Escapada a Lisboa

Los lisboetas
tienen mucho de poetas.
También tienen...
un calor de espanto,
el mar,
sol hiriente,
humedad a chorros,
turistas, bullicio,
tráfico
(y no sólo de drogas).
Lisboa es una ciudad
vibrante.
Muchos andamios, pocas obras.
Los niños oxean a
impávidas palomas sucias.
Y de espaldas a todo ello
el Tajo;
la calma del oleaje,
las palomas,
la Plaza del Comercio
con José I dando la bienvenida a
entrantes navegantes.
Lisboa es una ciudad
bella.
Brillan las blancas calzadas de
piedra, en las rectas
rúas Augusta, de Plata...
Saluda el arco del triunfo,
se dejan inmortalizar las
broncíneas esculturas,
se enrocan la Seo y el castillo,
se pierden los tejados en 
su ascenso hacia el cielo.
Lisboa es una ciudad
emocionante.
Emocionante como montar
en un viejo tranvía;
como perderse
en las sinuosas calles del
antiguo barrio árabe de la Alfama;
como aventurarse
por entre la exuberante vegetación
de Sintra,
visitando maravillas de
jardines, castillos y palacios.
Atardece nuestro último día en
la ciudad; 
antiguos cañones presencian
el mar,
los veleros,
Lisboa anocheciendo,
plagándose de luces...
Apenas meter las piernas
en el Tajo
sirve de despedida a esta
ciudad.
Hemos traspasado cientos de kilómetros
y ha merecido la pena.









 















 

 


 
 





 











Fuegos artificiales

¿Qué de mágico tienen
los fuegos de artificio?
De los más simples de un pueblo
a los más complejos de la capital,

todos tienen algo que fascina.
Su naranja estela trata en vano de
ocultarse en la noche,
estallando en mil bolas
de mágicos colores, como las del árbol
de Navidad.
Con un golpe estruendoso,
o chispeante,
o un silbido,
o la artillería de un ejército,
explotan en la negrura
del cielo,
dejando sus telarañas de humo.

¡Rayos y truenos!
¡Cenizas y centellas!
Sus brillantes puntos de color
buscan el infinito
en todas direcciones,
mas siempre se apaga su luz antes.
Los niños miran su ascenso
boquiabiertos. En sus pupilas
brilla el reflejo de
las estrellas fugaces.
¿Qué color saldrá?
¿Qué forma tendrán?
¿Prenderán los secos campos
de alrededor?
Y como los grandes conciertos,

este ejercicio festivo, parabólico,
pirotécnico,
debe acabar con
rotundidad, con fuerza.
¡Felices fiestas!
¡Pum!




San Fermín 2016

El paisaje en Navarra nada tiene de abrupto. Conviven los campos de trigo y las ondulantes montañas verdes. Los granos dorados al sol y las cimas cubiertas de nubes. Los pueblos se recogen junto a campanarios de piedra. La explosión de verde y naturaleza abarca todos los puntos cardinales.

Ha sido emocionante internarme en la capital del antiguo reino de Navarra, con tanta historia, identidad y riqueza. Aunque por desgracia no he podido visitar expresamente la ciudad, sí nos hemos perdido por entre sus calles (literalmente). Sinuosas rúas laberínticas, escudos señoriales, plazas monumentales... Y mucha fiesta. Desde luego, lo menos destacable para mí han sido los encierros. Dos horas esperando bajo frío y llovizna para medio minuto de espectáculo. Un espectáculo que se ve mejor en las fiestas de cualquier pueblo, dando vueltas continuamente los toros, y que además no me gusta. Por lo demás, ¿cómo olvidar esas experiencias como el baño en el río junto al hotel (donde casi morimos por mordedura de serpientes), el baile (el mayor pogo que he vivido, bestial), los problemas para encontrar alojamiento (con llamada a la policía incluida)..? Seguramente repetiremos.
Qué bella imagen la de las aspas de molinos eléctricos confundiéndose, en lo alto de las montañas, con el blanco de las nubes. Parecen un ligero nexo que une el cielo y la tierra, aunque frágil: en cualquier podrían sus palas elevarlos y salir volando.
Conforme el tren se acerca a Castilla, la línea de montañas se pierde en el horizonte y gana terreno el oro de las espigas. Lo peor del viaje propiamente dicho es no poder traspasar horarios y vidrios para descubrir lo que los ojos contemplan.
Los peines de paja rastrillan el campo.
Lenguas de cristal serpentean entre las altas ramas.
Relucen las férreas lenguas bajo el sol.
Listones pétreos se suceden a ritmo constante.
A veces aparece, entre árboles y caseríos, un ganado pastando.

De vuelta a casa, y con otro viaje en mente, se avecina un verano muy intercultural, incluso internacional, que empieza fuerte.
Hacía tiempo que no sentía el continuo repiqueteo de un tren sobre las vías. Mi mirada se pierde en la veloz sucesión de grava y listones bajo parabólicas catenarias. Viajar. Esto es como cumplir una parte de mis sueños, pues siempre he querido y quiero... viajar.