antes tan poco alumbraba, ahora era casi como el sol, y se podía ver perfectamente.
Mientras el médico iba a Alcañices, mi abuelo fue hacia Zamora.
Allí todas las luces estaban apagadas. No había ni un alma por las calles, y se lo pensó mejor. Siguió hasta Casasola.
Aparcó el coche y entró en su casa.
Cuando lo vio mi abuela, le echó la bronca. Eran las tres de la mañana. Contó su historia cuando pudo. Le costó que su esposa lo creyera.
Los niños estaban cenados y en la cama. Mi abuela le propuso cenar, a lo que él le contestó:
-       No ceno, ni como, ni bebo, ni hago nada; demasiado que me he librado. Me meto en la camica, y a callar.
-       Pero cenarás algo.
-       Nada. He prometido que si llegaba a casa ni comer, ni cenar, ni beber nada.

Y lo hizo. Se fue a la cama, y no se despertó hasta la hora de la comida.

Casasola

     La suave brisa mecía las ramas del viejo árbol. Yo, ensimismado en la más profunda tranquilidad, me desperecé tras la plácida siesta y contemplé el atardecer malva y grana mientras a mis oídos llegaba el dulce sonido de las doradas hojas besándose unas a otras y la melancólica voz de una paloma. El áureo y ondulante campo castellano se me presentaba, y podía ver pueblos a varios kilómetros de distancia, los aspersores vertiendo el reluciente líquido vital a las bastas plantaciones, un solitario coche bajando por la carretera... ¡Oh antigua tierra de mis ancestros, y qué bella eres! Del pueblo se oían ecos de voces, el ladrido de un perro, las campanas marcando las nueve... Entonces, un frío soplo de viento terminó de despertarme de mi ensueño: el verano se acababa.


Abismo

     Tras tan largo y tortuoso camino, me hallé sin saber cómo ni por qué al borde del más alto precipicio. Junto a mí no había sino silencio y luz, una luz cegadora. Después de todo, ¿qué hacía yo allí? Pero no sabía que a todos nos llega la hora, que todos tenemos el mismo sueño. Miré a la izquierda, miré a la derecha, y nada vi. Miré hacia arriba y tuve que agachar la cabeza para no quemarme los ojos. No quería mirar abajo pues conocía mi destino, mas unas ganas insoportables de hacerlo me invadían. La más pura blancura me acompañaba, y no sentía nada más que la fastidiosa luz. La soledad me angustiaba, me oprimía fuertemente el pecho. Yo no quería estar ahí, ¿por qué estaba allí? Pero tenía que estar allí, era donde debía estar. No sabía qué hacer ni qué no hacer para salir de ese horrible sueño y escapar de tan opresiva sensación. No me encontraba cómodo allí. ¿Cuánto hacía que estaba allí? Toda una vida, una eternidad. No sé cómo ni por qué, pero miré hacia abajo. En ese instante me mareé y la más abrumadora oscuridad se adueñó de todo y caí al abismo. En contra de lo que yo había pensado, no estaba solo: mi padre me sujetó de la mano desde lo alto y la luz volvió a aparecer en el cielo. Poco duró mi esperanza, pues mi padre también cayó. Y nos precipitamos los dos juntos hacia las profundas entrañas de lo desconocido, de la mano.