Historia de un botijo vano

Del alfar una noche oscura
salió un botijo
redondo,
perfecto,
nacido de la tierra misma que pisamos.
De agua limpia siempre lleno,
daba alegría verlo, beber de él,
tocarlo.
Mas un día, 
entre sus torneados dibujos, apareció
una pequeña grieta.
¿Se ha dado un golpe?
¿Acaso está mal hecho?
No se sabe. 
Aun así, la grieta era 
pequeña, y no preocupó a sus dueños, que
siguieron refrescándose con él.
Pasaron los días y los meses y
la fisura se mantuvo igual, pero
de nuevo una día
inesperado
se resquebrajó la arcilla
por otro lado.
¿Qué pasa?
¿Qué?
La cerámica parecía
funcionar igual, sin
problemas. Pero algo pasaba.
Los dueños se 
impacientaron cuando
la superficie se fisuró 
más, con nuevas heridas cada vez más
frecuentes.
Esto no
puede ser, no.
Algo,
algo va mal.
Los dueños, serios, no
quisieron dejar de usarlo, no vieron el
peligro.
Ya era demasiado tarde, sí, cuando se dieron
cuenta.
Trataron de arreglarlo, le pusieron
parches y vendas, 
lo dejaron siempre en el suelo, por que no
cayese.
Esto no,
no puede ser.
Hasta que llegó el trágico 
día, la hora que
siempre estuvo ahí, pero
nunca quisieron plantearla, sólo
evitar pensarla.
Ese día, la luz de la mañana iluminó
el contorno del botijo
y estaba limpio, sin rastro de
pasadas heridas.
Mas su agua se había secado,
había volado,
y sus dueños ya
no 
estaban.

La vida es

La vida es
una red infinita de caminos.
El tuyo y el mío se han encontrado,
¿cedemos el paso
al amor?
El amor
es una lotería,
y nosotros hemos ganado
con el veintidós:
disfrutemos del premio
juntos tú y yo.

Como disfrutar
leyendo un libro,
escuchando una sinfonía,
un concierto,
viendo una película;
como disfrutar de todo
lo que nos hace más grandes, lo que
nos hace comprender
un poco
el sentido de la vida,
o sencillamente nos
hace felices;
así disfruto contigo.
La vida es
ese vacío en el estómago
cuando no estoy contigo,
de contar las horas que restan
para verte;
y esa plenitud cuando
estás a mi lado y
pasan las horas
en un abrazo.
Así,
nuestras manos perfectamente encajan,
más aún nuestros
corazones.
La vida es
una macedonia centrifugada,
vista
desde dentro de la batidora,
al unirnos en
frenesí;
entonces
la tierra tiembla, se
levanta el vendaval y
enfurece el oleaje;
yo me agarro a tu
cuerpo,
tú a la almohada.
Donde mis manos no
llegan, se hincan mis dientes,
acezantes.
Y nos encontramos
cada día como si fuese
el último;
pero jamás el primero
(todo suma, multiplica,
eleva nuestra relación).
La vida es,
a tu lado, el tiempo que se detiene,
fluye bajo el suelo, apenas
perceptible un tic tac,
como una hoja suspendida
sobre el agua.
La vida, que
nos unió, le costará
separarnos;
pues la vida es
que si yo tengo el candado, sólo tú
tienes la llave. Si
yo te regalo las mejores
flores de mi jardín,
tú las secas y las guardas.
Yo conduzco,
tú intentas mantenerte despierta.
Tú me despiertas y
yo sonrío.

Yo te enseño, tú
me edificas
y los dos aprendemos y
construimos.
Tú me abres las puertas del paraíso,
tierno y cálido,
y yo encallo entre tus brazos,
gozando de tu piel sensible a mis
dedos.
Me gusta cuando acaricias
mis luengas barbas,
o cuando saboreas
mi cuello y mis orejas,
dejando un trémulo aliento.
Ese aliento que de tu boca
sale
es el que necesito
para seguir.
Me gustas activa,
me gustas jadeante,
me gusta cuando me miras
des
de esos ojos de
chocolate entre un mar
de picas negras.
Y ese olor, esas caricias,
esa molicie, esa carne
tierna, concupiscente;
esos labios sin destino.

Subiremos a mil altozanos,
páramos o
fortalezas,
caminando o escalando, porque
juntos somos uno,
juntos somos fuertes.
No,
no te hagas la sorprendida, todo
esto ya lo sabes;
yo sólo
te lo escribo, te lo
murmuro en la oreja.
Pues la vida es
mucho mejor a tu lado.

Mar de Castilla

Arte,
arquitectura,
cultura,
gastronomía,
literatura,
tradición,
historia;
lo siento pero os doy la espalda
para mirar
la naturaleza,
el paisaje,
el mar de Castilla.



El mismo paisaje, o parecido, que han observado tantos ancestros míos, tantos antepasados, con distintos ojos. Parece mentira, pero sus mentes son indescifrables. ¿Cómo pensaban? ¿Cómo han podido cambiar en tan poco tiempo, comparado con el de la evolución humana (ya no la de la naturaleza), las ideas que llenan nuestra mente? ¿Qué emociones sentirían contemplando esta tierra? Aunque eso mismo ocurre con mis coetáneos. ¿Qué me hace diferente de mis iguales? Mis compañeros ahora están lejos de esta grave muralla donde me apoyo, no les interesa como a mí lo que yo miro. Por mucho afán que tenga de comprender lo incomprensible, incomprensible sigue siendo; si no me conozco a mí mismo, ¿cómo hundirme en las profundidades marinas de los que me rodean?

¿Cómo escuchan una canción?

¿Cómo sienten una caricia?
Muchas preguntas, ninguna
respuesta.
Ésta es una tierra de
metafísicos;
la plenitud, la
inmensidad que se abarca,
las hectáreas abstraídas en un golpe
de mirada
mueven a la reflexión calmada.
Pero no,
la hora de volver ya llega.
Horas, horas, y más horas;
citas, puntualidades,
compromisos, fechas,
prisas, anticiparse,
madrugar...
Madrugar me mata
los recuerdos de mis sueños,
que caen olvidados bien adentro en
mi cerebro
y son expulsados con cada bostezo.
¿Qué filosofías puede
alentar la ciudad, la jaula metálica
del coche, los
árboles de luces artificiales,
los altos bloques?
¿Podemos ser verdaderamente libres
en la ciudad?
¿Y en el campo, tan vacío
de actividad,
tan abandonado?
¿Tan difícil es vivir
en calma?
Sí, mas no imposible.
Aquí se ve, en el campo.
Quién pudiera vivir aquí,
levantarse, dar cuatro pasos y
estrellarse
contra esta imagen.
Mar de Castilla...



Corrección

Desengaño
aburrimiento,
cansancio,
hastío.
Halagos, guiños,
amagos;
¿no me podré ir?
¿qué pinto yo aquí?
Sabiondeo,
reproches, errores, faltas.
¡Basura espacial!
Una presión externa me
invade y me inunda en sopor.
Falta de
rigor,
orden,
contenido,
precisión,
¿Planteamiento?
escaso, aporta
poco, está
flotando,
fuera de escala...

¡Coño!

Atlántico

Subir,
roca a roca,
hasta el duro acantilado
y observar,
palpar,
respirar,
sentir.
Un murmullo que es bramido,
que acalla el espíritu y
abre los pulmones.
¿Cómo algo todo movimiento puede
calmar así?
Sólo las gaviotas osan
alzar su voz sobre las olas,
aleteando sobre mi cabeza.
Se confunde a lo lejos
la línea que siempre nos acompaña,
frente a los ojos,
subamos o bajemos;
la línea que persiguieron tantos
hombres desesperados, ambiciosos,
soñadores,
en busca de nuevas tierras, de
ilusiones;
la línea donde muere el sol
cada día, donde
se pierden veleros
y petroleros:
el horizonte.
¡Bien quisiera yo también
zambullirme en tus oscuras
aguas ignotas, siguiendo
esa curva de sal y nubes!



Querido Pablo

Querido Pablo,
sé que no me escuchas, hablo con mis recuerdos.
Recuerdo tu inquietud, siempre buscando conocimientos nuevos; recuerdo tu franqueza, tu pureza de pensamiento; recuerdo tu amistad. Recuerdo profesores preocupados, recuerdo pasarte los apuntes; recuerdo los paseos, recuerdo los cines, recuerdo tu esfuerzo por adaptarte a lo que hiciera falta. En las clases de gimnasia, mientras tú hacías rehabilitación, no había en todo el polideportivo nadie tan fuerte como tú.
No te pude dar el último adiós porque eso no existe. Nunca se sabe que una despedida es la perentoria, o nunca se quiere creer. La muerte es algo que asusta tanto que nunca se la espera, a pesar de convivir con ella desde antes incluso de nacer; por eso, cuando llega, siempre castiga con sorpresa, incomprensión, temor. Recuerdo tu fortaleza, tu entereza, tu vitalidad; ¿cómo olvidar cuando me hablabas de curación, de rehabilitación, de andar? Cuando me explicabas los avances en la investigación de tu enfermedad, tus ojos azules brillaban. Y yo lo imaginaba como tú, te veía fuerte, capaz de eso y mucho más, me ilusionaba con ese sueño roto.
Aunque no te acompañé en tus últimos años, seguí tu trayectoria por terceros testimonios; y desde luego que no me sorprendió, pues era una continuación. No necesitaba que nadie me confirmara que sacabas matrículas y que eras feliz estudiando lo que tanto tiempo habías deseado hacer. Ojalá hubieras aportado a la ciencia tanto como nos has aportado a algunos en la visión de la vida.
          La vida, que nos unió a su antojo, nos volvió a separar para no juntarnos más. Cuando supe que habías muerto no reaccioné; aún no lo había asimilado. Y aún me ha llevado medio año escribirte esta carta. La noche pasada soñé contigo. Soñé que habías sobrevivido y que volvíamos a pasear juntos, que volvía a empujar tu carrito y a levantar tu cabeza caída, y veía de nuevo ese brillo en tus ojos. Después desperté, claro.
        Jamás quise sentir pena. Cuando hablaba de ti y me decían esa palabra, me rebelaba. Me negaba por completo. Tú no eras distinto, eras una persona más, y tan tenaz como ninguno. Ahora sí siento pena; siento no haberte dicho todo esto antes, siento que no me escuches, siento que esa cita que acordamos no llegara.
        Siempre agradeceré tu hospitalidad, tu generosidad y la de tu familia; en ese momento, no sabría decir quién necesitaba más del otro.
       Éste tampoco es mi último adiós, pues no te pienso despedir. Nunca te olvidaré.
Con cariño
Tu amigo.


Semana Santa

                Esta Semana Santa he tenido la ocasión de asistir a algunas procesiones en Valladolid, Cáceres y Zamora. También he visitado una exposición sobre Jesús nazareno, donde he aprendido en qué consiste el Vía Crucis, cuya puesta en escena he vivido igualmente en las calles de la capital.
                No es la primera vez que veo procesiones, claro está. Otros años me topaba con ellas o las iba a ver con mi tío, pero no de esta forma. Esta Semana Santa he vivido nítidamente el sentimiento palpable de estas marchas; la música me sobrecogía con los tambores retumbando en mi cuerpo y las trompetas, tubas y demás instrumentos rasgando el viento nocturno; olor a incienso y cirios llameantes. He sentido gran expectación esperando la salida de los pasos de las iglesias, he disfrutado de la escenificación de la pasión y creo haber sentido lo mismo que un creyente un poco serio puede sentir ante esta puesta en escena. La imagen de estas procesiones es impactante; el paso acompasado de los cofrades ocultos en sus caperuzos…
Especialmente intensos me parecían los encuentros entre tallas, que de tan realistas parecía que realmente María iba a acoger a Jesús en sus brazos. Las escenificaciones por las calles y plazas ayudaban a ambientar cada parada de los vía crucis. La percusión la sentía directamente en mi pecho, sobrecogiéndome.
Además de esto, estas vacaciones he terminado El hereje de Miguel Delibes, cuya representación temática he seguido en San Pedro Regalado y que trata de la Reforma religiosa con Valladolid como escenario; además, llevo un tiempo leyendo la Biblia, con mayor o menor constancia. El segundo lo leo porque es un libro importante en nuestra cultura y, de hecho, con lo poco que he leído comprendo muchas cosas en que antes no reparaba o a las que no daba excesiva importancia; en cambio, el primero me ha hecho interesarme por algo que siempre me pareció aburrido, anticuado, alejado: la teología. Porque en el instituto aprendíamos historia de España, así que nunca me habían explicado en qué consistió la Reforma de Lutero (me pregunto si los creyentes católicos lo saben). El libro es una emocionante reivindicación de la libertad religiosa, tan lapidada en otras épocas (incluso hoy, por desgracia).
Quisiera añadir para terminar que las procesiones de Semana Santa podrán ser un fastidio para mucha gente, pues cortan y abarrotan calles en nombre de una religión; pero al mismo tiempo benefician a otros muchos atrayendo turismo cultural, no sólo de sol y playa. Y, aunque sea una frase muy pro-taurina, al que no le guste, que no vaya (la diferencia en este caso es que las procesiones sí son cultura). Además, ya sé que mis lectores son muy respetuosos, pero tengan cuidado con criticar: no quisiera que acabaran en la cárcel por ofensa a los sentimientos religiosos...

Se nota que el tema no lo he abordado demasiado porque termino de trabar estas ideas un año después. Llevan meses en el tintero, esperando otra semana de pasión para ser subidas. De todas formas, os recomiendo su lectura y asistir a este espectáculo cultural nuestro, que no es necesario ser religioso ni creyente para respetar y amar el arte.